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Las fronteras geopolíticas que hoy
conocemos son fundamentalmente el resultado de la formación y
maduración de los estados nacionales. En un primer plano, del
surgimiento de los estados modernos europeos occidentales, y en
segundo lugar, de la desmembración de los grandes imperios coloniales.
Aunque muchos profetas de la extinción de
las fronteras presentan la experiencia europea como paradigmática, en
realidad se trata de una experiencia muy particular y difícilmente
repetible a plazos visibles |
Aún no se había disipado la polvareda levantada por la caída
del Muro de Berlín, cuando las librerías se vieron inundadas por un nuevo
"best seller" de ciencias sociales, titulado "El mundo sin fronteras", bajo
la firma de Kenichi Ohmae1. Como es usual en estos casos, el libro atrajo la
atención apasionada de las camadas diletantes de globálofilos y globafóbicos,
unos en busca de algunas nuevas ideas para sus fatigados discursos y otros
de controversias ideológicas simples. En verdad es un libro pasmosamente
sencillo que carece del don del quizás. En esencia dice cosas que oímos en
muchos lugares desde hace dos décadas, incluso con peor estilo y mayor
ansiedad: las fronteras desparecen al calor de los flujos económicos que
diluyen los intereses nacionales "tradicionales" y se genera un mapamundi
nuevo de economía entrelazada donde no existe vencedores ni vencidos. Como
ocurre usualmente en este tipo de libelo, su atractivo no reside en lo que
dice, sino en lo que omite.
Si lugar a dudas esta es una época de cambios -o como afirma
agudamente mi amigo Juan Antonio Blanco, un cambio de época- y ciertamente
pocas cosas son exactamente iguales a como eran hace dos décadas. Las
fronteras no son una excepción, pero a contrapelo de lo que puede suponerse
leyendo a Ohmae, no dejan de existir, sino que se multiplican, solo que
ejerciendo funciones diferentes a las que tenían cuando los diplomáticos
europeos negociaban la estabilidad el viejo continente a la sombra de la paz
post-napoleónica. Y se refuerzan, amparadas no solo en las diferencias y las
desigualdades, sino también en el control político militar que deviene en
muchos lugares un factor clave para garantizar al capital el más eficiente
aprovechamiento de las ventajas comparativas de cada lado. Son más
interdependientes, pero en un juego de asimetrías que hace más pobre al lado
pobre, aunque no siempre haga sustancialmente más rico al lado menos pobre.
La pesada carga de las nacionalidades. Las fronteras
geopolíticas que hoy conocemos son fundamentalmente el resultado de la
formación y maduración de los estados nacionales. En un primer plano, del
surgimiento de los estados modernos europeos occidentales, y en segundo
lugar, de la desmembración de los grandes imperios coloniales. En algunos
casos estas fronteras resultaron verdaderos adefesios históricos que
cercenaron conglomerados culturales mediante la adopción de líneas
divisorias "naturales" (ríos, montañas…) o simplemente siguiendo el trazado
de líneas sobre el mapa que a la larga generaron más conflictos que los que
intentaron resolver, en particular cuando algún ratzelaino desinhibido
pretendió considerarles como un simple órgano periférico y flexible del
estado.
Aunque muchos profetas de la extinción de las fronteras
presentan la experiencia europea como paradigmática, en realidad se trata de
una experiencia muy particular y difícilmente repetible a plazos visibles.
Además de los intereses geopolíticos y económicos involucrados en este
proceso de unificación –y que conllevó a una política estatal intencionada y
muy activa- aquí se ponían en contacto economías y niveles de bienestar
social muy similares (o al menos igualables mediante inversiones posibles en
contextos de recursos relativamente abundantes), lo que facilitó los
acuerdos, como lo demuestran numerosos estudios, entre otros, de Ehlers y
Buursink2 y Minghi3.
El signo distintivo de las fronteras binacionales en la
época contemporánea es otro: la creación de formaciones transfronterizas
interdependientes, regularmente asimétricas, y que generan formas
específicas de inserción (o exclusión) al mercado mundial capitalista como
una secuencia de escalonamientos de subordinaciones periféricas.
