Me voy a referir a los cuatro países del Cono Sur con
gobiernos calificados como progresistas: Argentina, Chile, Brasil y me voy a
referir a Uruguay como si el Encuentro Progresista (EP) ganara las
elecciones, lo cual aún no es así pero voy a hacer una especie de ejercicio
de simulación. No es así todavía, estamos recién iniciando la campaña, pero
para poder colocarlo a Uruguay en pie de igualdad con los otros me voy a
referir a Uruguay como si el EP estuviera ya encaramado al sillón
presidencial (pero para los compañeros que no son uruguayos existe una
probabilidad de que el EP pierda las elecciones; claro, es baja pero existe,
y la campaña recién empezó).
La palabra progresismo es una palabra maldita, que yo no sé
quien la eligió, pero es una palabra complicada. Entonces me voy a referir
básicamente a gobiernos de centroizquierda por gobiernos progresistas que es
algo más comprensible y más claro en la literatura. Porque hay otra manera
de entender el progresismo que es el eje conservadores-progresistas. Por
ejemplo, en ese eje, los progresistas tendrían que haber votado todos a
favor del aborto en el Parlamento y ya se sabe que alguno de los que
pertenecen a la izquierda, por ejemplo, no se colocaron enteramente del lado
progresista en una discusión como el aborto1 (Nota:
Se refiere a la Ley de Seguridad Reproductiva
rechazada por la Cámara de Senadores de Uruguay en mayo de 2004.).
Entonces, a este eje progresista–conservador que hace a otro tipo de agenda,
a la agenda liberal del otro liberalismo, vamos a dejarlo por el momento de
lado porque las relaciones son a menudo complicadas entre izquierda y este
otro progresismo. Entonces me voy a referir a gobiernos de centroizquierda.
Y acá la pregunta es si hay gobiernos progresistas en el
Cono Sur. Yo diferenciaría a Uruguay y Brasil de un lado, y Argentina y
Chile del otro. Uruguay y Brasil por qué: si en Uruguay ganara el EP
tendríamos un gobierno en manos de un partido claramente de izquierda como
es el PT o el EP. No es el caso de Argentina porque el Peronismo tiene sus
alas. Y tiene unas alas izquierda y derecha bastante diferenciadas y por
ahora más o menos van todos juntos en el Congreso, pero el Peronismo tiene
que ir hacia adentro si lo que quiere es ser un partido progresista, como
muchos peronistas lo desean y transformarse en algo así como el Laborismo
argentino. Va a tener que depurar su ala, su legado derechista —Menem es
aparato y es historia, y es historia trágica además—.
Argentina es un caso diferente porque el gobierno argentino
no está en manos de un partido que pueda ser calificado como de
centroizquierda sino que ha triunfado un ala de centroizquierda dentro de un
partido que es un partido catch-all —agarra todo, en el sentido de nuestros
viejos partidos tradicionales— y en el caso de Chile lo que ha triunfado es
una coalición donde el lado más izquierdo es el Partido Socialista, pero hay
otro partido más a la izquierda que es el Partido Comunista, que por la
legislación chilena —una legislación que viene heredada en buena medida de
la dictadura— no tiene representación en el Congreso, aunque ha llegado a
tener ocho por ciento de los votos, cinco en la última, pero no tiene
representación parlamentaria, no está dentro de ninguna coalición. Chile
funciona efectivamente como un sistema bipolar con una coalición de
centroizquierda y una coalición de centroderecha —Alianza por Chile y la
Concertación por la Democracia— pero en todo caso la Concertación por la
Democracia tiene en su lado izquierdo al PS (que es el partido del
presidente Lagos) y al PPD que son ideológicamente muy similares, pero tiene
a la Democracia Cristiana que es el centro del espectro político.
Esto me permitiría entonces diferenciar los países donde un
partido claramente de izquierda estaría en el gobierno como el caso uruguayo
y brasileño y los países donde existe una coalición como el caso chileno.
Una coalición que va desde el centro hasta la izquierda, o donde el partido
que gobierna es de hecho una coalición de fracciones de muy distinto signo
ideológico como el Peronismo en la Argentina.
