Ciudadanía y construcción de la paz en América Latina y
el Caribe
En un mundo dónde desde el fin de la Guerra Fría ha
proliferado la eclosión de conflictos armados, América Latina y el Caribe
aparenta ser una de las regiones más pacíficas y menos proclives a la
emergencia de conflictos violentos. Esta percepción ha sido ampliamente
recreada por las elites políticas locales, por los observadores externos y
por los propios habitantes de la región. Esta imagen se sustenta,
evidentemente, en el menor y cada vez más decreciente número de conflictos
interestatales presentes en la región. Sin embargo, ignora o soslaya, el
contenido potencial y el progresivo desarrollo de crecientes conflictos
domésticos y, en el marco de la cada vez mayor porosidad de las fronteras
nacionales, de tensiones y conflictos transnacionales vinculados con el
tráfico de bienes, de personas, de recursos y, eventualmente, de ideas y
actividades políticas 1.
En un planeta dónde la combinación de diversos procesos de
globalización ha contribuido al debilitamiento de los estados nacionales y a
un incremento de los flujos transnacionales de diverso orden, la imagen y la
convicción de una América Latina y del Caribe aislada de los avatares
sangrientos del genocidio y de los conflictos descontrolados parece
persistir entre los gobernantes y ante la opinión pública. De hecho, para
muchos de los habitantes de la región, afectados por la pobreza extrema, el
desempleo y la inseguridad, las prioridades de sus demandas y aspiraciones
cotidianas apuntan más a las desigualdades y exclusiones económicas y
sociales profundizadas por los programas de ajuste estructural, y,
eventualmente, a los problemas de inseguridad doméstica ciudadana, que a la
preocupación por el impacto y los costos de un eventual y aparentemente poco
probable conflicto armado que haga estragos entre su población.
Sin embargo, situaciones críticas como la de la violencia y
el conflicto armado domésticos persistentes en Colombia, la combinación de
conflictos sociales y étnicos en Bolivia o la reiteración de la crisis
haitiana, parecen indicar que la región no es inmune a la emergencia y
desarrollo de conflictos violentos, con altos costos de vidas humanas, así
no puedan ser paralelizables con situaciones similares en otras regiones del
mundo.
En este contexto, los temas de paz, de prevención de
conflictos y de seguridad regional siguen constituyendo problemas alejados
de los intereses cotidianos de la mayoría de la población, y siguen
reducidos a su manejo por los gobernantes y los organismos regionales, más
allá de la creciente preocupación que despierta en amplios sectores de la
población el incremento de la criminalidad, la violencia local y la
inseguridad ciudadana.
Por otra parte, la complejización y el acelerado cambio de
las relaciones internacionales, con el surgimiento de una sociedad civil
global que, dentro de su heterogeneidad, impulsa, desde una perspectiva
ética, una nueva visión de la agenda internacional centrada en la defensa de
bienes públicos comunes como el desarrollo social, la equidad, el medio
ambiente, los derechos humanos y la paz, no parece haber impactado a la
región y no parece haber lugar a la emergencia de una sociedad civil
regional que, a la vez de profundizar y reforzar la consolidación de los
sistemas democráticos incremente su capacidad de incidir sobre las agendas y
los temas regionales relevantes como la inequidad, la exclusión social y la
inseguridad cotidiana, más allá de los logros alcanzados en la lucha por los
derechos humanos en décadas precedentes.
En este sentido, la región aparenta estar alejada no sólo de
la potencial emergencia de conflictos violentos sino también de un
desarrollo y de un desempeño eficaz de las organizaciones que configuran su
entramado social y que apunte a promover, defender y a proponer acciones y
políticas orientadas a abordar los temas que, a nivel regional, trascienden
las fronteras nacionales y pueden, eventualmente, impactar de una forma más
dramática la vida cotidiana de su población. Atrás han quedado, en este
sentido, las experiencias aprendidas de los conflictos fronterizos de la
región latinoamericana en décadas precedentes, de la crisis regional y de
los conflictos domésticos con impacto subregional de Centroamérica en la
década del ochenta, o de la expansión de redes criminales transnacionales
que la región ha experimentado en las tres últimas décadas. Ni siquiera el
tema del terrorismo internacional tal como dramáticamente se ha impuesto en
la agenda internacional en los últimos años ha dado lugar a una preocupación
ciudadana que se exprese en acciones específicas y sostenidas.
