Sociedad civil global, guerra y sociedad civil regional.
El
concepto de sociedad civil, puesto en boga en las dos últimas décadas, es un
concepto ambiguo y polisémico, dependiendo de los presupuestos conceptuales
con que se maneje. Fundamentalmente se refiere a las asociaciones
voluntarias sin fines de lucro que persiguen la defensa o promoción de un
bien público (Habermas), y que están estrechamente ligadas al desarrollo
de contratos sociales y de una institucionalidad democrática, en el marco de
la dinámica de la tríada estado-mercado-sociedad civil, como un proceso
articulado.
Sin abundar en la genealogía ni en una discusión detallada
de las diversas utilizaciones de este concepto, podemos señalar que, entre
otras muchas interpretaciones que aporta la literatura reciente sobre el
tema, Mary Kaldor2 asocia el
desarrollo y re-surgimiento de la sociedad civil con el fin de la Guerra
Fría y el impacto de la globalización, al dar lugar a la emergencia de una
sociedad civil global. Desde esta perspectiva, ofrece una tipología de cinco
significados para la misma: como societas civilis, o "zona de
civilidad" basada en el imperio de la ley y la existencia de una comunidad
política, asociada a un orden pacífico sobre la base de un consentimiento
explícito o implícito de los individuos, y que no puede ser separada de la
existencia de un estado, que se distingue de otras sociedades "no-civiles"
(estado de la naturaleza o imperios absolutistas) y de la guerra; como
sociedad burguesa (Bürgerlische Gesellshaft) en la versión de Hegel y
Marx, asociada con el advenimiento de una sociedad comercial creada por
individuos que constituyeron la condición necesaria para una sociedad civil
contrastada con el estado; en la versión activista, que implica la
existencia de un estado de derecho y una redistribución del poder en el
marco de una radicalización de la democracia y de la ampliación de la
participación y de la autonomía que da lugar a la emergencia de una
ciudadanía activa; en la versión neoliberal que remite a la vida
asociativa de un "tercer sector" no-lucrativo que no sólo restringe el poder
estatal sino que actúa de substituto a muchas de las funciones desempeñadas
por éste; y en una versión postmoderna, que concibe a la sociedad
civil como un escenario de pluralismo y contestación, y una fuente tanto de
civilidad como de incivilidad.
Cada una de estas versiones, remite a una visión de la
sociedad civil global, y configura, a la vez, visiones normativas y
descriptivas que, en el contexto de la globalización, refieren, a su vez, a
proyectos políticos diferenciados Si bien Kaldor asume distintos aspectos de
las tres últimas versiones para su análisis de la sociedad civil global, se
identifica más con la versión activista que caracteriza en función de su
poder de emancipación política, de empoderamiento de los individuos y de la
ampliación y profundización de la democracia, en tanto la guerra y la
amenaza de la guerra siempre representan una limitación a la democracia. En
este sentido, la globalización ofrece la posibilidad de superar esta
limitación y abre posibilidades de emancipación a una escala global. Sin
embargo, en la práctica, también implica una creciente desigualdad e
inseguridad y el despliegue de nuevas formas de violencia. En este sentido,
el principal desafío consiste en como controlar la violencia y la guerra a
escala global, o, desde la perspectiva de la sociedad civil global, como
"civilizar" o democratizar la globalización a través del imperio de la ley,
de la justicia y del empoderamiento global.
Mas allá de la persistencia de la versión neoliberal de la
sociedad civil global que apunta al rol de las ONGs en "aceitar" y hacer más
potable la globalización económica y sus desigualdades, la combinación de la
versión postmoderna y la versión activista de la sociedad civil global
permite ver su despliegue en función de la extensión de campos de
contestación a la globalización económica, en función de una pluralidad de
sociedades civiles globales que actúan a través de diferentes redes
organizadas y que, en la versión postmoderna, incluye tanto las expresiones
"civiles" como "inciviles" (incluyendo aquéllas que promueven la guerra y la
violencia).
La perspectiva de una visión plural de sociedad civiles
globales da lugar a una reconocimiento de los elementos distintivos de
las culturas políticas que arrastran e incorporan y al hecho de que, más
allá de la interconexión horizontal que se desarrolla en el entramado de la
sociedad civil global a través de la revolución informática y del flujo
acelerado de información, existe una gran heterogeneidad y fragmentación que
puede hacer a los rasgos distintos de sociedad civiles regionales,
vinculadas con la dinámica general de la sociedad civil global pero que
mantienen y detentan características propias. Hemos argumentado en otros
trabajos sobre el desarrollo de una sociedad civil regional en
América Latina y el Caribe que, en articulación con la dinámica de la
sociedad civil global, mantiene, sin embargo, características distintivas y,
en especial, una configuración de actores y de agendas con rasgos propios,
con el componente adicional de que su empoderamiento constituye un elemento
fundamental en el desarrollo y la profundización efectiva de los procesos de
integración regional, particularmente desde la perspectiva del nuevo
regionalismo3.
