La reforma de la administración pública y la reforma del
estado
Hasta
ahora la idea de reforma del estado ha estado asociada exclusivamente a la
idea de eficiencia de la administración pública. Los ejes de concentración
de los programas de reforma lo demuestran. Sin embargo esta orientación se
sustenta en una visión que reduce el estado a su dimensión administrativa.
Esta visión es una trampa dado que en la realidad, bajo la apariencia
técnica de los programas de reformas destinados a mejorar la calidad de la
administración y de las instituciones, de lo que se trata es de la reforma
de un conjunto de espacios de regulación, en el marco de lo que se denominó
las reformas estructurales y la modernización. Estas comprenden: la
desregulación del mercado y la apertura externa de la economía. La reforma y
privatización de los servicios públicos, de los sistemas financieros, de la
seguridad social y de la política social, la reforma laboral y del código
del trabajo.
Es claro que el estado es mucho más que la formas de
funcionamiento de la burocracia, ejerce funciones esenciales que están
articuladas con la regulación y con la validación del interés público. Estas
están encarnadas en mandatos institucionales, en la existencia de
instituciones y recursos para desempeñarlos, que se articulan con los
recursos e intereses que una sociedad está dispuesta a invertir para
configurar un cierto tipo de desarrollo.
Así el estado debe organizar su capacidad logística a través
de la administración, pero las instituciones son además el filtro entre los
individuos y el stock de capital y la producción de bienes y servicios y la
distribución de la renta, es decir poseen funciones reguladoras.
Por otro lado, expresan las normas, valores y estímulos
dominantes y por último, expresan una construcción política y social en la
medida que representan intereses de grupos dominantes o arreglos y
negociaciones entre diferentes grupos.
La posibilidad de recomponer un estado con capacidad de
regulación supone salir de la separación arbitraria entre administración
pública y las otras dimensiones del estado.
Para salir de está lógica se vislumbra la necesidad de
modificar la dinámica de la reforma del estado articulándola con sectores
estratégicos para el desarrollo endógeno. Esto implica recomponer
infraestructuras institucionales, de servicios y productivas internas, que
por una parte recompongan el tejido social y económico interno y por otras
permitan anclar nacionalmente la política.
La recomposición o desarrollo de estas infraestructuras
implica competencias recursos y tareas para el estado que deberían enmarcar
las necesidades de funcionamiento de la administración pública y no al
revés. Esto varía según los países, pero lo que la experiencia demuestra es
que hay algunos sectores claves que pesan en todos los casos y en los que se
debe actuar con premura.
Privatizaciones vs bienes públicos
Un de los énfasis más fuertes de los programas de reforma ha
estado en la privatización y desregulación de servicios y empresa públicas.
En muchos casos los "mercados emergentes" no eran más que las oportunidades
de adquisición de activos públicos y la sustitución de los servicios
públicos por servicios privados.
El proceso privatizador fue sin duda un aspecto importante
tanto de la reforma económica como de la reforma del estado en las dos
décadas pasadas. Había una relación que se suponía virtuosa entre ambos. Por
una parte desembarazarse de empresa y servicios estatales suponía reducir el
estado, mejorar las finanzas públicas y la eficacia y eficiencia de los
servicios. Por otro lado se suponía que esto mejoraría la competitividad y
la productividad de sectores enteros en la economía, más que empresas en
particular, al contar con infraestructuras de servicios más eficientes. Y se
suponía que esto aumentaría las transferencias tecnológicas y la inversión
productiva.
A esto se sumaría una relación virtuosa entre la
privatización de pensiones y la relación entre ahorro interno e inversión.
El balance de las privatizaciones es bastante desigual
dado el avance asincrónico de los países sin embargo, con contadas
excepciones, se observan características que se generalizaron.
La captura de los servicios públicos por grupos privados
nacionales e internacionales en posición de monopolio que se beneficiaron
de un mercado cautivo, de alzas de tarifas y de rentabilidad por encima de
las internacionales que significaron una neta transferencia de riqueza.
Una tensión entre cobertura y calidad e inversión y
tarifas detrimento del usuario y de los sectores de bajos ingresos, pobres
y marginales.