El caso paradigmático al respecto lo constituye la frontera
Mexico-Estados Unidos, agudamente descripta por Herzog como el punto donde
el norte se encuentra con el sur.4 Es una frontera que se desplaza a lo largo
de más de 3000 kilómetros circundada por una población superior a diez
millones de habitantes, la mayor parte de los cuales viven en el lado
mexicano, donde la densidad demográfica es tres veces superior a la que
ocurre del lado estadounidense. Es una regla fatal de las fronteras: la
población se hace más densa en la parte más pobre, que regularmente resulta
menos pobre que la media nacional que la contiene; mientras que en lado más
rico, regularmente aquejado de niveles de bienestar más bajos que su media
nacional, la población tiene ritmos de crecimiento muy discretos, y en
ocasiones crece a expensas de migrantes del lado más pobre.
Es una frontera notablemente desigual. Estados Unidos tiene
tres veces más población que México y un producto interno bruto 24 veces
superior. Esta desigualdad es perceptible en la docena de complejos urbanos
binacionales y corredores transfronterizos que han ido formándose a lo largo
de las décadas y hoy constituyen ejes muy dinámicos de procesos de
acumulación apoyados en los capitales americanos y la pobreza mexicana, y
por los que circulan, con suertes muy diferentes, personas, drogas,
mercancías diversas y capitales.
Históricamente los norteamericanos han usado la frontera
mexicana como una zona de impunidad. Hollywood nos ha dejado una secuencia
interminable de prófugos –jinetes, choferes y eventualmente peatones- cuya
aspiración de emergencia era siempre llegar a México, y que ha ayudado a
construir una imagen ideológico/cultural de la frontera sur como contén de
la anarquía y la maldad. En la actualidad la impunidad opera en otro
sentido, y de manera más lucrativa, lo que ha permitido a los capitales
norteamericanos y de otros lugares, usar el territorio fronterizo como un
espacio para la localización de inversiones que -sea por sus efectos
sociales o ambientales- no podrían prosperar en territorio nacional. Y por
supuesto todo transcurre de una manera mucho más intensa que cuando
simplemente se trataba de Bogart buscando el tesoro de la Sierra Madre. El
caso de Ciudad Juárez, una urbe de más de un millón de habitantes que ha
experimentado crecimientos vertiginosos de población atraída por la
implantación de cerca de dos decenas de parques industriales de maquilas,
hacinada en extensos barrios marginales y con experiencias de criminalidad
francamente abominables, es solamente una muestra de la realidad de la
proclamada interdependencia transfronteriza.
Varios miles de kilómetros al sur, sobre el lado
costarricense del río San Juan está los Chiles. Nos narra Morales5 que se
trata de una pequeña ciudad prácticamente inventada hace una treintena de
años cuando los gobiernos ticos sintieron sus fronteras amenazadas por la
eclosión revolucionaria en la vecina Nicaragua. Con el apoyo de organismos
internacionales y del gobierno norteamericano, se realizaron numerosas
inversiones infraestructurales en una frontera que hasta el momento había
permanecido casi deshabitada y que conectaron la región a centros urbanos
mayores como Ciudad Quezada y San José.
Los Chiles actual es un pequeño poblado de no más de 8 mil
habitantes, con calles muy anchas perfectamente cuadriculadas y circundadas
por grandes espacios vacíos que denuncian la inexistencia de un mercado
inmobiliario. Una de sus principales fuentes de empleos es el sector
público, incluyendo aquí la guardia fronteriza. Su función sigue siendo la
contención de la empobrecida población nicaragüense que se concentra
principalmente en San Carlos, una ciudad nicaragüense ubicada en la otra
ribera del río y con unos 20 mil habitantes. A diferencia de Los Chiles, San
Carlos es un hervidero de personas, pequeños negocios de sobrevivencia, todo
tipo de contaminación y pobreza. Una parte muy importante de su población se
compone de migrantes internos que esperan la oportunidad de un empleo en
Costa Rica, sea definitiva o temporal, y mientras esperan, sirven de
intermediarios para numerosas operaciones de intercambio que pululan en la
frontera, y habitan en los deshabilitados barrios marginales de San Carlos.
