Las cumbres y la sociedad civil
Para
comenzar, es conveniente hacer un análisis de la inclusión de la sociedad
civil en los planes de acción de las tres cumbres y de la estrecha relación
de esta evolución con la magnitud de la participación de la sociedad civil
en el proceso de las cumbres. Este proceso se inició en Miami en 1994. Como
resultado de esta reunión, así como de las cumbres de Santiago en 1998 y de
Ciudad de Québec en 2001, la influencia de estos encuentros de alto nivel en
la región ha sido clave y ha afectado los procesos de formulación de
políticas, a la vez que ha facilitado hallar soluciones diplomáticas
concertadas a problemas hemisféricos de urgencia. El contenido y el proceso
de las cumbres también han influido de manera sustancial al desarrollo de la
relación entre la sociedad civil, los gobiernos nacionales y los organismos
multilaterales de la región. Esto se ha visto reflejado en una serie de
acuerdos internacionales firmados en la década de los 90 que formalizaron el
reconocimiento de la sociedad civil por parte de los gobiernos así como el
compromiso de estos a incrementar la participación ciudadana.
Paradójicamente, durante mucho tiempo no existieron en el
seno de las cumbres mecanismos formales que permitieran la participación
oficial de la sociedad civil en las actividades de las mismas. El nivel y la
amplitud del acceso de las organizaciones a los círculos de toma de
decisiones, o la medida en que han influido la agenda de los encuentros, han
estado siempre sujetos a la discreción de los
gobiernos nacionales y de los anfitriones de la cumbre. Como tal, el ritmo
de avance y de inclusión de opiniones diversas ha sido, hasta la fecha,
irregular. En la Primera Cumbre de las Américas de 1994, el tema de la
inclusión de la sociedad civil se añadió a la agenda y un limitado grupo de
OSC participó en los preparativos y debates de la cumbre. Los organizadores
estadounidenses crearon el Grupo de Trabajo de la Sociedad Civil para ayudar
en la elaboración de los aspectos del Plan de Acción concernientes a la
participación de la sociedad civil. Asimismo, el Departamento de Estado del
gobierno de Estados Unidos y otras agencias hicieron un aporte financiero
modesto pero indispensable para asegurar que la iniciativa progresara. El
gobierno norteamericano también instó a otros países participantes a que
llevaran a cabo consultas con OSC nacionales, lo cual generó reacciones
diversas. El Plan de Acción acordado en el encuentro de Miami reflejó las
contribuciones de la sociedad civil y centró su atención en la creación de
marcos jurídicos y reglamentarios más avanzados que facilitaran el desempeño
de las OSC y les permitieran tener acceso más eficaz al financiamiento
disponible.
Algunos consideran que la siguiente cumbre, celebrada en
Santiago en 1998, fue un revés para la sociedad civil en comparación con la
de Miami. 1 Esta conclusión haya fundamento en el restringido
acceso de la sociedad civil a los encuentros oficiales de la cumbre, así
como en las escasas consultas previas durante la preparación de la agenda
del evento. El contenido del Plan de Acción de Santiago relacionado con la
sociedad civil nuevamente centró su atención en el establecimiento de
estructuras institucionales funcionales que permitieran la creación de
organizaciones de la sociedad civil responsables capaces de participar en el
debate público de manera eficaz. Además de la escasa participación oficial
de las OSC en la Cumbre de Santiago, más de 2000 OSC de toda la región que
habían declinado participar de las actividades oficiales de la cumbre,
organizaron y asistieron a la Cumbre "Alternativa" de los Pueblos de las
Américas.
El gobierno canadiense, uno de los defensores más fuertes de
la inclusión de la sociedad civil, expresó este respaldo de manera concreta
al auspiciar la Tercera Cumbre, celebrada en la Ciudad de Québec en abril de
2001. Durante los preparativos para la cumbre, las OSC que tuvieran interés
tuvieron oportunidad de contribuir oficialmente a la agenda tanto en Canadá,
la región, como en la OEA. 2 En el período previo a la cumbre
se tomaron las primeras medidas para formalizar la inclusión de la sociedad
civil en las actividades oficiales de las cumbres en el marco de la OEA. En
febrero de 2000 la Comisión de Gestión de Cumbres Interamericanas de la OEA,
encargada del seguimiento de las actividades de las cumbres, por primera vez
abrió sus puertas a delegados de la sociedad civil (Lortie y Bedard, p.4).