La segunda pregunta es la pregunta básica de la política, y
es quién gobierna efectivamente. ¿Quién gobierna? Hay por lo menos tres
dimensiones para entender quién gobierna en un país y no siempre mirar a la
figura presidencial es lo que más luz nos va a arrojar sobre cómo se reparte
el poder en un país. La primera cuestión es quién constituye las mayorías
parlamentarias. La coalición en el caso brasileño debe ser la coalición más
amplia de todos los casos –de los cuatro casos que estoy considerando–
porque es una coalición que va de la derecha a la izquierda. De hecho el
Partido Liberal, que es el partido del vicepresidente, José Alencar, es un
partido considerado de derecha, el PTB es un partido de derecha. Quiere
decir que en esa coalición hay de todo. Pero claro, es una tremenda
coalición, tienen como el setenta por ciento del Congreso. Esa sería la
coalición más extendida: la coalición brasileña. ¿Eso qué significa?: que
las reformas que necesitan ser aprobadas por el Parlamento hay que
negociarlas en una coalición donde hay de todo. Cuando uno empieza a
negociar un programa en una coalición donde hay de todo, el nivel
programático y la coherencia de ese programa se ven reducidas como fue el
caso de la discusión de la reforma tributaria en Brasil. Entonces, es muy
bueno tener una coalición grande, si yo fuera gobierno querría una coalición
que tuviera el setenta por ciento del Congreso, pero esto tiene costos para
el progresismo muy altos también.
Lo mismo sucede en Chile, donde el gobierno de la
Concertación es la coalición mejor armada de los cuatro países, pero donde
el Partido Socialista tiene que negociar con la Democracia Cristiana, con el
PPD y con el Partido Radical; son varios partidos y eso también implica un
proceso de negociaciones complejo.
En el caso de Argentina el Peronismo tiene una mayoría
abrumadora en el Congreso, porque además los peronistas tienen la mayoría de
los gobiernos provinciales, pero hay que negociar dentro del Peronismo.
Tampoco es sencillo y de nuevo hasta ahora el juego Duhalde-Kirchner ha sido
un juego de apoyos recíprocos, pero habrá que ver en el futuro cómo el «kirchnerismo»
–creo que es una exageración hablar de un «kirchnerismo»–, cómo esa ala
progresista que parece estar dominando la escena política en Argentina,
negocia con la otra, con la otra donde está Menem, donde está Duhalde, en
fin: figuras a las cuales adjudicarle el término progresista es un poco
exagerado (no con Menem pero con el menemismo que es el aparato clientelar
más duro del Peronismo). Y sigue existiendo y negociarán.
Y en Uruguay, los encuentristas uruguayos están muy
preocupados por ganar en la primera vuelta para poder asegurar una mayoría
parlamentaria de un partido sólo, que es la frutilla de la torta: «tenemos
mayoría parlamentaria en un solo partido, como mucho tendremos algún
problema con el ala radical, con los radicales libres, o con el ala
moderada, pero el problema lo tenemos adentro». A lo peronista, pero con un
partido mucho más cohesionado como es el EP. Habrá que ver, porque no
necesariamente ganar en la primera vuelta significa que uno tenga una
mayoría parlamentaria holgada. Quizás tiene una mayoría parlamentaria de
esas que tiene que disciplinar a todos sus diputados y todos sus senadores
porque sino no logra sacar ninguna votación.
Así que el hecho de ganar en primera vuelta y consolidar una
mayoría parlamentaria es una falacia del pensamiento de izquierda en
Uruguay. Para consolidar una mayoría parlamentaria en Uruguay, salvo que el
EP saque sesenta por ciento, va a tener que negociar con fracciones de los
otros partidos. Y como los uruguayos saben, las fracciones más cercanas
ideológicamente al EP son sus enemigos políticos, paradójicamente, porque es
mucho más cerca al EP la posición de Larrañaga dentro del Partido Nacional
que la posición de Lacalle, pero Larrañaga va a ser el enemigo político de
la izquierda probablemente. Y por ahí va la política uruguaya.
Entonces, desde el punto de vista de las mayorías
parlamentarias no parece claro que en ninguno de los cuatro países haya una
mayoría parlamentaria progresista en el sentido estricto del término. Creo
que esto es bueno también para rebajar el nivel de expectativas que tenemos
con respecto al gobierno y colocar las cosas en sus términos. ¿Quién está
gobernando? Desde el punto de vista de la arena parlamentaria, no están
dominando las fuerzas progresistas en este momento sino una coalición donde
hay de todo, en los países donde hay gobiernos progresistas, es decir, en
Chile, Argentina y Brasil.
La tercera pregunta es quién ocupa el Ejecutivo, porque una
cosa son las mayorías en el Parlamento y otra cosa es ocupar el Ejecutivo.
