Quiero decir que también es un gusto esta aquí. Ya estuve
acá hace unos ocho años en esta sala, discutiendo la integración del
Mercosur, en aquel momento yo era presidente de la Asociación Brasileña de
ONGs, y nosotros valorizamos mucho esto. Hay hoy un director de la
asociación aquí presente también, asistiendo a este debate.
Es verdaderamente un tema que concierne mucho a la sociedad civil, el rol de
la sociedad civil en situaciones de gobiernos que se proponen a cambios
sociales. Cómo se hace la articulación de la sociedad civil con las
iniciativas del gobierno, y todo lo demás. Yo voy a ser muy sintético, voy a
poner unos tres puntos de discusión. Pero hay en verdad un punto de partida
que es la expectativa. Después de cuatro campañas electorales, nosotros en
Brasil elegimos un presidente que fue metalúrgico, que construyó la
principal central sindical obrera, que construyó el primer partido de masas
en Brasil —que el es el Partido de los Trabajadores— y que tenía un
propósito, un programa, una firme disposición de cambiar la situación de
inequidad, de pobreza, de injusticia social en nuestro país. En las tres
campañas anteriores, Lula perdió, perdió por poco, pero perdió. Hay que
considerar el rol de los medios en manos de los conservadores, hay que
considerar que una parte de nuestra sociedad es una sociedad que no quiere
el cambio y hay que considerar una estructura de poder que garantiza la
inequidad —una de las mayores del mundo, en Brasil—.
Entonces, hubo una expectativa muy grande. Finalmente, llegó
el momento del cambio, finalmente ahora se constituyeron las condiciones
para que pudiéramos enfrentar a los problemas sociales de la mayoría. Y esta
expectativa, de cierta manera es resultado de treinta años de luchas
sociales que se acumularon, que formaron a los dirigentes que están en el
gobierno, y que de alguna manera somos nosotros de allá, los reconocimos a
los compañeros de muchos años de militancia que están en cargos estratégicos
en el gobierno.
En esta situación, el primer punto que yo quisiera referirme
en esta discusión es justamente este punto que nuestro presidente de ALOP
sacó como uno de los puntos importantes: el tema de la soberanía. Es que
pasado un año y medio de gobierno no se ven señales de cambio muy
sustantivas. Las políticas siguieron siendo las mismas de antes, a veces
hasta profundizadas. El desempleo creció, el ingreso de los asalariados cayó
15%, hubo un esfuerzo del Estado de producir un superávit primario mayor de
lo que fue el acuerdo con el FMI, y la situación de las políticas sociales
tuvieron restricciones muy grandes, cortes presupuestarios. Y uno se
pregunta en esta situación: ¿qué pasa?, ¿por qué ocurre una cosa así? Si
nosotros sabemos que estos compañeros de allá tienen firmes convicciones y
están justamente allá porque los pusimos allá para producir el cambio.
Una de las primeras cuestiones que vienen al caso, es más
coyuntural. Hubo una alianza con sectores conservadores para que se pudiera
hacer la mayoría para la elección. Pero esto no explica porque el soporte
social que el gobierno Lula tuvo en el primer momento era abrumador, podría
hacer movilizaciones, podría convocar a la sociedad a medidas de cambio
sustantivas, y no evaluamos que sea solamente una herencia del pasado lo que
inmovilizó de cierta manera las primeras iniciativas. Porque tuvimos algunas
reformas como las reforma tributaria, como la reforma pre-presidencia, que
tuvieron un carácter neoliberal, que tuvieron restricciones de derechos, y
estos no son pasos de un momento coyuntural; son cambios que llevan años
para que se cambien otra vez. Entonces, hay una pregunta de fondo que
nosotros no sabemos responder en este momento ¿cómo un gobierno que tiene
esta característica tuvo la necesidad de tomar iniciativas que pudieron
promover rupturas, que pudieron cambiar en un sentido la equidad, la
justicia social y todo lo demás, el escenario brasileño? Este es un primer
punto.
El segundo punto es un conocimiento desde adentro de cómo
funciona el Estado nacional, que por primera vez, este sector de la sociedad
se aproxima. Tuvimos estos sectores sociales que pudieron conocer muy bien
cómo funciona el gobierno en la municipalidad, en algunos experimentos más
recientes pudieron conocer también cómo funciona el gobierno de la
provincia. Pero nunca tuvieron acceso a las políticas estratégicas, cómo se
maneja la política económica, la política de las relaciones internacionales,
en fin, la Política con «P» mayúscula. Y lo que están para descubrir es que
la estructura del Estado, que es la herencia, es una estructura que no sirve
para promover el cambio y la participación ciudadana. Es una estructura
jerárquica, vertical, centralista, autoritaria, construida para promover
políticas de clientela, para garantizar la reproducción de los mecanismos
políticos que garantizan a las élites estar continuamente en el poder. Y la
dificultad es enorme.