En dicho encuentro se acordó que el Presidente de la Comisión transmitiría
las sugerencias de la sociedad civil a los representantes nacionales de los
gobiernos en el Grupo de Revisión e Implementación de Cumbres (GRIC) -- el
órgano a cargo del seguimiento y preparación de los planes de acción de las
cumbres. Este se ha convertido en el principal mecanismo de consulta de la
sociedad civil en las cumbres, y durante el seguimiento de las mismas en el
seno de la OEA. En 2000, veintiuna organizaciones asistieron a la reunión de
la Comisión, dieciocho participaron en 2001 y 2002, mientras que
aproximadamente veinticinco tomaron parte en la reunión de 2003 (OEA 2003a,
p.11). Determinados grupos de la sociedad civil que aceptaron participar
fueron incluidos en las actividades oficiales "dentro del cercado" durante
la Cumbre de la Ciudad de Québec. 3
Aquellas organizaciones que
no participaron de los eventos oficiales de la cumbre, ya fuera porque se
rehusaron o por otras razones, celebraron "paralelamente" la Segunda Cumbre
de los Pueblos de las Américas, al margen de los encuentros oficiales, y
proporcionaron una perspectiva crítica de la agenda de integración
hemisférica. Este encuentro paralelo también recibió apoyo financiero del
gobierno canadiense.
El resultante Plan de Acción de la Ciudad de Québec reflejó
la voluntad de dar inclusión a la sociedad civil y, en términos de los
compromisos asumidos por los gobiernos, significó un paso de avance en
comparación con los dos planes de acción que le precedieron. El documento no
sólo ponía énfasis en los marcos reglamentarios necesarios para el éxito de
la participación de la sociedad civil, sino que además subrayaba los
derechos inherentes a dicha inclusión así como sus ventajas y utilidad en
los procesos de toma de decisiones. El Plan destaca la relevancia de las
opiniones, el apoyo y la competencia de la sociedad civil, que contribuyen
en gran medida al funcionamiento de los procesos nacionales y hemisféricos,
en particular, a la formación y consolidación de sistemas democráticos
sólidos y eficaces. Por primera vez el Plan de Acción de una cumbre de las
Américas reconoce también la necesidad y el derecho de las OSC a la
participación tanto a nivel nacional como en el sistema interamericano. En
este espíritu, el Plan de Acción de la Ciudad de Québec compromete a los
líderes nacionales, los organismos regionales y las instituciones
financieras a fortalecer las capacidades de estas organizaciones, en
particular para:
|
Elaborar estrategias, a nivel nacional, y a través
de la OEA, otras organizaciones multilaterales y bancos de desarrollo
multilaterales, con el fin de incrementar su participación en el sistema
interamericano, y en el desarrollo político, económico y social de
sus comunidades y países, fomentando la representatividad y facilitando
la participación de todos los sectores de la sociedad (énfasis del
autor); |
Este trabajo analiza las implicaciones de este texto para
las organizaciones multilaterales de la región. Por nuestra parte, no
enfocaremos particularmente en la OEA y examinaremos la medida en que este
organismo ha asumido y desempeñado los roles y responsabilidades que le
asignó el Plan de Acción. Hemos seleccionado las actividades de la OEA como
temática central de este informe, debido en parte al papel central que tiene
esta organización en apoyar y facilitar las cumbres. La OEA ha ejercido
influencia sobre el tono y el contenido de los planes de acción, dando
inicio a importantes debates acerca de la responsabilidad y relevancia de la
sociedad civil en el hemisferio, tanto a nivel nacional como multilateral.
La OEA también ha sido la principal sede administrativa e institucional para
el proceso de las cumbres, el GRIC, y el Secretariado de la Cumbre de las
Américas; y ha actuado como depositario de la historia de las cumbres, así
como organismo a cargo del seguimiento del avance de las iniciativas de las
acordadas en estos encuentros.
