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Parte 2/2
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Si la desigualdad social en América Latina es el factor principal que
afecta al escaso crecimiento económico que, a su vez, no se ha visto
traducido en una disminución de la pobreza en la región, las políticas
públicas deberían centrarse directamente en combatir las causas que
hacen que la desigualdad se esté perpetuando en la región.
Sería recomendable, por ejemplo, facilitar el acceso a la tierra, el
capital, la tecnología y la educación a los colectivos más
desfavorecidos. El sector rural debería merecer una especial atención
por parte de las autoridades públicas, si se quiere que los beneficios
del crecimiento lleguen a quienes más lo necesitan. Sin una
intervención pública orientada a mejorar la calidad de vida y los
servicios sociales para los sectores peor situados, la desigualdad en
la distribución de los ingresos seguirá siendo un problema endémico en
la región.
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3. La desigualdad y la exclusión social en América
Latina
América Latina es la región más desigual del mundo. A pesar
del crecimiento del PIB per cápita en la región, la inequidad en la
distribución del ingreso sigue siendo una característica significativa de
prácticamente todos los países, y esto hace que haya sido reconocida como la
zona más rezagada del planeta en términos redistributivos.
Hay muchos factores estructurales que podrían explicar la
alta desigualdad en América Latina, todos ellos interrelacionados. Entre los
más significativos cabría destacar el subdesarrollo agrícola y las grandes
diferencias entre ricos y pobres en el acceso a la propiedad de la tierra.
Además hay una alta proporción de la población que trabaja en el campo y que
dependen de los ingresos por la venta de los productos agrícolas, cuyos
precios han experimentado una tendencia bajista, además de estar sometidos a
los continuos vaivenes de los mercados internacionales. También habría que
mencionar el papel que juega la escasa educación de la fuerza laboral y su
impacto negativo en el nivel de ingresos de las familias. Por último el
papel que han tenido las estructuras corporativas y oligopolios en la
apropiación de gran parte de la riqueza ha sido un importante factor que ha
influido en el incremento de la inequidad.
Los ingresos totales de América Latina están enormemente
concentrados en las capas más ricas de la población, mientras que las capas
más pobres reciben una mínima parte de la riqueza. Más concretamente, el 40%
de la población más pobre de América Latina recibe, en promedio, apenas el
13’6% de los ingresos totales, mientras que el 10% más rico recibe más del
36% de la riqueza total (CEPAL, datos del año 2003). Estos valores promedio
difieren entre países, llegando al caso extremo de Bolivia, donde el 40% de
la población más pobre recibe apenas el 9,5% del ingreso, mientras que el
10% más rico recibe más del 41% del ingreso total. También es notable el
caso de Brasil, donde el 10% más rico recibe casi el 47% de la riqueza
nacional, mientras que el 40% más pobre recibe apenas el 10%.
Otra manera de medir la concentración de la renta es hacer
una media de los ingresos que reciben los habitantes de cada uno de los
países (dividir los ingresos totales entre el número de habitantes). En este
caso, nos encontramos con que más del 67% de la población de América Latina
se encuentra ganando menos de la media de ingresos de la región. Los casos
de Bolivia, Brasil, Argentina o Nicaragua son especialmente significativos,
ya que más del 73% de la población no alcanzaría esta media de ingresos6.
Un enfoque distinto, pero muy utilizado, para analizar la
concentración de los ingresos es la utilización de indicadores sintéticos o,
dicho de otro modo, indicadores que ofrecen en una sola cifra la situación
global de la distribución de la renta de toda la población de un país -y no
sólo de un grupo-. El más utilizado de estos indicadores es el índice de
Gini, que toma valores numéricos entre 0 y 1. Un índice de Gini igual a 0
correspondería a un imaginario país donde la equidad es absoluta, es decir,
donde todas las personas tienen exactamente los mismos ingresos. Un índice
de Gini igual a 1, por el contrario, correspondería a un hipotético país
donde la inequidad es absoluta, o dicho de otro modo, todo el ingreso se
concentraría en un sólo individuo, mientras que el resto de la sociedad no
dispondría de ingresos de ningún tipo. Con este indicador sintético de
distribución del ingreso podemos dividir en cuatro categorías a todos los
países latinoamericanos y ver cuál ha sido la evolución en el tiempo de su
índices de Gini (
Ver cuadro 4).