Ahí sí Brasil lleva las de ganar porque por más que haya repartido algunos
ministerios, al PMDB por ejemplo, realmente el PT está, y el PT es el
partido probablemente mejor organizado de Brasil, no porque no haya partidos
bien organizados en Brasil sino porque el PT además tiene ideología, lo que
es un plus —no solamente tiene capacidad de organización, cuadros, sino que
además tiene ideología— y eso le permitió «ocupar el Estado». Entonces
quiere decir que los cuadros del PT son los que están, con algunos
ministerios que tuvo que repartir, son los que están sentados ahí, en el
Estado brasileño. Y tratando de entender cómo funciona, porque además los
partidos de izquierda en el estreno lo primero que tienen que saber es cómo
funciona el Estado, cosa que los otros partidos no tienen ese problema. Así
que también hay que bajar el nivel de expectativas de qué es lo que puede
hacer un partido de estreno con una coalición que va de la derecha hasta la
izquierda en el primer año y medio de gobierno.
En el caso de que el EP ganara en Uruguay posiblemente
acontezca lo mismo que en Brasil, es decir, el EP se apoderaría de los tan
codiciados cargos del Estado que durante un siglo han estado en manos del
Partido Nacional y el Partido Colorado. Porque en Uruguay el poder no se
reparte: lo tenemos nosotros o lo tienen ustedes. Pero en fin, no ha habido
ningún ensayo, de esos ensayos que en Uruguay fueron buenos, sobre todo
durante la primera mitad del siglo, de gobernar entre todos, porque en este
país los blancos y los colorados bajo el esquema bipartidista, más o menos
se las ingeniaban: armaban el colegiado, el gobierno de dos cabezas, la
administración. Esa cultura política maravillosa Uruguay la perdió. Así que:
o lo tenemos nosotros o lo tienen ustedes, y se ha instalado esa dinámica
bipolar en la cual cuando la izquierda llegue efectivamente, va a estar de
absoluto estreno porque yo tengo dudas hasta que sepa cómo están los números
de Uruguay hoy en día.
En el caso de Argentina, efectivamente, el Peronismo, con
todo lo que eso significa, domina el aparato del Estado, y en el caso
chileno lo domina una coalición. Entonces esa sería la segunda dimensión.
Y la otra dimensión es –nosotros los uruguayos la olvidamos
frecuentemente, porque tenemos una tradición unitaria, pero para entender el
progresismo en el Cono Sur es importante tomarla en cuenta– son los
gobiernos estaduales, provinciales o municipales, que para las relaciones
entre gobierno y sociedad civil es una dimensión de la política fundamental.
Porque de qué sirve tener, que es lo que le pasa a Brasil, un excelente plan
de combate al hambre, en el papel, o aun tener excelentes instrumentadores
del plan de combate al hambre, si después ese plan lo va a tener que
implementar un municipio. Y ese municipio lo va a implementar como puede,
como quiera y de acuerdo a su voluntad política, sus recursos y sus
relaciones con el gobierno federal. Entonces, para países que tienen una
estructura federativa como Argentina o como Brasil la capacidad de llevar
adelante las políticas sociales y hacerlas efectivas en el plano municipal
va a depender de las buenas relaciones del gobierno federal con esos otros
gobiernos.
Muy lamentablemente las izquierdas –los partidos de
izquierda en el Cono Sur– tienen una gran capacidad de penetración en el
electorado urbano de las grandes áreas metropolitanas y una baja capacidad
de penetración en los distritos de menor población. En Brasil, el PT, en
este momento, tiene trece gobernaciones y de poca dimensión, porque además
perdió Rio Grande do Sul. En Uruguay por el tema de la macrocefalia
capitalina que tiene Montevideo, y si gana el EP, deberá tener Canelones, y
queda muy en duda cómo va a penetrar en el resto del interior del país. Este
es un desafío para todos los gobiernos progresistas en la medida que la
izquierda crezca de la manera que crece, es decir, concentrándose en las
grandes áreas metropolitanas y con enormes dificultades para proyectarse
hacia los distritos de menor población donde lo que triunfa es la política
clientelar más básica y menos ideológica. Entonces, también desde el punto
de vista de esa dimensión municipal, estadual, provincial, el panorama para
los gobiernos progresistas no es muy bueno.
Ahora vamos a ver lo que caracteriza a un gobierno
progresista, a un gobierno de izquierda. Luis Magallón preguntaba qué
significa ser de izquierda hoy en día. Vamos a recurrir a las dimensiones
más clásicas. Clásicamente, se decía que ser de izquierda era una definición
que se podía mapear en tres dimensiones: la dimensión económica, la
dimensión social y la dimensión política.