Los contratos de privatización implicaron capitalización
de las empresas y saneamiento de cartera que significaron deuda pública,
asumidos por todos los ciudadanos.
Subsidios directos e indirectos para favorecer supuestas
inversiones financiadas, con ingresos fiscales que se sostienen en la
mayoría de países sobre impuestos indirectos, es decir una transferencia
de la mayoría de la población hacia las privatizadas.
Baja capacidad de regulación y exigencia estatal, en
colusión con intereses privados lo que contribuyó a leyes y contratos
extremadamente favorables a grupos privados.
Tampoco se verificó el aporte de las privatizadas a la
competitividad global de sectores económicos, particularmente de las
pequeñas y medianas empresas.
El viraje de la opinión de consumidores y ciudadanos luego
de la ola privatizadora, en dirección de poner limites a la privatización
y regular eficazmente los servicios privados, pero de interés publico ha
cuestionado el papel del estado en este campo y la responsabilidad de los
gobiernos.
La necesaria regulación estatal de los servicios públicos
y en algunos casos la conservación de propiedad estatal de ellos, es ahora
un verdadero y concreto problema de gobernabilidad.
La regulación del sector financiero
Luego de las sucesivas crisis financieras
15 es aceptada la
necesidad de una mejor regulación del sector y medidas prudenciales de
control, que limiten la toma de riesgos especulativos y la falta de
transparencia por parte de la banca privada. Sin embargo esto está bastante
lejos del problema de fondo, aunque nadie niegue la necesidad de disponer de
un conjunto de normas eficaces. La liberalización del sector financiero
junto con la penetración indiscriminada del capital extranjero ha sido un
instrumento perverso de concentración económica, de perdida de control sobre
el ahorro interno y de descapitalización de las economías mediante el
aumento de las tasas de interés, el racionamiento del crédito y la
desaparición de bancos de fomento.
El doble efecto de la liberalización financiera y la
desaparición de políticas de desarrollo endógeno o que al menos consideraran
criterios de impacto en el empleo o en el incremento de las capacidades
productivas, significaron una muy débil exigencia de anclaje en la economía
real del sector financiero y por lo tanto un muy pobre impacto del capital
extranjero.
El 80 por ciento del capital extranjero en los 90 en
Argentina, Chile, Venezuela, Perú Colombia se fue en bonos y acciones.
Apenas el 50 por ciento de los préstamos bancarios se convirtieron en
inversión productiva, mientras que los prestamos de ajuste se incrementaron
al 39 por ciento del flujo multilateral, sin mencionar las operaciones de
rescate y de reestructuración financiera equivalentes a un 17% del PIB en
Venezuela 1994-1995, 15 % en México 1994-1995, 55% en Argentina 1980-1982.
Con esto la FBCF en relación al PIB era inferior al final de
los 90 a la de 1989, con lo que prácticamente la base productiva de A.L.
permaneció estancada. Más aún, pese al incremento de la deuda y las
transferencias al exterior y la competición desenfrenada de países por
atraer el capital externo, la realidad es que la inversión bruta en relación
al Pib seguía estando sostenida por el ahorro nacional.
|
Origen inversión bruta en relación al PIB en América Latina |
|
|
1994 |
1997 |
2002 |
|
Ahorro nacional |
18.0 |
19 |
18 |
|
Ahorro externo |
3.2 |
4 |
2 |
Las bases del mercado interno
La desregulación y la apertura comercial han impacto
duramente en el mercado interno, algunos analistas han llegado a sostener
que en países como Bolivia el mercado interno es ahora casi inexistente.
La informalización de las economías y la pérdida creciente
de la capacidad de articular producción, empleo, ingresos y consumo sobre la
base de actividades endógenas; configura efectivamente un panorama de
desarticulación estructural de países, zonas y regiones con graves
consecuencias sobre la integración social, la seguridad humana y la
gobernabilidad.
La contrapartida de la desregulación ha sido la destrucción
del tejido social y económico de los países o la profundización de la
informalidad.