Nada aquí denuncia la intensidad de los flujos de la
frontera mexicana/norteamericana. Pero sí las cualidades básicas derivadas
de la interdependencia asimétrica y la subordinación transfronteriza. San
Carlos y Los Chiles constituyen dos piezas funcionales de un modo específico
de reproducción capitalista en la región en la que los procesos de
acumulación aprovechan las ventajas comparativas de ambos lados, y por
consiguiente combina funcionalmente la formalidad y relativa de prosperidad
de un lado y la informalidad y pobreza absoluta del otro. Los beneficiarios
inmediatos de esta dualidad son los empresarios de Ciudad Quezada, San José,
Juigalpa y Granada, los centros urbanos dominantes en estas transacciones.
Los migrantes nicas agolpados en San Carlos conocen que una
de las principales oportunidades de empleo que tienen radica en una
plantación de cítricos de propiedad costarricense, y cuya producción es
procesada industrialmente en San José para su venta en todo el istmo. No es
muy beneficiosa en términos salariales, pero ofrece una garantía migratoria
absoluta, en la misma medida en que sus 15 mil hectáreas de terreno están
desparramadas a ambos lados de la línea limítrofe y el cruce es un asunto
estrictamente privado.
Las fronteras distantes. Washington Heights reclama para
si una identidad dominicana, donde el orgullo y la nostalgia hacen de las
suyas. Los inmigrantes han bautizado un tramo de la calle San Nicolás como
Boulevard Juan Pablo Duarte, en recuerdo al proclamador de la independencia
nacional, y han hecho todo lo posible por convertirle en una calle
dominicana, con ventas sobre las aceras, decenas de banderas y ofertas de
productos nacionales. En el barrio se hace política dominicana, se recaudan
fondos para las elecciones y se discute sobre el futuro del país con tanta
vehemencia como en Santo Domingo.
A muchos kilómetros de distancia, en el corazón del fértil
valle del Cibao, la ciudad de San Francisco de Macorís ha crecido mucho en
los últimos años y sus calles denotan una intensa actividad de pequeños
negocios que golpean a la vista con una miríada de anuncios y ofuscan el
oído con los muchos ritmos musicales que compiten por ganar la atención del
visitante. San Francisco no era así hace cuatro décadas, cuando los jóvenes
francmacorisanos comenzaron a emigrar, huyendo de la represión política o
simplemente oteando nuevos horizontes económicos. Sus remesas, y en
ocasiones sus retornos con algunos ahorros, explican el auge de la ciudad, y
el atractivo que esto implica para miles de migrantes internos que buscan su
oportunidad en la informalidad urbana mientas construyen sus casuchas en
torno a los terrenos desvalorizados y vulnerables que circundan el río
Jauja.
San Francisco de Macorís y el Upper Manhattan son un ejemplo
de los nuevos procesos de construcción de fronteras, y sus escalonamientos a
partir de la inserción de los trabajadores migrantes del sur en los
intersticios de las economías centrales. La ciudad dominicana sobrevive en
buena medida a expensas de los ahorros producidos en los servicios de Nueva
York, y ello es muy relevante en una época en que sobrevivir es ya una meta.
Pero a su vez ofrece a esta última ciudad una mano de obra eficiente y
barata que contribuye a reducir el costo de la vida en la Gran Manzana.
Aunque cualquier habanero puede jurar que nunca ha visto una
frontera, en realidad siempre han vivido sobre una. La Habana lo ha sido
siempre. En un momento, recordando a Juan Bosch, fue un borne decisivo de la
frontera imperial que ha sido el Caribe. Su revolución, el conflicto con los
Estados Unidos y la posterior alianza con la Unión Soviética, multiplicaron
su significado fronterizo. En la actualidad, guarda con Miami una cerrada
relación que en algunos momentos recuerda a una frontera hermética y hostil,
y en otras a un borde poroso y mal demarcado.
El despegue de Miami es inexplicable sin tener en cuenta la
migración de las clases altas y medias habaneras; y el ascenso social de
éstas dentro de la sociedad norteamericana ha estado fuertemente marcado por
los programas educativos y de empleos que beneficiaron a la comunidad cubana
emigrada, de alguna manera para afrontar la nueva situación fronteriza
emergida de la revolución cubana.