De acuerdo con el índice de Gini, en el año 2002 los países
de América Latina con los ingresos más concentrados son Brasil (Gini=0,639),
y Honduras (0,588). En situación parecida estaría el Gran Buenos Aires de
Argentina (0,590) y, a muy poca distancia, se encontrarían Nicaragua
(0,579), Colombia (0,575), Bolivia (0,554) y Chile (0,550). Por su parte
Uruguay (0,455), Costa Rica (0,488) y Venezuela (0,500) son los únicos
países con un índice de Gini por debajo de 0,50, lo que indica una
concentración menor del ingreso.
Las variaciones del índice de Gini entre 1990 y 2002 no han
sido muy importantes y son pocos los países que han mejorado su situación.
Este sería el caso de Honduras, Guatemala, Chile, Panamá, México y Uruguay.
Sin embargo la situación de la distribución del ingreso ha empeorado entre
1990 y 2002 en Brasil, Bolivia, Colombia, Argentina, Venezuela, Ecuador,
Costa Rica. En El Salvador y Paraguay la situación también ha empeorado
notablemente desde el año 1997.
4. Crecimiento económico, desigualdad y pobreza en América
Latina
La región latinoamericana desea retomar un camino de
crecimiento sostenible y, a la vez, anhela reducir la pobreza y las
desigualdades sociales. El problema es si ambos objetivos son compatibles o,
por el contrario, contradictorios. ¿Debe la región concentrarse en aumentar
su productividad y niveles de renta o, por el contrario, debe hacer
esfuerzos por disminuir la pobreza y mejorar las condiciones de vida de los
más pobres y preocuparse posteriormente por crecer? El dilema
eficiencia-equidad está presente en todos los discursos políticos y debates
más recientes. Pero lo cierto es que muchos estudios muestran que ambos
objetivos no son del todo incompatibles sino que, más bien al contrario, se
acompañan.
Las relaciones causales entre los tres fenómenos son
complejas y no siempre tienen una respuesta unánime ni unidireccional. En lo
que respecta a las relaciones entre pobreza y crecimiento parece que existe
una doble causalidad. En primer lugar parece bastante claro, al menos en lo
que respecta a los países más pobres, que una reducción de la pobreza total
puede ayudar al logro de unas mayores tasas de crecimiento económico futuro.
También se suele argumentar que un mayor crecimiento económico es necesario
para reducir la pobreza, a través de la creación de empleo productivo,
especialmente entre las capas más pobres de la población. Además, con un
mayor crecimiento, en teoría, se podrían obtener más impuestos, con los
cuales los gobiernos podrían financiar programas sociales para aliviar los
efectos de la pobreza. Esta última relación no está tan clara en el caso de
los países de América Latina, ya que los ensayos que se han hecho para
reducir la pobreza por la vía de la política social o de la implementación
de sistemas de seguridad social han sido insuficientes.
En segundo lugar, el efecto que tiene la desigualdad social
sobre el crecimiento económico ha sido ampliamente estudiado. La mayor parte
de los estudios teóricos y empíricos recientes señalan que los países con
tasas de desigualdad más altas tienen serios problemas para crecer en
términos económicos, sobre todo si estos países son pobres7. Esto es así
por varios motivos. En primer lugar hay que tener en cuenta los elevados
grados de corrupción (rent seeking activities) que existen en
sociedades no equitativas, donde el poder y la riqueza están concentrados en
unas pocas manos. Esto puede favorecer el riesgo de incumplimiento de los
contratos por parte de los gobiernos o, dicho de otro modo, la existencia de
unos derechos de propiedad poco seguros. Como consecuencia, la acumulación
de capital se vería frenada y esto influiría negativamente en las tasas de
crecimiento económico. Igualmente, las diferencias de renta entre ricos y
pobres podrían incrementar las actividades ilegales o alegales, que son una
amenaza para los derechos de propiedad.
