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Parte 3/3
Deportaciones y Seguridad
El
fenómeno de la migración ha generado en nuestros días un nuevo contexto de
seguridad internacional para las Américas. Una de las cuestiones de mayor
importancia para el Caribe es la deportación de criminales desde EE.UU. La
adopción de medidas contra el crimen y el terrorismo en los años de 1990 es
parte una política de deportación más decidida encaminada a reducir el
delito y los gastos asociados al encarcelamiento de los inculpados. Gran
parte de los delincuentes expulsados de EE.UU. han sido deportados hacia
México, América Central y el Caribe. En 1999 y 2000, 21.000 (o dos tercios)
de los criminales violentos entre los inmigrantes ilegales expulsados fueron
mexicanos. En el caso del Caribe, un total de 34.411 personas, un 71% de los
cuales habían cometido algún delito, fueron deportados de EE.UU. entre 1993
y 1999. La mayor parte de los deportados provenían de República Dominicana,
Haití y Jamaica (Griffin 2002: 73). En 1999, Canadá deportó aproximadamente
a 1.100 personas bajo cargos criminales, la mayoría hacia el Caribe.
Los gobiernos caribeños culpan a estas políticas de EE.UU. y
Canadá como las principales causas de una mayor incidencia de crímenes
violentos. Con frecuencia se señala que los deportados traen consigo nuevas
habilidades y redes transnacionales que propician el tráfico de drogas, el
lavado de dinero, secuestros y contrabando de inmigrantes. Los gobiernos
caribeños se quejan también de que la repatriación de los criminales se
realiza sin una notificación apropiada y sin identificación de los
deportados así como de la falta de mecanismos de apoyo para reinsertarlos en
la sociedad. Igualmente indican que los deportados han vivido en EE.UU. o
Canadá durante tanto tiempo que ya no cuentan con familiares ni vínculos
sociales en los países a los que son repatriados. No obstante, Griffin
señala que la información obtenida sobre la incidencia de criminalidad en
Belice, Barbados y Trinidad y Tobago no es concluyente para determinar que
en efecto exista una correlación entre la deportación de criminales y el
aumento de la criminalidad en estos países. Sin embargo, advierte que "esto
no quiere decir que no existe una relación importante"(2002:73-74).
VIH-SIDA y Seguridad 2
Estados Unidos fue el primer país en catalogar el VIHSIDA
como una amenaza a la seguridad. Esto quedó evidenciado en un documento
emitido por el Consejo Nacional de Inteligencia de EE.UU. titulado "The
Global Infectious Disease Threat and its Implications for The United States"
(National Intelligence Council, 2000). En ese trabajo se clasifica al VIH
como una amenaza "no tradicional" a la seguridad de EE.UU. Entre los
factores que se mencionan como las vías de infección masiva de los
ciudadanos estadounidenses se encuentran la inmigración, los viajes
internacionales y el regreso a EE.UU. de sus efectivos militares.
La incidencia del VIH-SIDA entre la población adulta en el
Caribe ocupa el segundo lugar en el mundo, detrás del África Subsahariana y
se aprecia un vínculo muy definido entre la incidencia del virus y los
movimientos de personas como la migración y los viajes. Los primeros casos
de infección reportados en Haití, Jamaica y Trinidad y Tobago fueron
homosexuales hombres que habían tenido contacto sexual con hombres
norteamericanos ya en Norteamérica ya en el Caribe. Esta observación se
refuerza por el hecho de que la distribución molecular del VIH muestra que
la misma cepa (subtipo o clade B) circula tanto en Norteamérica como en el
Caribe (Camara, 2002). Por lo tanto, ambas regiones comparten las mismas
causas de la enfermedad ya que esta fue la vía de transmisión inicial.