Ser de izquierda en la dimensión económica, una política de
izquierda en la dimensión económica, significaba un claro privilegio de un
rol intervencionista del Estado y cuanto más a la derecha nos corríamos nos
orientamos ideológicamente hacia un rol más protagónico del mercado en la
asignación y distribución de bienes o de recursos. O sea, la dicotomía
Estado-mercado caracterizó a la diferencia entre izquierdas y derechas
durante mucho tiempo. Incluso hoy en Uruguay esa dicotomía Estado-mercado
sigue siendo muy importante. Tal vez muchísimo más importante que en Chile,
sin duda, y más importante que en Brasil y también más importante que en
Argentina en buena medida, porque los uruguayos siguen siendo en términos
relativos en la región los más estatistas de todos. Es decir, los uruguayos
son aquellos ilusos que siguen pensando que el Estado va a resolver sus
problemas y entonces votan en contra de la Ley de ANCAP, ya conocen la
cultura política uruguaya. Pero en todo caso la dimensión Estado-mercado es
una dimensión que divide a izquierdas y derechas. En ese sentido, ser de
izquierda tiene un significado científico para nosotros, para organizar el
mundo. Además la gente entiende qué es ser de izquierda, de derecha y se
ubica perfectamente. Para la gente también tiene sentido la diferencia
izquierda-derecha.
La segunda manera de entender y ubicar las izquierdas y las
derechas es lo que llamamos la dimensión social. Los izquierdistas son
aquellos más fuertemente orientados a la igualdad. Esto lo dijo un liberal,
como Bobbio, así que esta definición no es para nada sospechosa. La causa de
las izquierdas es la igualdad y efectivamente en todas las encuestas de
cultura política, la izquierda se define por su vocación igualitaria y por
eso le gusta aquello de que pague más el que tiene más, que pague menos el
que tiene menos. Esa es la dimensión igualitarista y la vocación
redistributiva de las izquierdas.
En el plano político se complicó un poco más. Se supone que
la vocación de las izquierdas era la democracia y la participación ampliada
en la política, pero las experiencias de los países del Este y la
experiencia de la Unión Soviética le dieron un duro golpe a la vocación
democrática de las izquierdas. Quiere decir que desde el punto de vista
político se nos complicó porque hay autoritarios de izquierda y de derecha.
Pero en todo caso, para nuestra cultura política de ahora y dado que las
izquierdas en América Latina no han tenido la oportunidad de transformarse
en un bloque sino que a lo más han estado corridas por cuanta dictadura ha
pasado, las izquierdas en América Latina siguen teniendo cierta vocación
democrática, que desde el punto de vista político se expresa en lo que yo
llamaría la intención participacionista de la izquierda. Todo lo que es el
ornamento participativo, la versión de izquierda de la descentralización,
todo eso también es patrimonio cultural de las izquierdas.
Entonces, ¿tiene sentido hablar de izquierda y derecha?
Claro que tiene sentido, sigue teniendo sentido. Esas son las dimensiones
clásicas de la diferencia entre izquierda y derecha, y nuestras izquierdas y
derechas pueden ser comprendidas en ese marco.
Ahora vamos a la política real. Qué es lo que está
diferenciando los gobiernos de izquierda y de derecha en el Cono Sur. Yo
diría que hay cuatro dimensiones relevantes de las diferencias entre los
gobiernos: gobiernos de izquierda, de derecha, de centroizquierda y de
centroderecha, con todas las salvedades. La económica –que paradójicamente
se ha transformado en la menos relevante de las diferencias y de la que más
esperábamos–; la agenda social; la política externa y la relación con los
actores sociales. Creo que hay diferencias en la actitud de un gobierno y en
el posicionamiento de un gobierno en relación a estas cuatro dimensiones,
según el signo económico del gobierno. Como la dimensión «política externa»
tiene poco que ver con la relación del gobierno con la sociedad civil, la
voy a pasar un poco por encima, pero me gustaría decir algunas cosas. Por lo
menos es muy claro en la actitud del gobierno de Lula, del gobierno de
Kirchner y las posiciones del EP en Uruguay que hay algunos ejes claves en
materia de política externa que van a empezar a caracterizar a los gobiernos
progresistas de la región.
Primero, es la posición con respecto al Fondo Monetario
Internacional. Por un problema de sobrevivencia nacional y las posiciones en
relación a la deuda externa. Claro, ya no estamos en aquello del «no pago» a
la deuda externa sino en acuerdos como el de Copacabana, de sacar el
presupuesto de inversiones para calcular el superávit primario. Pero en fin,
con relación al legado histórico, parecería que estas actuales negociaciones
con el Fondo son muy menores, pero se están transformando en la marca de los
gobiernos progresistas. Una distinta posición en la relación con el Fondo.
