Desde la antigua Grecia a hoy
El
uso pasivo de la energía solar se inició en un pasado muy lejano. En la
antigua Grecia Sócrates señaló que la casa ideal debería ser fresca en
verano y cálida en invierno, explicando que "en las casas orientadas al sur,
el sol penetra por el pórtico en invierno, mientras que en verano el arco
solar descrito se eleva sobre nuestras cabezas y por encima del tejado, de
manera que hay sombra". En la época de los romanos, la garantía de los
derechos al sol quedó incorporada en la ley romana, y así, el Código de
Justiniano, recogiendo códigos anteriores, señalaba que "si un objeto está
colocado en manera de ocultar el sol a un heliocaminus, debe afirmarse que
tal objeto crea sombra en un lugar donde la luz solar constituye una
absoluta necesidad. Esto es así en violación del derecho del heliocaminus al
sol".
Arquímedes, 212 años antes de Cristo, según la leyenda,
utilizó espejos incendiarios para destruir los barcos romanos que sitiaban
Siracusa. Roger Bacon, en el siglo trece, propuso al Papa Clemente IV el
empleo de espejos solares en las Cruzadas, pues "este espejo quemaría
ferozmente cualquier cosa sobre la que se enfocara. Debemos pensar que el
Anticristo utilizará estos espejos para incendiar ciudades, campos y armas".
En 1839, el científico francés Edmund Becquerel descubre el efecto
fotovoltaico y en 1954 la Bell Telephone desarrolla las primeras células
fotovoltaicas, aplicadas posteriormente por la NASA a los satélites
espaciales Vanguard y Skylab, entre otros.
La llamada arquitectura bioclimática, heredera del saber de
la arquitectura popular, es la adaptación de la edificación al clima local,
reduciendo considerablemente el gasto en calefacción y refrigeración,
respecto a la actual edificación. Es posible conseguir, con un consumo
mínimo, edificios confortables y con oscilaciones de temperatura muy
pequeñas a lo largo del año, aunque en el exterior las variaciones
climáticas sean muy acusadas. El diseño, la orientación, el espesor de los
muros, el tamaño de las ventanas, los materiales de construcción empleados y
el tipo de acristalamiento, son algunos de los elementos de la arquitectura
solar pasiva, heredera de la mejor tradición arquitectónica. Inversiones que
rara vez superan el cinco por ciento del coste de la edificación, permiten
ahorros energéticos de hasta un 80% del consumo, amortizándose rápidamente
el sobrecoste inicial.
El uso de la energía solar en la edificación presupone la
desaparición de una única tipología constructiva, utilizada hoy desde las
latitudes frías del norte de Europa hasta el Ecuador. Si la vivienda no se
construye adaptada al clima, calentarla o refrigerarla siempre será un grave
problema que costará grandes cantidades de energía y dinero.
El colector solar
El colector solar plano, utilizado desde principios de siglo
para calentar el agua hasta temperaturas de 80 grados centígrados, es la
aplicación más común de la energía térmica del sol. Países como Alemania,
Austria, Japón, Israel, Chipre o Grecia han instalado varios millones de
unidades.
Los elementos básicos de un colector solar plano son la
cubierta transparente de vidrio y una placa absorbente, por la que circula
el agua u otro fluido caloportador. Otros componentes del sistema son el
aislamiento, la caja protectora y un depósito acumulador. Cada metro
cuadrado de colector puede producir anualmente una cantidad de energía
equivalente a unos ochenta kilogramos de petróleo.
Las aplicaciones más extendidas son la generación de agua
caliente para hogares, piscinas, hospitales, hoteles y procesos
industriales, y la calefacción, empleos en los que se requiere calor a bajas
temperaturas y que pueden llegar a representar más de una décima parte del
consumo. A diferencia de las tecnologías convencionales para calentar el
agua, las inversiones iniciales son elevadas y requieren un periodo de
amortización comprendido entre 5 y 7 años, si bien, como es fácil deducir,
el combustible es gratuito y los gastos de mantenimiento son bajos.