En las naciones de más altos ingresos la epidemia se
manifiesta cada vez más en los sectores poblacionales marginalizados, como
los pobres de las ciudades, inmigrantes y grupos que se trasladan
frecuentemente. En el Reino Unido y Europa se ha sabido que "una gran parte
de los infectados heterosexuales han sido personas que proceden, han vivido,
o visitado, zonas de alta incidencia del VIH." En Estados Unidos la epidemia
es "la primera causa de muerte de los afro-americanos hombres comprendidos
entre 25 y 44 años de edad; y es la tercera causa de fallecimientos de
hispanos hombres en igual edades"(ONUSIDA 2002:23-24).
En su mayoría, los emigrantes caribeños forman parte de los
sectores demográficos y marginalizados mencionados anteriormente. La
fragilidad de los inmigrantes caribeños se pone de relieve cuando observamos
que el 46% de los inmigrantes con diagnóstico de SIDA en la Ciudad de Nueva
York provienen del Caribe, al tiempo que el 27% son de América Latina y 17%
de Europa Oriental (Camara, 2002).
Los emigrantes forman un grupo especialmente vulnerable al
SIDA por su situación de aislamiento, empleo inestable, condiciones de vida,
desconfianza de los servicios gubernamentales y falta de acceso a los
servicios de atención de salud sexual y reproductiva (ONUSIDA y OIM, 2001).
Esta situación se agrava aún más para los indocumentados, quienes son más
propensos a ser víctimas de abusos por carecer de protección legal.
Conclusiones
Desde una perspectiva de desarrollo, lo que más resalta es
que las remesas parecen sólidas en comparación con las fuentes tradicionales
de capital foráneo que han sido los pilares de desarrollo en el Caribe
después de la Segunda Guerra Mundial. Los programas de Ayuda Internacional
para el Desarrollo han sufrido un "agotamiento" y descenso, sobre todo en el
nuevo contexto geopolítico de fin de la Guerra Fría. Asimismo, como
resultado de los cambios operados en los modelos tecnoeconómicos, las
inversiones directas externas en la región se han ido desviando. Las
inversiones que efectivamente llegan a la región están dirigidas en lo
fundamental a las industrias energéticas, exportaciones de escaso valor
agregado, o dirigidas al consumo interno y por lo tanto encuadradas como
importaciones. El financiamiento de la deuda se ha dirigido a su
consolidación en lugar de destinarse a inversiones sociales y productivas
nuevas. Debemos señalar también que las formas tradicionales de capital
extranjero contribuyen a la fuga neta de recursos a través de los pagos de
deuda, la repatriación de ganancias por parte de las compañías
transnacionales y debido a obligaciones liadas a los programas de
asistencia.
Como consecuencia de los ajustes estructurales y esquemas
económicos neoliberales, la mayoría de los países de América Latina y el
Caribe han experimentado un proceso anti-industrializador en las últimas dos
décadas y un declive en el valor agregado de sus exportaciones globales. Al
mismo tiempo que se han elevado dramáticamente el desempleo, la desigualdad,
la pobreza y el hambre, han disminuido los servicios sociales de salud y
educación, lo cual no se debe únicamente a la migración. Estas son las
causas que condujeron a la emigración masiva de la región a fines del siglo
XX.
¿Es posible que en este contexto los beneficios de la
migración como las remesas, las exportaciones dirigidas a las comunidades en
el exterior y la salida de población excedente puedan compensar la pérdida
de mano de obra activa (como la fuga de cerebros) y los nuevos riesgos de
salud y seguridad? ¿Es posible que la migración además de proveer un mayor
bienestar a algunos emigrantes, sus familias y comunidades, contribuya
también al desarrollo nacional y regional?
Para que esto pueda lograrse es necesario que las entidades
de cooperación no den por sentado que la mera inyección de capital externo
por sí sola es suficiente. Las remesas suelen ser muy escurridizas por lo
que no pueden suplir la incapacidad de los gobiernos para asegurar servicios
sociales adecuados. El desarrollo industrial y la expansión de las
exportaciones en el marco de la economía de diáspora son una necesidad
ineludible para reducir la dependencia externa de los países de partida,
especialmente cuando los sectores tradicionales están cada vez más
deprimidos.