En tercer término, las altas tasas de desigualdad social,
unidas a las peores condiciones sanitarias y sociales de su población,
favorecen la tensión social y la inestabilidad política. Esta situación
puede degenerar en un incremento de la incertidumbre, que frenaría las
inversiones y generaría menores tasas de crecimiento económico. En cuarto
lugar, las sociedades menos equitativas tienden a distorsionar el sistema
impositivo, ya que los gobiernos reciben una presión mayor por parte de las
clases pobres para aumentar los impuestos y, con ello, se merma la capacidad
de ahorro, de inversión productiva y de crecimiento económico.
Por último, y para acabar con las razones por las que la
desigualdad puede frenar el crecimiento económico, no hay que olvidar el
efecto que tiene la desigualdad en la distribución del ingreso sobre la alta
fertilidad de las mujeres y su efecto negativo sobre el crecimiento
económico. Se puede demostrar que, en la mayoría de los casos, las altas
tasas de fecundidad de las mujeres pobres conducen a la continuidad de la
pobreza: una prole más numerosa disminuye la capacidad de consumo de las
familias, su bienestar y su capacidad para acumular activos.
En conclusión, por cuatro vías diferentes hemos argumentado
cómo la inequidad en la distribución de los ingresos en los países de
América Latina podría estar retrasando o dificultando el crecimiento
económico y la capacidad de las economías latinoamericanas para conseguir
mayores niveles de desarrollo y aumentos de la calidad de vida de su
población.
Pero además, mientras que la relación causal entre
desigualdad y crecimiento es claramente negativa, se puede argumentar que,
por el contrario, mayores niveles de crecimiento económico pueden traer
asociados una disminución de la desigualdad, aunque esto depende del patrón
de crecimiento económico que se haya adoptado, del nivel de desigualdad de
partida y de su evolución en el tiempo. En el caso de América Latina no
siempre las tasas de crecimiento positivas han ido asociadas a reducciones
en la desigualdad (ver cuadro 5). En muy pocos casos el positivo crecimiento
económico ha venido acompañado con menores tasas de desigualdad (México
entre 1968 y 1984, Colombia entre 1971 y 1978; Venezuela entre 1971 y 1981).
Cuadro 5. América Latina: relación entre
crecimiento económico
y desigualdad (en años seleccionados)
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Cambios en la desigualdad |
Crecimiento económicoa |
|
Sin crecimiento (menos del 1%) |
1,1%-2% |
2,1-3% |
>3% |
|
Aumentos |
Uruguay (62-68)
Argentina (74-89)
Chile (68-80)
Perú (68/9-81) |
Argentina (70-74) |
Argentina (53-61)
Brasil (60-70)
Chile (60-68)
México (50-58)
México (58-63) |
Costa Rica (71-77)
Uruguay (73-79) |
|
Sin cambios |
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Uruguay (68-73) |
Argentina (61-70)
Colombia (64-71) |
México (63-68)
Brasil (70-80) |
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Disminución |
|
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México (68-77)
México (77-84) |
Colombia (71-78)
Venezuela (71-81) |
Fuente: Altimir, O. (2001): Inequality, Poverty and
Development in Latin America. Capítulo 8 en Solimano, A. (Ed.):
Social inequality: values, growht and the state. Michigan Ed. Página
147.
a Crecimiento en términos de
PIB per cápita, excepto para Venezuela (PNB real per cápita)
Suponiendo que los beneficios del crecimiento económico se
distribuyeran de manera equitativa entre todos los grupos de población (cosa
que no suele ocurrir en el caso de la región latinoamericana), la región
necesitaría crecer más del doble que en la última década para conseguir
reducir a la mitad el número de personas que vive con menos de 2 dólares
diarios para el año 2015. El esfuerzo debe ser mayor, lógicamente, en los
países donde la incidencia de la pobreza es más alta.