Segundo, una reafirmación de la política regional. Eso
también me parece que se está transformando en una cara de los gobiernos
progresistas. Con relación al Mercosur lo que decía Lula era bastante más
importante de lo que decía Serra, y ni que hablar de Menem versus Kirchner
en relación al Mercosur. Ahí hay una diferencia muy importante en el
posicionamiento sobre el Mercosur de los gobiernos progresistas o no de la
región.
Y el último tema, que me parece que va a dar que hablar
también en los próximos años, es el sentimiento antiamericano que se está
apropiando de los latinoamericanos, que ya lo tenían, pero en fin, parece
estar avanzando entre nosotros el antiamericanismo, hay una cierta
reivindicación de la vocación latinoamericana de nuestros países. En tal
sentido, háblenle a cualquier uruguayo de izquierda sobre Cuba y se va a
encontrar una posición complicada: lo primero que dijo Tabaré Vázquez es
«reanudaremos nuestras relaciones con Cuba» y hay que ver lo que han sido
las posiciones de Lula en relación a Chávez, muchas veces bastante más
comprometidas de lo que algunos de su propio partido le aconsejaban.
Entonces ese latinoamericanismo me parece que va a ser una marca de los
gobiernos progresistas de la región.
En cuanto a la dimensión que para nosotros era la más
importante, la más básica, la dimensión Estado-mercado, esa dimensión
parecería estar siendo bastante menos relevante que las otras. El Estado
perdió capacidad reguladora y eso no se recupera ni en dos años ni en diez.
Quizá no se recupere nunca o quizá nunca más volvamos a tener un Estado que
por ejemplo controle precios. Esto no era absurdo hasta hace pocos años,
simplemente esa capacidad, esas capacidades del Estado parecen estar en
retroceso y que no sé si no es para siempre. Ahí tenemos una realidad que ha
limitado enormemente el poder de maniobra del Estado. La otra realidad que
se impone es que en Brasil y Argentina se ha privatizado la mayor parte del
patrimonio público y el Estado está acorralado, teniendo que negociar
tarifas públicas con cada unas de las empresas privatizadas; en Uruguay se
ha hecho en menor medida, pero eso coloca al Estado unas enormes
limitaciones desde el punto de vista de su capacidad de intervención en el
mercado.
Por otro lado, el tema de la deuda. Si ustedes piensan lo
que significa para Brasil la meta del 4,25 del producto para pagar el
superávit primario, significa un estrangulamiento presupuestal terrible.
Cuidado, nosotros estamos pagando ahora casi un dieciocho por ciento del
presupuesto por concepto de intereses de deuda. Entonces, estos Estados con
una negociación más acá más allá con el Fondo van a tener que enfrentar eso
y buena parte del presupuesto se va a ir para contraer los compromisos
internacionales, y por supuesto que por el momento está fuera de duda que
los compromisos internacionales dejen de cumplirse para cualquier gobierno
progresista. Ahora, siempre hay sorpresas. Argentina, con sus marchas y
contramarchas, ha refijado su meta de superávit primario y ha renegociado
con el Fondo, y no por progresista sino por desesperada. Es la que más cosas
distintas podría haber hecho. Imagínense, los uruguayos, que somos unos
buenos pagadores, no teniendo un margen de maniobra muy grande en la
negociación de nuestra deuda, los márgenes y los límites que va a tener
cualquier gobierno progresista para tener un Estado más interventor o con
más capacidad de decisión van a ser estrechos.
Sin embargo, buenas noticias: hay cosas que sí un gobierno
progresista puede hacer y que podrían hacer su marca respecto a un gobierno
no progresista. Y una es la capacidad del rol regulador del Estado, porque
una cosa no es prestar más servicios directamente, pero todavía quedaba
aquello de la capacidad reguladora del Estado que se transformó casi en una
cuestión de papel: las agencias reguladoras. Nosotros no estamos tan
acostumbrados a esa discusión sobre las agencias reguladoras, pero en
Argentina y en Brasil son discusiones cruciales.
Entonces, la recuperación de la capacidad reguladora del
Estado es un deber para los gobiernos progresistas. En Brasil se empezó a
producir algo y es una especie de empuje destercerizador del Estado,
o por lo menos hubo un discurso en ese sentido, sobre la destercerización:
volver a incorporar dentro del Estado servicios que antes estaban
tercerizados.