La relación entre ambas ciudades sigue estando caracterizada
por la desigual interdependencia fronteriza. La Habana continúa
suministrando población calificada y en edad laboral óptima, que se emplea
en los márgenes de la economía urbana; y Miami envía sus remesas con la que
los habaneros sobreviven y que ocasionalmente, invierten en la potente
economía subterránea cubana. Dada su favorable ubicación para la captación
de remesas -además de otros privilegios capitalinos en las esferas de los
negocios y de las políticas públicas- los límites de La Habana maduran como
una frontera para los habitantes del "interior" y en particular de las
empobrecidas provincias orientales. Y en la igualitaria Habana comienzan a
surgir las fronteras internas –como nos recuerda García Pleyán6, entre un
norte urbano dinámico y un sur estático- y entre la ciudad formal y los
bolsones de barrios pobres.
La Habana-Miami, Tijuana-San Diego, Los Chiles-San Carlos;
San Francisco-New York; son, en dimensiones e intensidades diferentes,
complejos urbanos binacionales basados en el intercambio desigual que
indican las nuevas modalidades de las inserciones/exclusiones urbanas a los
circuitos internacionales de acumulación.
¿Un final para las fronteras? Cualesquiera que sean las
reacciones emotivas o ideológicas frente a un entramado de líneas que
dividen y excluyen, vale la pena preguntarnos acerca de la prescindibilidad
de las fronteras, o al menos de cuan deseable puede ser que en un mundo
futuro mejor, las fronteras desaparezcan.
En la medida en que toda frontera supone siempre un límite
al despliegue humano, la respuesta pudiera ser afirmativa sin más
consideraciones; y no es casual que si algo une a globalófilos y
globafóbicos en torno a este tema es el discurso teleológico que termina con
todos unidos. Para los primeros, ello ocurrirá de la mano invisible del
mercado, imaginando la hermandad a partir del intercambio de equivalentes y
del monótono paisaje de los establecimientos de la cadena McDonald. Para los
segundos, se trata simplemente de poner todos los huevos en la canasta de un
sujeto popular siempre escurridizo a cargo de una transformación total que
construiría una humanidad emancipada y sin "aduanas".
Es difícil creer que las distancias físicas acortadas por
los avances tecnológicos en el transporte y las comunicaciones o la difusión
de una nueva cultura de tolerancia puedan eliminar las "distancias
estructurales" que Evans-Pritchard7 visualizó en sus penetrantes estudios
africanos.
Aún asumiendo políticas efectivas de respeto a los derechos
humanos, de intercambios justos y de tolerancia, los colombianos de Cúcuta
seguirán siendo y sintiéndose diferentes a los venezolanos de San Cristóbal;
tanto como los haitianos de Ouanaminthe respecto a los dominicanos de
Dajabón. Unos y otros continuarán siendo respectivamente "otros", aunque
ello no implique la construcción ideológica de identidades antitéticas
respecto a la otredad reconocida.
Si el mundo mejor del futuro es pensado como un mundo de
diferencias coexistentes, las fronteras serían artefactos deseados y
necesarios para separar, pero también para poner en contacto, las numerosas
identidades y cosmovisiones que hacen la vida más colorida, más diversa y
también más contradictoria. Es posible creer que en un futuro aún más
distante las interacciones humanas harán claudicar las diferencias y sus
fronteras. Pero para entonces, con total seguridad, todos estaremos muertos.
Santo Domingo, noviembre del 2004
Notas
[1] Kenichi Ohmae. El mundo sin
fronteras, McGraw Hill, México, 1992.
[2] N. Ehlers and J. Buursink, "Binational
Cities, People, Institutions and Structure". In Borders, Regions and People.
(Edit. By M. Van der Velde), Pion Limited, London, 2000.
[3] Julian Minghi "From Conflict
to Harmony in Border Landscapes" In The geography of Border Landscapes (Edit
by D. Rumley and J. Minghi), Routledge, London, 1991.
[4] Lawrence Herzog. Where
North Meets South, University or Texas, Austin, 1990.
[5] Abelardo Morales. "El caso
de la intermediación fronteriza: Los Chiles y San Carlos". FLACSO/NCCR, San
José, 2004. (Mimeo).
[6] Carlos García Pleyán. "La
Habana 2050", en Globalización e intermediación urbana en América Latina (Edit.
Por H. Dilla),FLACSO, Santo Domingo, 2004.
[7] Edward Evans-Pritchard. Los
Nuer, Editorial Anagrama, Barcelona,1997
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