Dadas sus responsabilidades, la OEA debe apoyar el proceso
de las cumbres y coadyuvar a facilitar la implementación de iniciativas.
Para mantenerse a la cabeza del proceso de cumbres hemisférico, es esencial
que la OEA respalde con hechos sus palabras, no sólo con relación al
respaldo institucional que brinda, sino además mediante la implementación y
cumplimiento de los compromisos incluidos en los planes de acción. Como
organización que periódicamente reúne a 34 de los gobiernos de la región
para debatir temas vigentes de interés común, la OEA debe dar el ejemplo y
mantener una progresión en la política y la práctica, planteando a sus
países miembros el reto de desarrollar y aceptar nuevas ideas.
El contexto histórico de las relaciones
OEA- sociedad civil
El final de los años 80 y la década de los 90 constituyeron
un período de reflexión y renovación para la OEA, que coincidió con
transformaciones en el seno de las estructuras políticas y económicas de la
región, incluida la sociedad civil. Durante este lapso se instó a muchos
gobiernos nacionales a incorporar los principios de participación y consulta
en sus procesos y estructuras institucionales. Este énfasis sobre la
inclusión fue en parte consecuencia del proceso de democratización que se
extendía por toda la región y del evidente fracaso de las políticas de
ajuste económico de la década de 1980. Aquellos que planteaban la necesidad
de cambios comprendieron que las reformas económicas e institucionales
debían ir a la par, y subrayaron que se requería buena gobernabilidad y
mejoras en el ejercicio de la democracia. Este amplio cambio de perspectiva
se expresó mediante la formulación de políticas centradas en la
participación y la necesidad de un diálogo más amplio entre los gobiernos
nacionales y sus ciudadanos. No obstante, datos empíricos y anecdóticos
indican que estas recomendaciones de política no fueron implementadas en
igual medida a través de la región.
En el contexto de la globalización y del fin de la Guerra
Fría, las organizaciones internacionales y regionales comenzaban a asumir
nuevas responsabilidades. Con más frecuencia, en foros supranacionales se
tomaban decisiones que afectaban la vida de países enteros, pues la
necesidad y fundamento de su intervención se hacían cada vez más evidentes:
crisis financieras que, si no se tomaban medidas para su control, amenazaban
con extenderse a otros países; problemas ambientales que afectaban a
naciones vecinas adquirían un carácter más urgente; y los acuerdos de
comercio y los planes de integración regional generaban un incremento de la
actividad internacional e intergubernamental (Woods, p.41). A medida de que
un número cada vez mayor de problemáticas era abordado multilateralmente, en
las organizaciones internacionales y multilaterales se debatía la necesidad
de incorporar procesos y prácticas participativas en su seno, a menudo bajo
presión de grupos que cabildeaban por una mayor representatividad en los
foros donde se tomaban esas decisiones.
Fue durante este período que la OEA vivió una etapa de
revitalización y reestructuración con el propósito de renovar su capacidad
tras un período de relativa decadencia, y para refutar la creciente
reputación de anticuada e ineficaz que adquirió en los años 80. La
organización procuraba recuperar legitimidad y su prestigio ante los
ciudadanos de la región, así como entre sus estados miembros. En parte, se
aspiraba a alcanzar estos objetivos mediante una imagen de eficiencia,
transparencia y responsabilidad. La incorporación de la sociedad civil en
sus planes, o al menos, la adopción de la retórica de la inclusión de la
sociedad civil, coadyuvó al logro de estas metas pues el apoyo a dicha causa
dio a la OEA una imagen mayor receptividad, a la vez que redujo las críticas
y ganó aceptación para algunas de sus políticas de menor popularidad (Shamsie,
p.7). Otro elemento a considerar es la presión ejercida sobre la
organización por Canadá, su miembro más reciente, y otros países que
reconocían la utilidad y necesidad de la participación de la sociedad civil.