Sin embargo, es necesario tener en cuenta que, más allá de
sus rasgos intrínsecos y distintivos, las sociedades civiles nacionales en
América Latina y Caribe y, especialmente, las distintas expresiones de una
emergente sociedad civil regional son de desarrollo tardío y se
encuentran aún en proceso de configuración, comparadas con las
sociedades civiles del Atlántico Norte 4.
En este sentido, su desarrollo se potencia en el marco del fin de la Guerra
Fría; del desarrollo de la segunda etapa de la globalización, y de los
procesos de re-democratización y post-conflicto, particularmente en el Cono
Sur y en América Central (década del ochenta), a diferencia de las
sociedades civiles europeas y de América del Norte, estructuradas como tales
a partir del siglo XVIII, en función de nuevos contratos sociales. Cabe
añadir, asimismo, que en nuestra región, a raíz de los efectos devastadores
de los programas de ajuste estructural sobre las sociedades regionales,
muchos de los contratos sociales establecidos en el marco de los sistemas
democráticos se encuentran en proceso de re-definición.
Desde esta perspectiva, un punto importante a señalar para
América Latina y el Caribe es que, en general y especialmente a partir de
los impactos de los programas de ajuste estructural y de la globalización
neoliberal, no se han terminado de decantar nuevos contratos sociales entre
el Estado y la sociedad civil, que posibiliten su mayor desarrollo y
maduración como expresiones de construcción de la ciudadanía.
Esta, en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe, esta en
proceso de construcción, en el marco de la reciente consolidación
de los sistemas democráticos, de una reconfiguración de su entramado social
y de una marcada, con contadas excepciones, fragilidad institucional de las
democracias.
Teniendo en cuenta estas consideraciones previas, en América
Latina y el Caribe, el desarrollo tardío de las organizaciones de la
sociedad civil (OSC) presenta varias características distintivas, de las que
mencionaremos sucintamente cinco a los efectos de este artículo.
En primer lugar, sus precedentes se en encuentran en
organizaciones comunales y de base en la década del sesenta, con un
fuerte sentido de misión y de superioridad moral, frecuentemente
teñido de fuertes elementos ideológicos, principalmente en el marco de
regímenes autoritarios. En este sentido, detentan un carácter
originariamente anti-gubernamental, en sociedades altamente
estatistas. Con consecuencia, con frecuencia, su desarrollo actual está
condicionado por estos orígenes.
En segundo lugar, están marcadamente imbuidas de las
culturas políticas nacionales y por lo tanto, tienen que ser diferenciadas
en los diferentes contextos subregionales y nacionales, y reiteran, con
frecuencia, rasgos de las culturas y valores políticos de cada sociedad (en
general, patrimonialismo, clientelismo, corporativismo,
personalismo, y, frecuentemente, como consecuencia de sus orígenes de
base, localismo/parroquialismo, como rasgos descollantes).
En tercer lugar, las organizaciones de la sociedad civil
(OSC) y la sociedad civil como tal se desarrollan a partir de la década del
ochenta asociadas, en primer lugar, a organizaciones y movimientos de
derechos humanos (DDHH), en el marco de los procesoso de
re-democratización. Posteriormente, evolucionan hacia diversas modalidades
de acción ciudadana en torno demandas en relación a bienes y políticas
públicas, en el marco de la consolidación democrática y de la aspiración de
reforma de los sistemas democráticos, y de los vacíos engendrados en torno a
las políticas sociales por los efectos del consenso de Washington. Como
fenómeno más reciente se articulan con movimientos ciudadanos emergentes en
torno a los problemas de la violencia y la inseguridad ciudadana.
En cuarto lugar, como consecuencia de sus características
predominantemente nacionales y de su origen de base, tienden, en su origen,
a tener dificultades en articularse en redes regionales o
transnacionales. La excepción más evidente la constituyen los
movimientos de DDHH, mujeres, afro-descendientes, indígenas, ambientalistas
en el marco de una dinámica de crecimiento fuertemente condicionada por la
globalización, el surgimiento de temas y el reconocimiento de bienes
públicos globales y, especialmente, por la globalización del derecho
internacional y de los derechos humanos. No así las organizaciones y
movimientos de reforma política y participación ciudadana, y de asistencia
solidaria y ayuda humanitaria, con mayor concentración en temas sectoriales
locales y/o nacionales. En este marco, con las excepciones señaladas, existe
una seria dificultad de las OSC en América Latina y el Caribe a movilizarse
por temas regionales que, en general, están fuera de sus intereses y
demandas inmediatas, de sus agendas y de su horizonte cognitivo. Temas tales
como la paz y la seguridad regional, la prevención de conflictos, las
agendas multilaterales, el déficit democrático de organismos regionales y
subregionales, la gobernabilidad democrática regional, quedan frecuentemente
fuera de su agenda y de sus prioridades. Una excepción asimismo a esta
situación lo constituyen el movimiento anti-ALCA, asociado al desarrollo del
Foro Social Mundial, y las distintas expresiones regionales de movimientos
anti-globalización.