Yo por ejemplo, pertenezco a un consejo que se llama Consejo
Nacional de Seguridad Alimentaria, como representación de la sociedad civil,
y descubrimos que hay siete ministerios que tienen sus programas sociales, y
que tienen sus pobres, y que un ministerio no sabe lo que es el catastro del
otro, y que muchas veces hay una superposición de beneficios por cuenta de
esta ignorancia. ¿Y por qué esto?. Porque los programas sociales tenían como
primera motivación producir las condiciones políticas para que los
dirigentes del ministerio pudieran fortalecerse en el escenario. Así que por
ejemplo, la dificultad de construir un catastro único es una cosa que
aparentemente es muy simple, pero dice mucho de cómo funciona el Estado a la
hora de hacer su política. Entonces, no tengo dudas de que entrando en un
período en que se proponen cambios sociales, es más que necesario hacer una
reforma del Estado desde el principio del gobierno, abriéndolo a la
participación ciudadana, a mecanismos de descentralización de las políticas,
a reconocimiento de las particularidades que existen en cada territorio, en
cada región, para poder acercarse a las soluciones que están disponibles,
que existen de facto en cada situación particular.
El tercer punto es más complicado y dice lo siguiente: no
hay en todo el mundo una experiencia hasta ahora, de una transición que sale
del modelo neoliberal, que construye un paradigma solidario de desarrollo,
no existe. Entonces, la crisis de gobernabilidad (si pudiéramos llamarla
así) se superpone a una crisis mayor que es la crisis que nosotros
compartimos que es: si el neoliberalismo hoy pierde su condición hegemónica,
sigue existiendo como forma de ejercicio del poder. Pero ya no es más el
pensamiento único, ya no es más inyectado en nosotros como la única vía de
solución de los problemas sociales. Entonces, ¿cuáles son los caminos
alternativos? ¿Hay situaciones posibles de cambio en el plan nacional?
Estamos viviendo la conformación de bloques (Mercosur, y todo lo demás); y
yo creo que es estratégico considerar la importancia de esta articulación.
Pero esta articulación no puede ser en el marco de la integración bajo la
lógica de mercado. Tendría que ser una integración marcada por la
integración política en vistas de construcción de situaciones en que la
ciudadanía sea valorizada, las expectativas, necesidades e importancia de la
agenda social, dicho de otra manera, tendríamos que buscar una economía que
pudiera ser social, y no dividir la política social y la política económica.
Tendríamos que tener soluciones para organizar el aparato productivo para
generar empleo, redistribución del ingreso y de la riqueza y democratización
de la democracia. Nuestras democracias formales no sirven para la búsqueda
de la equidad. Tenemos que buscar otras formas de participación. Entonces,
problemas de este tipo dicen a la sociedad civil que está con una inquietud,
con una discusión en todas partes del país, donde las personas preguntan
¿qué pasa?. Y hoy se está madurando la idea de que no es posible transferir
al gobierno una responsabilidad que es de la ciudadanía.
No es posible pensar —porque es un pensamiento en el marco
liberal— que una vez electo, está delegada al gobierno la tarea de
transformación. Y en cierto sentido, lo que pasa ahora, yo creo es un poco
el calentamiento de la situación política actual (las huelgas están
ampliándose, hay manifestaciones de los Sin Tierra, de los Sin Techo), y yo
diría que el cambio social de Brasil hoy, depende mucho más de poner el
bloque en la calle que esperar que los gobernantes lo hagan; porque en una
situación electoral donde tenemos las personas que tenemos en el gobierno,
hay presiones fuertes, permanentes, continuas de las fuerzas económicas, de
la media bajo control, de los sistemas financieros internacionales.
Nadie sabe si la capacidad de movilización de la sociedad
civil brasileña sea capaz de enfrentarlas. Pero el camino a que se apunta —y
hay iniciativas como la creación de una coordinación nacional de los
movimientos sociales, de construcción de redes de redes nacionales que se
movilizan entorno a una construcción de una agenda común— es que la tarea en
este momento no la podemos dejar solamente en manos del gobierno, hay que
garantizar que la agenda de cambio social sea la agenda sustantiva que
movilice también y principalmente a la sociedad civil. No sabemos si eso es
posible; quizás no lo sea, quizás sea un cúmulo que tenemos que pasar para
enfrentar otras elecciones y otros gobiernos, y acumular hacia la conquista
de mejores condiciones. Porque asumimos la dimensión de la alternancia
política en función de elecciones democráticas, y este gobierno tiene para
más de dos años y medio, y después puede ser que no sea.
Entonces, una de las enseñanzas que me parece muy importante
de la cultura política nuestra es que la transferencia de poder hacia
representaciones tiene que tener límites; la ciudadanía tiene que garantizar
a través de sus representaciones colectivas una permanente presencia en la
escena política, y por esto considerar que el campo de disputa, el campo de
conflicto social es algo que no va a desaparecer, y sigue siendo el eje de
organización de nuestras prácticas.