La inclusión de la sociedad civil en la
OEA 4
A pesar de estas motivaciones, el camino que condujo a la
inclusión de la sociedad civil en la OEA no ha sido siempre llano. Los
mecanismos actuales que rigen la participación ciudadana en el seno de la
organización son resultado de nueve largos años de negociaciones y continuas
presiones, y los cambios han sido lentos. Hasta 1999, no existían mecanismos
que otorgaran estatus oficial a las organizaciones de la sociedad civil, o
que les permitieran acceso formal y estable a la OEA y a sus órganos de toma
de decisiones. Las diferentes organizaciones se veían obligadas a colaborar
con distintos órganos y unidades de la OEA de manera según la necesidad, a
menudo en la ejecución de programas y servicios de la OEA. En la Carta de la
OEA existían disposiciones que otorgaban a las organizaciones de la sociedad
civil autorización para asistir a reuniones de importancia, a las asambleas
generales anuales, así como a conferencias especializadas de la OEA, pero
dicha autorización sólo se concedía en dependencia del evento y la
organización de que se tratara, sin garantías de participación estable para
la sociedad civil.
En 1994, a sugerencia de Canadá, se incluyó la problemática
de la relación de la OEA con las organizaciones de la sociedad civil en la
agenda del Consejo Permanente para su posterior análisis. Esto puso en
marcha una serie de estudios y debates, así como un proceso de revisión de
políticas y procedimientos que continúa en la actualidad. Como resultado se
creó el Grupo de Trabajo para el Estudio de la Posibilidad de Otorgamiento
de Estatus a Organizaciones No-Gubernamentales en la OEA con la misión de
examinar la naturaleza de la participación de las OSC en las actividades de
la OEA, y determinar si existía la necesidad de modificar o mejorar esta
relación. Tras dos años y medio, en mayo de 1997, el informe del grupo de
trabajo concluyó que el estatus de las OSC en la OEA era de hecho
satisfactorio y no requería enmienda. No obstante, el grupo de trabajo
recomendó que el Secretariado General continuara el análisis del asunto y le
encomendó, entre otras cosas, la preparación de "un anteproyecto de
directrices prácticas que garantice la estabilidad y el mejoramiento de las
relaciones entre la OEA … y las ONGs," incluida una definición de los
requisitos de participación (OEA 1997).
Las recomendaciones del informe del Grupo de Trabajo
contenían la génesis de los mecanismos actuales de la OEA concernientes a la
sociedad civil, los cuales siguen en evolución. El ritmo y forma de
implementación de estas recomendaciones ha sido lento y desigual, debido a
la diferencia de opiniones que los gobiernos de países miembros con poder de
voto poseen respecto a la utilidad de la inclusión de la sociedad civil; a
sus interpretaciones de los conceptos de representatividad, participación y
poder; y a las dificultades que implica el logro de consenso acerca de estas
problemáticas. No fue sino hasta la Asamblea General de 1999 que se lograron
avances sustanciales con relación a estas recomendaciones y al tema de la
sociedad civil, lo cual marcó un hito en las relaciones OEA-OSC. Durante el
lapso transcurrido entre el informe de 1997 y la Asamblea General de 1999 la
problemática de la inclusión de la sociedad civil se mantuvo a flote gracias
a un grupo informal de países miembros. 5 Esta coalición redactó
el texto de la Resolución 1661 de la Asamblea General de 1999, preparó el
terreno y creó el consenso para su aprobación final y la implementación de
sus mandatos (Shamsie, p.11).
Directrices para la Sociedad Civil -- Un Paso de Avance
La Resolución 1661, ratificada por la Asamblea General
en 1999, contenía dos recomendaciones clave que forman la base de los
mecanismos disponibles en la actualidad para la inclusión de la sociedad
civil. Estas recomendaciones encargaban al Consejo Permanente la creación de
una Comisión sobre la Participación de la Sociedad Civil en las Actividades
de la OEA, así como la aprobación de un conjunto de directrices para regular
dicha participación. Las Directrices para la Participación de
Organizaciones de la Sociedad Civil en las Actividades de la OEA (en lo
adelante, Directrices) fueron redactadas y posteriormente aprobadas
mediante resolución del Consejo Permanente en diciembre de 1999.