Vamos directo a nuestro tema, la recuperación del rol
asistencial del Estado. Le voy a llamar asistencial y no de bienestar,
porque justamente creo que un Estado progresista va a tener más capacidad de
asistencia que implementar políticas redistributivas en sentido estricto. A
qué le llamo el rol asistencial del Estado: a la marca con la que Lula
anunció la llegada de un gobierno progresista en Brasil. Yo no sé si ustedes
se acuerdan, pero cuando se supo el resultado, la TV GLOBO entrevistó a Lula
y le dijo: «¿cómo piensa usted que los mercados van a reaccionar?». Los
mercados estaban muy nerviosos durante la campaña electoral y habían
provocado algunas declaraciones destempladas de George Soros. Se había
incluso creado el «lulometro», que medía la evolución del dólar a medida que
se sabían las preferencias electorales en Brasil. Lula dijo una frase que
para mí quedo como la marca del gobierno progresista: «los mercados tienen
que entender que una persona tiene que comer tres veces por día» y anunció
el lanzamiento del programa de combate al hambre. El programa de combate al
hambre es un programa asistencialista en el sentido estricto, pero es la
marca de un gobierno de izquierda decir que los mercados necesitan entender
que una persona necesita comer tres veces por día. Creo que ese es el signo
de los tiempos y que ahí nos tenemos que situar. Un gobierno no progresista
no hubiera hecho eso.
Entonces, ¿a qué le llamo la recuperación del rol
asistencial del Estado? A algo que sí me parece esperar de un gobierno de
izquierda o centroizquierda, más allá de los límites económicos que le
vienen impuestos, y es una mayor sensibilidad a los temas sociales, una
agenda social un poco más robusta y una recuperación del rol no
redistributivo pero sí distributivo del Estado. Quizá para un país como
Uruguay no parezca tan importante, pero en Brasil la energía eléctrica no
llega a todo el mundo, falta gente por alfabetizar, hay mucha población sin
saneamiento. El Estado tiene que tener capacidad para terminar de hacer
aquello que era el legado de la modernización, que era darle saneamiento,
energía eléctrica y educación básica a todo el mundo. América Latina llegó
al siglo XXI sin haber cumplido el piso que se suponía era el legado de la
modernización. En eso un gobierno progresista debe tener más chances de
hacerlo bien que un gobierno que no lo es, porque forma parte de su agenda
de principios, forma parte de su agenda ideológica.
Pero para hacer un rol asistencial se necesita plata, no
necesita meterse en bailes tan complicados como los que implican políticas
redistributivas más fuertes. Pero para obtener esa plata precisa hacer
algunas modificaciones en la política tributaria, Lula lo intentó
implementar mediante el impuesto a la renta. Yo tengo mis dudas con respecto
a cuánto mejor vamos a estar con el impuesto a la renta. ¿Qué quiere decir
toda esta discusión del impuesto a la renta –la reforma tributaria–?: que
para implementar las políticas distributivas de universalización de acceso a
los bienes sociales que un gobierno de izquierda tiene que hacer puede no
sacarle a los ricos para darle a los pobres, pero debe universalizar el
acceso a los servicios básicos. Porque ahí sí nos caemos del mapa. Para
hacer eso entonces, impuesto a la renta, la reforma tributaria, necesita
modificar su política.
Esta sería la primera clave de las relaciones del gobierno
con la sociedad civil en lo que tiene que ver con el manejo del Estado. La
segunda clave es la clave propiamente política. Yo creo que los gobiernos de
izquierda o centroizquierda son muy distintos a los gobiernos de derecha y
centroderecha en su manejo político de las relaciones con la sociedad civil.
Y acá voy a discrepar con los compañeros que me precedieron.
En primer lugar, hay cosas que se pueden hacer a nivel macro
y a nivel micro. Cuando Lula llegó al gobierno reeditó algo que estuvo de
moda cuando las transiciones hacia la democracia: los pactos de
concertación. Y Lula reeditó el consejo de desarrollo económico-social.
Existe también esa figura en nuestra constitución y quizá si sube un
gobierno del EP también reedite un consejo de desarrollo económico-social.
Estos consejos en general tienen un rol consultivo. Como no hay un diseño
institucional fuerte, muchas veces no sirven para mucho pero sí sirven para
algo: para ampliar la arena política para que allí se incorporen otros
sectores, claramente el capital y el trabajo. No nos olvidemos que Lula
llegó pregonando cooperación capital-trabajo, es decir, los empresarios y
los sindicatos unidos para hacer a este país crecer. Ese era el lema de
Lula, y lo tenían mucho más claro que la izquierda uruguaya.
Entonces, a nivel macro eso es una señal. Yo no sé cuanto
sirven, porque ya no me acuerdo cual de los panelistas dijo «no es
tan fácil hacer la transición de un modelo neoliberal a un modelo
solidario». Y yo me pregunto que si en la transición de la dictadura a la
democracia, cuando todo el diseño institucional estaba por rearmarse no se
consiguió tener un pacto –ni hablemos de la Moncloa– mucho menos se
consiguió tener una concertación con un mínimo de anclaje institucional,
menos se podrá hacer ahora. Pero no obstante eso, estas experiencias de los
consejos económico-sociales y de sentar a los sectores sociales a conversar
con el gobierno ya para Uruguay sería una experiencia inédita.