La idea de especialización a ultranza en condiciones de
apertura indiscriminada dejó sin sustento a la idea de mercado interno, pero
así como es absurdo que un país viva aislado en autarquía, es absurdo que
toda su población se estructure económica y socialmente en base al principio
de especialización internacional y que la economía dependa exclusivamente de
la exportación. El desarrollo por el comercio libre es una falacia
concientemente organizada.
La estructura del mercado interno es en cualquier país no
sólo la base de integración social y económica, sino que también la
posibilidad de anclar la política y contar con las condiciones de su propia
evolución.
Las economías locales y regionales, las pequeñas y medianas
empresas así como el sector informal constituyen lo esencial del mercado
interno. Las grandes empresas nacionales y transnacionales aunque tienen un
peso económico considerable, no pesan tanto desde el punto de vista del
empleo y de las economías locales, donde generan enclaves no integrados. Y
más grave aún por su concentración en el sector servicios son netamente
importadoras y profundizan el déficit comercial.
El marco generado por las reformas es particularmente
adverso. Mientras los proyectos del BID hacían prestamos para usar las
microempresas como amortiguadores del ajuste, 500.000 pymes quebraban en
Argentina destruyendo la columna vertebral del empleo16 y el consumo
interno. Indiferentes a esto los gobiernos legislan y facilitan
exclusivamente a favor de los grandes grupos nacionales y transnacionales.
Por ello los sectores esenciales para la supervivencia de las grandes
mayorías como el agro, la economía informal y las pequeñas y medianas
empresas quedan excluidos y golpeados por las reformas liberales.
"En el año 1994 en Chile habían del orden de 1.244.000
empresas de las cuales sólo 532.000 eran formales (42.7%), esto es que
estaban registradas en el Servicio de Impuestos Internos. En el año 2000 el
total de empresas alcanzaba a 1.303.000 siendo que las formales eran 646.500
(49.6%) De las 646.500 empresas formales existentes al año 2000, el 82.5%
eran micro empresas, el 14.51% pequeñas, lo que hace para las MYPEs formales
un total de 97 % de las empresas formales del país, quedando un 2% para las
medianas y un 0.9% para las grandes.
Ahora bien, consideremos cual es la participación de las
empresas en las ventas registradas en el año 2000. Las micro empresas
participaron con un 3.7%, las pequeñas con un 10.2%, las medianas con un
9.5% y las grandes con un 76.7%. Si sumamos las MYPEs veremos que sólo
llegan al 13.9% del total de las ventas efectuadas ese año.
Otra característica importante, es la que se configura a
partir de la participación de las empresas en la generación de empleos en el
año 2.000. Datos tomados de la Encuesta de Hogares CASEN de ese año, nos
muestran que si sumamos los empleos de las micro y pequeñas empresas con los
trabajadores por cuenta propia (en su inmensa mayoría micro empresarios)
llegamos a un 54.53% de la PEA. Si sólo consideramos los empleos que se
generan en las empresas, este porcentaje se eleva a un 70.33%."17
En Argentina apenas el 7 % del crédito va a las pymes y el
90% de ellas están articuladas con el mercado interno.
La selectividad de la apertura y los tratados de libre
comercio
En los últimos dos años las negociaciones en torno al
tratado de libre comercio de las Américas se han acelerado, particularmente
en Centroamérica. Sin embargo recientemente se ha desacelerado en América
del sur, salvo Chile que estaba en una dinámica de tratados bilaterales.
La presión ejercida por los Estados Unidos ha sido fuerte y
constante y aunque el ALCA no está suspendido, los reparos sobre su impacto
se han legitimado y en parte se han fortalecido por el nuevo posicionamiento
de Brasil, Argentina, Venezuela.
Sin embargo la cuestión central es la selectividad de la
apertura tanto desde el punto de vista de su impacto en el mercado interno
como de la legislación que conlleva el ALCA y que impide a los gobiernos y a
los niveles de gobierno local y regional ejercer un rol regulatorio en
particular sobre criterios de selectividad de la inversión externa desde el
punto de vista de su impacto ambiental, laboral, etc.
El articulo 11 del ALCA es en este sentido la norma por
excelencia que despoja a los estados de sus funciones regulatorias y
establece la protección del capital transnacional. México y Canadá ya han
hecho la amarga experiencia en el marco del Nafta.