Desde un punto de vista simbólico y diplomático, las
Directrices representan un importante éxito en las relaciones de la OEA
y la sociedad civil, pues indican un cambio institucional y el
reconocimiento por parte de los estados miembros de la necesidad de
modernizar la relación de la OEA con los ciudadanos del hemisferio. En la
práctica, las Directrices delimitan el alcance de la participación de
las OSC en las actividades de la OEA, proporcionando parámetros definidos
para dicha participación. Asimismo, otorgan a las OSC acreditadas el derecho
a participar en reuniones de los órganos políticos de la OEA, incluidos el
Consejo Permanente y sus subcomisiones y grupos de trabajo, el Consejo
Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI), y en conferencias de la
OEA.6 6 Las Directrices constituyen el principal mecanismo
mediante el cual la sociedad civil puede participar en actividades de la
organización y, sin duda, han mejorado las posibilidades de la sociedad
civil en el seno de la OEA.
Las Directrices introducen además la política de
acreditación, que define los requisitos que deben cumplir las OSC para
disfrutar de reconocimiento formal ante la OEA. Según esta nueva política,
las OSC que cumplan estos requisitos (representatividad, mecanismos de
rendición de cuentas, prácticas financieras transparentes, etc.) adquieren
un estatus especial y derechos dentro de la organización. La acreditación es
importante en primer lugar ya que, a diferencia del arreglo anterior entre
la OEA y la sociedad civil mediante el cual la participación de estas en las
Asambleas Generales y su cooperación en proyectos técnicos se decidía
casuísticamente, el estatus de acreditado impone responsabilidades a la OEA
para con la sociedad civil, obligando a la organización a proveer a las OSC
información actualizada y un foro para la expresión de sus puntos de vista,
entre otras cosas. El espacio estructurado para el debate entre las OSC y la
OEA que estas reglas brindan es constante, oficial y previsible, y el acceso
al mismo no requiere invitación o solicitud de autorización previa por parte
de la sociedad civil. Las OSC acreditadas también disfrutan de un
reconocimiento y una imagen de legitimidad que confirman su derecho a
contribuir a los procesos deliberativos y de toma de decisiones en el seno
de la organización.
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La Comisión para la Participación de la Sociedad
Civil en las Actividades de la OEA: ¿Una Respuesta Concertada?
Además de establecer las Directrices, la
Resolución 1661 de la Asamblea General dispuso que se creara la
Comisión para la Participación de la Sociedad Civil en las Actividades
de la OEA bajo el mandato del Consejo Permanente. Aunque la creación
de la Comisión se anunció formalmente en 1999, la demora en el inicio
de su trabajo fue decepcionante pues no fue sino hasta agosto de 2001
que la Comisión fue organizada en la práctica y se designó su
Presidente. En julio de 2002 la Comisión se fusionó con la Comisión
Especial sobre Gestión de Cumbres Interamericanas, que había sido
presidida por Canadá y constituía la principal vía de participación de
las OSC en el proceso de las cumbres. El nuevo órgano, denominado
Comisión de Gestión de Cumbres Interamericanas y Participación de la
Sociedad Civil en las Actividades de la OEA (CISC), está a cargo de la
coordinación de las actividades que las cumbres de las Américas
asignan a la OEA, así como de la participación de la sociedad civil en
las actividades de la OEA.
Esta Comisión provee el espacio oficial principal para
un diálogo estable, aunque esporádico, entre la OEA y las OSC. La
misma desempeña un papel importante en el mantenimiento del vínculo
entre la OEA y las OSC ya que facilita que se conozcan las opiniones
de la sociedad civil en el Consejo Permanente, cuyo Presidente está
encargado de transmitir las observaciones y recomendaciones de las
OSC. La Comisión está a cargo también de la implementación y revisión
periódica de las Directrices, y ha sido el principal órgano
encargado de corregir las imperfecciones de las mismas y asegurar que
cumplan su cometido de la manera más eficiente. Asimismo, labora para
obtener apoyo y cooperación para el cumplimiento de su función dentro
de la OEA. La Comisión ha desempeñado un papel decisivo en el avance
de la agenda de la sociedad civil al trabajar en la implementación de
las Directrices originales, a la vez que continúa tratando de
superar las limitaciones de las mismas para profundizar y fortalecer
el rol de la sociedad civil.
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Notas