El concepto de diplomacia ciudadana alude al derecho y a la
capacidad que requieren materializar y desarrollar las organizaciones
ciudadanas, para penetrar en espacios que tradicionalmente han sido
privativos de organismos internacionales, gubernamentales y de la
cooperación externa, para pasar a formar parte del quehacer de las distintas
expresiones organizativas que integran la sociedad civil, misma que es
heterogénea y diversa, lo que complejiza su definición y papel.
El objetivo de una sociedad civil más y mejor organizada, no
es reemplazar los sistemas políticos formales de gobierno, ni es su función
competir con los roles importantes y necesarios del Estado. Es debatir,
formar opinión, presentar y consensuar propuestas, efectuar acciones de
monitoreo y control ciudadano de manera sistemática, es abrir puentes entre
los grupos y sectores menos favorecidos y quienes deciden, entre otros
aspectos.
Por ello, en la actualidad las estrategias que se encuentran
en debate y crecimiento son las del cabildeo e incidencia, tendientes a la
creación y/o puesta en vigencia de mecanismos legales hacia la exigibilidad
de los derechos humanos y la equidad de género, situación que pasa por el
reconocimiento de las desigualdades en cuanto al acceso y a las relaciones
de poder existentes tanto entre hombres y mujeres, como entre países ricos y
empobrecidos.
El debate actual respecto a la práctica y el consiguiente
desarrollo de estrategias y acciones definidas en el marco de la diplomacia
ciudadana, apuntan a dos interrogantes fundamentales: 1)¿Las distintas
organizaciones ciudadanas se transforman en meras operadoras de las
políticas, programas y agendas gubernamentales y 2) constituyen mecanismos
de contención de las presiones y posibles explosiones sociales ocasionadas
por el acumulado y creciente déficit social que se traduce en mayor pobreza
y exclusión de grandes sectores poblacionales?.
Al respecto, las instancias organizativas más proclives al
diálogo, concertación e incidencia política, estiman que en el actual
contexto internacional globalizado, es necesario potenciar la capacidad de
negociación y la búsqueda de influencia, ya sea en los aspectos estratégicos
como en los coyunturales según sea el caso; en tanto, otros sectores
desconfían de las supuestas bondades de la incidencia y propugnan por
soluciones a través de la fuerza y hasta militares; lo que es claro, es que
las acciones de incidencia generalmente requieren ir acompañadas de
propuestas, legitimidad y poder de convocatoria por parte de las
organizaciones o instancias solicitantes, de tal forma que la mesa de
diálogo este acompañada por la presencia organizada y vigilante de los
sectores demandantes.
Al parecer, en el modelo económico- social imperante, es
permisible cierto grado de participación e incidencia ciudadana, siempre que
las reglas de la subordinación económica, política y de género permanezcan
vigentes, es decir, que esta participación sea funcional al sistema, sin
transgredir los esquemas concentradores, verticales y patriarcales
predominantes. ¿Significa entonces, que existen ciertos márgenes de
actuación que pueden contribuir a controvertir tendencias en los escenarios
globales, regionales y nacionales, que propicien la construcción de
relaciones inclusivas en países dependientes y con bajos niveles de
desarrollo?
Todo indica que aunque el camino es largo y complejo, se
precisa de actitudes y acciones pro activas por parte de toda la ciudadanía
para revertir una de las tendencias más visibles en la mayoría de los países
que conforman la región latinoamericana, tal es la preeminencia de las
agendas electorales y la presión de segmentos mediáticos, especialmente los
medios masivos de comunicación, que frecuentemente formulan agendas
artificiales en detrimento de las prioridades nacionales.
Cada vez parece más difícil realizar incidencia política
para las y los distintos actores sociales civiles, los espacios para
expresar disensos y hasta para presentar propuestas se van reduciendo debido
a dos factores fundamentales: por que los Estados-Nación están cada vez más
debilitados y subsumidos por los espacios supranacionales, es decir que los
Estados Nacionales cada vez pierden peso específico ante las legítimas y
urgentes demandas ciudadanas, por materializar procesos de desarrollo
verdaderamente incluyentes y equitativos.
La clase política local y la elite
política internacional tienden a perder contacto con las preocupaciones y
prioridades de la población. Asimismo a renovar el
autoritarismo aplicando nuevas modalidades con las que pretenden que las
organizaciones de la sociedad civil jueguen el papel de administradores
funcionales implementando las políticas y estrategias elaboradas desde las
cúpulas, reforzando con nuevos eslogan viejas prácticas políticas, en lugar
de facilitar procesos y formular políticas consultivas y participativas que
reflejen las demandas de las mayorías y de los sectores más vulnerables de
la sociedad. Sería una manera de enriquecer el
concepto del derecho al desarrollo, dando vigencia
a la llamada diplomacia ciudadana, entendiendo que no es suficiente la
apertura a la participación, sino que es indispensable propiciar y
fortalecer a las poblaciones y sectores más débiles y excluidas en la lucha
por materializar sus derechos y mejorar su calidad de vida.
De ahí, que es imprescindible retomar los valores de la
cultura política asociados con el respeto a las ideas, la tolerancia y la
solución negociada de conflictos actuales o potenciales que favorezcan un
ejercicio ciudadano incluyente y productivo, utilizando el diálogo social,
transparente y oportuno como herramienta básica para la construcción de
consensos que faciliten su apropiación, cumplimiento y sostenibilidad por
parte de todos los sectores involucrados.
Y asumiendo que una de las características de la democracia
es su perfectibilidad, lo que es inviable sin una ciudadanía plena, para ir
pasando del discurso a la práctica.