En segundo lugar analicemos la participación desde el punto
de vista del nivel macro: la participación de la sociedad civil en las
políticas del Estado. Quizá el ejemplo más importante que tenemos es en
Porto Alegre y las propias experiencias de los gobiernos municipales de
izquierda, por ejemplo la experiencia de la Intendencia de Montevideo. Yo sé
que para la gente que trabaja en esto, en la Intendencia de Montevideo, me
van a mirar con unas caras deprimidas o deprimentes. En todo caso siempre
hay que tener una perspectiva histórica. Comparado con lo que había, la
experiencia de la descentralización de Montevideo significó un avance
sustantivo en el terreno de la incorporación de la gente al proceso de toma
de decisiones, en términos históricos. Y para eso es necesario buscar
formatos institucionales. El gobierno de la izquierda montevideana inventó
cosas: los consejos vecinales, los consejos locales; los Centros Comunales
primero y después los Consejos. O sea, hubo diseño institucional. Hay que
hacer diseño institucional porque también como alguien dijo: «el Estado es
una institución antipática a la participación ciudadana». Sí lo es, pero no
porque es clientelista. Quizá en Brasil además se le sume el clientelismo,
pero la estructura del Estado es antipática a la participación ampliada. No
está diseñado para eso, el Estado está más diseñado para sus planes
quinquenales y para ser un aparato burocrático y, en el mejor de los casos,
eficiente. No esta diseñado que para que todo el mundo entre a discutir y
generar un asambleismo permanente como el del presupuesto participativo.
Estoy ironizando pero efectivamente el Estado no está armado para eso y
quien lo dijo tiene razón. Y no es culpa del clientelismo. El Estado no está
armado para que la gente participe. Para eso hay que cambiarlo, hay que
generar diseño y aun así no hay que esperar demasiado, aun así no hay que
esperar grandes cosas, pero la izquierda lo ha hecho. Hay experiencias de
que lo ha hecho.
Y después, desde el punto de vista micro, también creo que
por lo menos en la Intendencia Municipal de Montevideo y los convenios con
las ONG para la implementación de políticas sociales han sido bastante más
abundantes que con las intendencias anteriores. Siempre las ONGs se van a
quejar de una cosa: de que son la mano de obra barata que implementa las
políticas, es decir, una especie de empresa tercerizada y no participan en
el diseño de las políticas. Quizá el Estado sea una cosa muy grande y en
algunos lados eso sea más así y en otros lados haya más participación; en
todo caso estas políticas de descentralización e incorporación de las ONGs
como prestadoras de servicios no tienen ideología porque todos sabemos que
el Banco Mundial ha obligado a los gobiernos a generar contratos de ese
tipo, es decir, han estado en la letra y en el espíritu de los organismos
multilaterales antes que en el de la izquierda, o han funcionado porque han
estado ahí. Pero en todo caso yo creo que la experiencia de la Intendencia
muestra (hay libros sobre eso, y ustedes lo saben mucho mejor que yo, pero
hay mucha experiencia acumulada) sobre las dificultades para una buena
relación entre organizaciones de la sociedad civil y Estado. Pero hay
experiencia acumulada que indica que se intentó y se seguirá intentando.
Y por último, hay una diferencia sutil, entre un gobierno de
izquierda, yo lo he visto con Lula y también lo he visto con el gobierno de
la izquierda en Montevideo. Pero lo he visto con Lula y eso que a Lula no le
precedió el derechismo rampante sino que estaba Fernando Henrique Cardoso,
que pertenecía a un partido de centroizquierda. Tampoco es que tuvimos una
transición de Sanguinetti a Tabaré Vázquez, la transición brasileña fue un
poquito más suave que lo que será la transición en este país. Yo creo que
esta diferencia sutil tiene que ver con el tratamiento de los conflictos
sociales. Sanguinetti una vez dijo una frase que para mí representa la
quintaesencia del pensamiento de la derecha sobre los conflictos sociales y
es: «yo nunca perdí una huelga». Como si eso fuera un valor impresionante.
Es la mano dura, «yo nunca perdí una huelga», fue su primera administración.
No había perdido una huelga. Ese me parece que representa el pensamiento de
la derecha en relación a los conflictos sociales. Qué hace la derecha con
los conflictos sociales, los desmoviliza, forma parte de su ideología.