Más sofisticados que los colectores planos son los
colectores de vacío y los colectores de concentración, más caros, pero
capaces de lograr temperaturas más elevadas, lo que permite cubrir amplios
segmentos de la demanda industrial e incluso producir electricidad. Los
colectores solares de concentración lineal son espejos cilindroparabólicos,
que disponen de un conducto en la línea focal por el que circula el fluido
caloportador, capaz de alcanzar los 400 grados centígrados. Con tales
temperaturas se puede producir electricidad y calor para procesos
industriales. En Estados Unidos operan más de cien mil metros cuadrados de
concentradores lineales, y la empresa "Luz Internacional" instaló en
California seis centrales para producir electricidad, con una potencia de
354 MW eléctricos (1 MW = 1.000 kW), y unos rendimientos satisfactorios. El
coste del KWh asciende a 15 céntimos de dólar, todavía superior al
convencional, pero interesante en numerosas zonas alejadas de la red de
distribución que tengan buena insolación. Las perspectivas son halagüeñas, a
pesar de algunos fracasos, como probó la quiebra de Luz en 1991 y su
posterior venta, y hoy hay varios proyectos en marcha en España e India,
entre otros países. El plan del gobierno prevé producir 180 ktep en el año
2010 de solar termoeléctrica, con una potencia instalada de sólo 200
megavatios y una producción de 458,9 GWh/año.
Los colectores puntuales son espejos parabólicos en cuyo
foco se dispone un receptor, en el que se produce el calentamiento del
fluido de transferencia, posteriormente enviado a una turbina centralizada,
o se instala directamente un motor. Las llamadas centrales solares de torre
central consisten en numerosos espejos de gran superficie (helióstatos) que,
gracias a la orientación constante, concentran la radiación solar en un
receptor de vapor situado en lo alto de una torre. El desarrollo de
helióstatos de bajo coste, utilizando nuevos materiales como el poliéster,
la fibra de vidrio o las membranas tensionadas de fibra de grafito y
receptores más fiables y eficientes, abre nuevas posibilidades al empleo de
la energía solar para la obtención de electricidad.
En España queda mucho por hacer en energía solar. Mientras
que en el año 2002 sólo teníamos 522.561 metros cuadrados de colectores
solares, en Alemania, con mucho menos sol y menos superficie, ¡tenían
3.365.000 metros cuadrados ya en 2000! En Grecia tenían 2.460.000 metros
cuadrados y en Austria 2.170.000 metros cuadrados. Los objetivos son llegar
a 336 ktep en 2010, instalando un total de 4.500.000 metros cuadrados
adicionales. Las nuevas normativas municipales, que obligan a instalar
colectores solares en todas las viviendas de nueva construcción o grandes
rehabilitaciones, permitirán relanzar un mercado con enorme futuro. La
demanda potencialmente atendible con colectores solares planos asciende a
6,1 Mtep.
Células solares
La producción de electricidad a partir de células
fotovoltaicas es aún seis veces más cara que la obtenida en centrales de
carbón, pero hace tan sólo dos décadas era veinte veces más. En 1960 el
coste de instalar un solo vatio de células fotovoltaicas, excluyendo las
baterías, transformadores y otros equipos auxiliares, ascendía a 2.000
dólares; en 1975 era ya sólo 30 dólares y en 2004 va de 2,62 dólares a 4,25,
dependiendo de la cantidad y el tipo de instalación. Si en 1975 el kWh
costaba más de 7 euros, el precio actual está entre 0,3 y 0,6 euros, lo que
permite que el empleo de células fotovoltaicas para producir electricidad en
lugares alejados de las redes de distribución ya compita con las
alternativas existentes, como generadores eléctricos a partir del petróleo.
Hoy, en Estados Unidos la producción de un kWh cuesta de 4 a
8 céntimos de dólar en una central de carbón, de 4 a 6 en los parques
eólicos, de 5 a 10 en una de petróleo, de 12 a 15 en una central nuclear y
de 25 a 40 céntimos utilizando células fotovoltaicas. En los próximos años
se espera reducir el coste del kWh a 12 céntimos de euro antes de 2010 y a 4
céntimos para el año 2030. Claro que en los costes anteriores no se incluyen
los resultados del deterioro causado al ambiente por las distintas maneras
de producir la electricidad.