Sin embargo, la dilución del capital social en la mayor
parte de sus sociedades, la deslegimitación de las elites políticas y de los
sistemas democráticos constituidos o reconstituidos desde la década del
ochenta, las reiteradas crisis de gobernabilidad, la profundización de la
exclusión social y étnica en muchas de las subregiones, bajo el impacto de
los procesos de globalización en sus diversas dimensiones, ni aisla ni
contribuye a recrear el mito de una región pacífica per se, como
tampoco la creencia de que las soluciones estarán, en el marco de estados
afectados en sus alcances y en su eficiencia por el impacto de la
globalización neoliberal y de los programas de ajuste, exclusivamente en
manos de los gobernantes electos.
En este sentido, la misma construcción de ciudadanía que
requiere de la consolidación y la profundización de las experiencias
democráticas nacionales demanda asimismo de una sociedad civil regional
vigorosa que, a través de las acciones coordinadas de redes y
organizaciones, desarrolle su capacidad de enfrentar y superar la creciente
complejidad de los conflictos domésticos y transnacionales que van madurando
en la región y que, eventualmente, pueden eclosionar con altos costos para
esa misma ciudadanía.
De allí la importancia crucial de que, junto con el
fortalecimiento de una sociedad civil nacional, articulada en torno a
intereses específicos y sectoriales muy diversos y en permanente
interlocución con gobiernos y actores políticos tradicionales, se desarrolle
una sociedad civil regional alerta frente a los problemas que, junto con la
globalización, pueda acarrear el potencial surgimiento de conflictos
regionales, tanto de focalización local con eventuales impactos regionales
como de carácter transnacional e internacional. La regionalización, en este
sentido, no es exclusiva de los gobiernos y de los estados, ni se reduce a
la discusión y a la firma de acuerdos comerciales que profundicen la
integración económica de la región, sino que implica asimismo una
comprensión y un compromiso de la ciudadanía por la defensa y promoción de
los bienes públicos regionales en un amplio espectro de temas que abarcan
desde los derechos humanos y la equidad social a la preservación del medio
ambiente, la prevención de conflictos armados y la construcción de la paz.
Ninguno de estos temas es patrimonio exclusivo de los
gobernantes y, en todo caso, el contrato social establecido o en proceso de
establecerse entre las elites políticas y la ciudadanía implica, en la
actualidad, un mayor compromiso y una acción más efectiva de los ciudadanos
tanto para prevenir y anticipar los conflictos y catástrofes que puedan
emerger, como para impulsar, formular y monitorear las políticas públicas
adecuadas para lidiar con ellas.
En este marco, el desarrollo de una diplomacia ciudadana que
acompañe, monitoree, fiscalice y, eventualmente, supervise la diplomacia de
gobiernos y organismos internacionales para impulsar políticas que aborden
estos problemas, es fundamental si se quiere evitar la profundización de los
déficit democráticos ya existentes o el incremento del abismo y la
polarización social y étnica que puedan nutrir y profundizar estos
problemas. En particular, en cuanto a la emergencia de conflictos armados se
refiere, la diplomacia ciudadana, ejercida por las redes y organizaciones
regionales que, desde una perspectiva ética, abogan por la construcción y
consolidación de una región pacífica, tiene un rol fundamental, en tanto no
bastan la declaraciones de zonas de paz, ni las medidas coyunturales para
prevenir estos conflictos sino que se hacen necesarias políticas
consistentes y sostenidas con una amplia participación de la ciudadanía que,
promuevan, en el amplio espectro regional, una prevención efectiva de los
conflictos violentos que las profundas brechas sociales y étnicas de América
Latina y el Caribe pueden augurar en los próximos años.
En esta perspectiva, la región y sus ciudadanos, más allá
del consuelo fácil de ser una de las más pacíficas del mundo, no es
necesariamente inmune al surgimiento potencial de conflictos violentos,
razón demás para que las organizaciones y redes ciudadanas no ignoren la
necesidad de desarrollar estrategias preventivas dónde puedan asumir un rol
crucial ni soslayen la prevención de conflictos y la construcción de la paz
como uno de los temas relevantes en la próxima Cumbre de las Américas.
En este marco, el presente artículo recoge y analiza los
avances más recientes, tanto en el plano conceptual como empírico, de la
emergente diplomacia ciudadana en América Latina y el Caribe en la
prevención de conflictos armados, teniendo en cuenta que la construcción de
la paz mundial pasa por la construcción y consolidación de la paz regional y
que la sociedad civil regional, crecientemente, desempeña un papel crucial
en este proceso, como lo ha hecho en otros ámbitos, para lo cual basta
mencionar los derechos humanos.
Notas