Una de las estrategias que podrían adoptar regiones como la
caribeña es ampliar las facilidades de capacitación para hacer frente a las
necesidades crecientes de mano de obra tanto en el ámbito nacional como en
los países receptores. De ahí se desprende la siguiente pregunta: ¿Quién va
a aportar el financiamiento requerido para ello? Es poco probable que los
gobiernos caribeños vayan a asumir tales inversiones porque las ganancias
(por ejemplo, las remesas) no ingresan en las arcas del estado, excepto las
recaudaciones impositivas que se generan a partir de gastos locales. La
opción sería el establecimiento de acuerdos bilaterales o multilaterales que
incorporen algún tipo de inversión por parte de las naciones receptoras.
Otro elemento crucial sería que los gobiernos caribeños adopten una visión
regional para contrarrestar el problema del éxodo masivo y para otorgar
mayor influencia y capacidad negociadora a los emigrantes caribeños en
ciertas áreas.
Sin embargo, ¿cómo pueden las instituciones de cooperación
facilitar y dar mayor impulso a la economía de diáspora para propiciar
efectos multiplicadores, fomentar las inversiones y las exportaciones y
resolver la pérdida de recursos humanos valiosos? Lo primero que habría que
garantizar es la protección de los derechos de los emigrantes. Hasta la
fecha, los únicos países que han firmado la convención de la OIT al respecto
han sido países exportadores de mano de obra. (Nayyar 2002). Los migrantes
son víctimas de la explotación laboral, prácticas discriminatorias y
frecuentemente son usados como chivos expiatorios de una amplia gama de
males sociales como crímenes, propagación de enfermedades y altos niveles de
desempleo.
En resumen, la pregunta que habría que hacerse es si puede
la migración hacer para los países en desarrollo lo que hizo para los que
hoy son desarrollados. La expansión europea no sólo implicó dominación
política y extracción de recursos de las colonias, sino que representó una
vía de librarse de población excedente y una fuente de repatriación de
capital y mercado para sus exportaciones. Frecuentemente, en los debates
acerca del papel de las diásporas en el desarrollo, se obvia el aporte que
la emigración significó para el desarrollo europeo, aún cuando se conoce que
algunos países de Europa exportaron entre el 25% y el 40% de sus poblaciones
durante el siglo XIX (Castles&Miller2003;Nayyar2002).
Indiscutiblemente hay diferencias considerables entre las
emigraciones europeas del siglo XIX y las que se producen en el contexto
actual de las antiguas colonias. La diferencia más importante es la posición
social que ocupan los emigrantes actuales en sus países de destino. Mientras
que los europeos por lo general fueron el grupo dominante, la situación de
la mayoría de quienes migran hoy a los países desarrollados es completamente
diferente. La otra diferencia importante tiene que ver con el desarrollo que
experimentan las sociedades emisoras. Mientras que el capital repatriado
(los salarios de los trabajadores y ganancias a partir de inversiones
efectuadas en el exterior que sin dudas fueron cantidades relativamente
superiores) sirvió a Europa para financiar una revolución industrial en
curso, los envíos de remesas de hoy, aunque considerables en términos
absolutos pero pequeños en términos de las cantidades que llegan a las
familias beneficiadas, no pueden reemplazar la necesidad de inversiones en
los sectores de exportación ni en el desarrollo industrial.
Como hemos indicado, el crecimiento de la economía de
diáspora presenta retos y oportunidades considerables. Es necesario adoptar
un enfoque estratégico para ampliar las opciones de desarrollo de las
naciones exportadoras de mano de obra. Sin embargo, el problema fundamental
radica en que el crecimiento de la economía de diáspora no altera la
estructura fundamental ni el funcionamiento de las economías periféricas. En
este sentido, es probable que este fenómeno margine aún más a las regiones
como el Caribe.
Notas
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