No obstante, por otra parte y paradójicamente, como ya
señalamos, la reactivación y desarrollo de las OSC en América Latina y el
Caribe en la década del ochenta esta fuertemente ligado al desarrollo de
vínculos y redes transnacionales, especialmente en el campo de los derechos
humanos, y esta fuertemente asociado al desarrollo de una sociedad civil
global. Más recientemente los vínculos, nexos y articulaciones globales se
amplían a través del desarrollo del movimiento anti-ALCA, los movimientos
anti-globalización y el desarrollo del Foro Social Mundial.
En todo caso, predominan en la agenda de redes
transnacionales de la región, los temas económicos y sociales/étnico y de
/equidad, y figuran menos los temas explícitamente políticos y de seguridad,
con la probable excepción de las recientes reacciones frente a política
unilateral de EEUU post S-11 y la guerra en Irak, principalmente en
vinculación con los movimientos anti-ALCA y anti-globalización ya
existentes, que incorporan a sus agendas estos temas pero que no han
generado movilizaciones significativas en América Latina y el Caribe.
En quinto lugar, las OSC básicamente están conformados, a
nivel nacional, por ONGs y organizaciones ciudadanas, con agendas
sectoriales y específicas, más profesionalizadas y de clase media; y por
movimientos sociales (desempleados, campesinos sin tierra), más de base y,
generalmente, más radicales en sus demandas de cambio. Entre ambos tipos de
organizaciones, hay marcadas diferencias de presupuestos conceptuales,
teóricos e ideológicos, entre la visión del "Tercer sector" como complemento
y corrector del Estado y del mercado (versión neoliberal), y la concepción
del "bloque contra-hegemónico" (versión gramsciana) o de espacios de
contestación (versión postmoderna y activista) en pugna con el Estado. Sin
embargo, esta diferenciación responde más a una visión simplificada de un
complejo entramado de organizaciones y movimientos cuyas fronteras no son
fácilmente distinguibles y sobre las que hemos abundado en otros trabajos.
Estos dos grupos marcan también estrategias diferentes de
relación con los gobiernos. Simplificando nuevamente, en el primero
predomina la tendencia al diálogo, la interlocución y el cabildeo; en el
segundo, la movilización y la confrontación, como instrumentos para promover
el cambio. Sin embargo, estas estrategias no son necesariamente excluyentes
y, eventualmente, tienden a combinarse. Sin embargo, las agendas de ambos
grupos no siempre son coincidentes.
Esta misma situación se refleja en las redes y movimientos
sociales de carácter regional, que alinean entre el diálogo y la
confrontación (insiders y outsiders) con los gobiernos
y los organismos regionales. Un caso ilustrativo al respecto se produjo en
la Cumbre de las Américas en Québec, dónde ambos grupos tuvieron un
desempeño diferenciado en las relaciones con los gobiernos participantes en
la Cumbre5.
Sin embargo, dadas las características de los estados
latinoamericanos y el alto desarrollo de modalidades clientelísticas, ambas
formas son pasibles de cooptación por el Estado a través de diversos
mecanismos.
Por otra parte, a mayor desarrollo de la
institucionalidad y madurez democrática de una sociedad, existen políticas
más evidentes y estructuradas del Estado respectivo hacia la profundización
de la participación ciudadana (a través de observación/monitoreo,
consulta o participación en toma de decisiones, y con mayor, menor o nulo
apoyo financiero e institucional) y mayor autonomía de las OSC
6.
En este marco, los principales desafíos de las OSC en la
región se vinculan, en lo interno, a la aplicación en su propio seno de lo
que predican – transparencia, decisiones democráticas, accountability,
cumplimiento de las reglas de juego y de los mandatos de sus bases,
representatividad y legitimidad, que justifican, desde un punto de
vista ético, sus mandatos y aspiraciones.
Por otra parte, sus principales dificultades en lo interno
se asocian con el personalismo de su liderazgo, su
fragilidad y falta de sostenibilidad institucional, la
dependencia financiera (predominantemente de donantes
externos), y la dificultad de transitar desde lo normativo a lo
propositivo en sus planteamientos 7.
Finalmente, una confusión común por parte de las OSC
consiste en creer que son sólo actores sociales, sin
asumir que son actores políticos que, sin embargo, en una
democracia, no pueden sustituir a los actores políticos tradicionales –
partidos políticos, parlamentos, sindicatos, y que deben complementar y
monitorear su actuación, más allá de la resistencia de las elites políticas
gobernantes a aceptar la implementación de mecanismos participativos para la
ciudadanía que impliquen mecanismos más amplios que los del voto en las
elecciones establecidas regularmente.
Notas