El efecto fotovoltaico, descubierto por Becquerel en 1839,
consiste en la generación de una fuerza electromotriz en un dispositivo
semiconductor, debido a la absorción de la radiación luminosa. Las células
fotovoltaicas convierten la energía luminosa del sol en energía eléctrica,
con un único inconveniente: el coste económico todavía muy elevado para la
producción centralizada. Sin embargo, las células fotovoltaicas son ya
competitivas en todos aquellos lugares alejados de la red y con una demanda
reducida, como aldeas y viviendas sin electrificar, repetidores de
televisión, balizas, agricultura, faros, calculadoras y otros bienes de
consumo. A lo largo de toda la década el mercado fotovoltaico creció a
ritmos anuales superiores al 40%, y ya hay más de 2.500 megavatios
instalados en todo el mundo. Se calcula que deberán instalarse aún otros
85.000 MWp, invirtiendo unos 50.000 millones de euros, para conseguir que la
fotovoltaica sea competitiva en el mercado, lo que implica un precio de 1
euro por vatio. Para obtener una reducción del 20% del precio, se debe
duplicar la producción, según la curva de experiencia o de aprendizaje.
Actualmente la mayoría de las células fotovoltaicas son de
silicio monocristalino de gran pureza, material obtenido a partir de la
arena, muy abundante en la naturaleza. La purificación del silicio es un
proceso muy costoso, debido a la dependencia del mercado de componentes
electrónicos, que requiere una pureza (silicio de grado electrónico)
superior a la requerida por las células fotovoltaicas. La obtención de
silicio de grado solar, directamente del silicio metalúrgico, cuya pureza es
del 98%, abarataría considerablemente los costes, al igual que la producción
de células a partir del silicio amorfo u otros procedimientos, hoy en
avanzado estado de investigación y cuyos resultados pueden ser decisivos en
la próxima década. La multinacional BP produce células de alto rendimiento
en su fábrica de Madrid, la denominada Saturno. El apoyo institucional,
abriendo nuevos mercados, puede acortar el tiempo necesario para la plena
competitividad de las células fotovoltaicas.
La superficie ocupada no plantea problemas. En el área
mediterránea se podrían producir 90 millones de kWh anuales por kilómetro
cuadrado de superficie cubierta de células fotovoltaicas, y antes del año
2010, con los rendimientos previstos, se alcanzarán los 150 millones de kWh
por km2. Por lo que se refiere al almacenamiento, la producción de hidrógeno
por electrólisis y su posterior empleo para producir electricidad u otros
usos, puede ser una óptima solución.
El objetivo del gobierno era tener instalados 143,7 MWp
(megavatios pico) en el año 2010, de ellos 135 MWp nuevos, de los que 61 MWp
deberían instalarse antes de 2006 (el 15% en instalaciones aisladas y el 85%
en instalaciones conectadas a la red). Entre 1998 y 2001 se instalaron sólo
6,9 MWp. Mientras en Alemania tenían 87,5 MWp (siete veces más que en
España), gracias al programa 100.000 tejados solares, que prevé instalar 300
MWp entre 1999 y 2004. Incluso Holanda, con poco sol y superficie, tenía más
potencia instalada (12,2 MWp). El precio del kWh fotovoltaico, con las
primas, asciende a 0,397 euros (máximo) y a 0,217 euros (mínimo), frente a
0,72 y 0,35 en Austria, 0,48 en Alemania y 0,39 y 0,23 en Portugal. En
España se fabricaron 50,85 MWp de células fotovoltaicas en 2002 (el 36% de
la producción europea), destinados en casi un 90% a la exportación. Los dos
mayores fabricantes son Isofotón y BP Solar, aunque en el sector operan 182
empresas, que emplean a más de 4.000 personas. Los precios de los módulos
fotovoltaicos se han reducido mucho, desde 7,76 euros/Wp en 1990 a 3,3
euros/Wp en 2000. En España, con una radiación solar diaria superior en la
casi totalidad del territorio a 4 kWh por metro cuadrado, el potencial es
inmenso. Sólo en los tejados de las viviendas españolas se podrían producir
anualmente 180 TWh. En el mundo, según el informe "Solar Generation" de la
Asociación de la Industria Fotovoltaica Europea y Greenpeace, se debería
llegar a 276 TWh en el año 2020, con unas inversiones anuales de 75.000
millones de euros.