Por eso, buena parte del repertorio de derecha sobre las
reformas económicas en nuestros países implicaban una especie de
procedimiento de shock; reformas a través de procedimientos parlamentarios
poco aconsejables, tales como leyes de urgencia. Una actitud de prepotencia
hacia el parlamento, fue de lo más común en América Latina para implementar
reformas y por supuesto desmovilizar a los sectores afectados. Eso además
estaba en la letra con la cual se generó la ideología reformista de las
últimas décadas. Pero esta ideología está cambiando.
¿Qué he visto yo del gobierno Lula, en este año y medio en
Brasil? He visto una actitud bastante más tolerante. Ustedes me dirán: «es
una diferencia sutil»; yo creo que es una diferencia fundamental. Y creo que
acá hay una gama que va desde la tolerancia hasta reinstalar los Consejos de
Salarios en el Uruguay. Es decir, el Uruguay tuvo sistemas de negociación
colectiva y el sindicalismo uruguayo habilitaba a que ello pudiera
funcionar, porque no es fácil tener una sociedad civil organizada, eso lleva
mucho tiempo. Y esos Consejos de Salarios fueron desmantelados y
prácticamente las últimas administraciones no han tenido ni siquiera una
actitud de escucha en relación al movimiento sindical. Ya para empezar, una
cierta tolerancia con respecto a los conflictos, y el gobierno Lula
demostró, sobre todo, con el Movimiento sin Tierra, que eso el Uruguay no lo
conoce. El Movimiento sin Tierra siempre se mueve en el límite de la
ilegalidad como dice: la última lucha armada es la del Movimiento sin
Tierra; invaden tierras. Y creo que la actitud del gobierno Lula en relación
al Movimiento sin Tierra es bastante diferente a la que actitud de Fernando
Henrique Cardoso que ya había comenzado los asentamientos, ya había
comenzado la reforma agraria.
Entonces, para empezar, una actitud de tolerancia con
respecto a la sociedad civil organizada, creo que a América Latina le haría
un bien bárbaro para empezar, porque en realidad el legado post dictadura es
el legado de «no conversamos con nadie», «no perdemos ninguna huelga».
Cuanto más desmovilizados mejor. En una versión absolutamente caricaturesca
de la democracia porque todo el mundo sabe que una democracia funciona mejor
con una sociedad civil organizada. Y que si tenemos un buen movimiento
sindical, ideologizado y político, gracias a Dios.
Entonces, esa actitud puede ir desde la tolerancia hasta
incorporarlos definitivamente en la agenda de decisiones. El gobierno Lula
es un claro ejemplo de un gobierno que está, que se mantiene en el
medio. Pero yo es la primera vez que siento en Brasil que el Movimiento sin
Tierra se sitúa en la agenda como un movimiento legítimo. Yo no digo que eso
lo haya provocado el gobierno, digo que una actitud de tolerancia,
simplemente de tolerancia del gobierno con respecto a los movimientos
sociales puede hacerlos recuperar la legitimidad perdida porque no nos
llamemos a engaño que el sindicalismo en América Latina está tan en baja
como los partidos políticos. Es decir, la legitimidad de la sociedad civil
en América Latina, salvo la Iglesia esta en franco descenso, los partidos
políticos también, las Fuerzas Armadas no tanto. Eso es para preocuparnos
con respecto a los datos de cultura política. Entonces un comportamiento
distinto del gobierno con los movimientos sociales puede llevar a
rejerarquizarlos y sin duda a revitalizarlos porque la actitud del Estado
con respecto a los movimientos sociales es vital para su propia existencia
como lo sabemos quienes vivimos en la dictadura.
Entonces, ¿van a ser diferentes los gobiernos?, ¿va a ser
diferente la relación entre Estado y sociedad civil con un gobierno
progresista? Mi respuesta es sí. En qué, sin duda en el tema del manejo del
conflicto político y en el tema de las políticas sociales. Y el cuánto va a
depender primero de quien gobierne, de cómo sea la ecuación de gobierno y
acá hay que ser un poquito más clemente también con el caso brasilero, hay
que pensar que el PT sólo tiene el dieciocho por ciento del Parlamento,
entonces no tiene por que llevarse todas las culpas. Un gobierno que como
gobierno nace débil porque necesita coaligarse con todo el mundo para poder
gobernar. Entonces cuan distinta sea va a depender de la fuerza del
gobierno, va a depender de los márgenes de maniobra económico, que yo creo
que están absolutamente reducidos y también va a depender de la fuerza de la
sociedad civil como colocaron todos los conferencistas que me antecedieron.