De todas formas, el ritmo de crecimiento per cápita de la
región latinoamericana en las últimas décadas ha sido bajo y volátil. En
muchos países se observan en los últimos 30 o 40 años episodios de
crecimiento económico acentuado que llega a durar más de 10 años, seguidos
de períodos de estancamiento y bruscas caídas en la producción. Desde los
años 80 ha habido problemas en la acumulación de capital en la región lo
cual, unido al escaso aumento de la productividad, y a la adopción de
medidas de ajuste para superar los problemas fiscales, ha tenido una
incidencia negativa en el crecimiento económico. En conclusión, mientras que
en las fases de contracción del crecimiento ha aumentado la pobreza y la
desigualdad, afectando negativamente al bienestar de los ciudadanos, en las
fases de expansión económica ha contribuido escasamente a disminuir la
pobreza y la desigualdad.
Conclusiones
De los temas tratados en los párrafos precedentes se
desprenden algunas recomendaciones de política económica. En primer lugar,
es poco lo que se puede esperar del crecimiento económico como vía exclusiva
para reducir la pobreza y la desigualdad en América Latina. La región está
creciendo poco y, como hemos visto, los efectos del crecimiento económico
sobre la pobreza y la equidad han sido muy limitados. Sin embargo, parece
que sí existen más evidencias de esta relación en sentido inverso, a saber,
del impacto positivo que tiene la reducción de la pobreza y la desigualdad
sobre el crecimiento económico. De esto se deriva una conclusión que, en
ciertos casos, puede generar cierta polémica: resultaría mucho más ventajoso
concentrar los esfuerzos en la reducción de la desigualdad y la pobreza pues
con ello la estrategia de apostar por la equidad sería en realidad una
apuesta por el crecimiento y el desarrollo económico.
Si la desigualdad social en América Latina es el factor
principal que afecta al escaso crecimiento económico que, a su vez, no se ha
visto traducido en una disminución de la pobreza en la región, las políticas
públicas deberían centrarse directamente en combatir las causas que hacen
que la desigualdad se esté perpetuando en la región. Para mejorar la
distribución de la renta y disminuir la incidencia de la pobreza hay que
adoptar políticas económicas que requieren recursos públicos, lo que puede
lograrse a través de un adecuado pacto fiscal y una asignación eficiente de
los recursos públicos. Los esfuerzos realizados en los últimos años en este
sentido han sido importantes. El gasto social de la región ha venido
creciendo en los últimos años y muchos países dedican un alto porcentaje del
PIB a esta partida (en torno al 15% en media). Por tanto, han existido
recursos para aliviar el problema de la pobreza, aunque tal vez el problema
no estaría en la cantidad sino en el uso que se ha hecho de los mismos.
En este sentido sería recomendable, por ejemplo, facilitar
el acceso a la tierra, el capital, la tecnología y la educación a los
colectivos más desfavorecidos. El sector rural debería merecer una especial
atención por parte de las autoridades públicas, si se quiere que los
beneficios del crecimiento lleguen a quienes más lo necesitan. Sin una
intervención pública orientada a mejorar la calidad de vida y los servicios
sociales para los sectores peor situados, la desigualdad en la distribución
de los ingresos seguirá siendo un problema endémico en la región. En este
sentido la política social debe prestar más atención a los sectores de la
sociedad más vulnerables a los efectos de la pobreza, bien sea por su edad
(niños, ancianos, jóvenes), por su sexo (principalmente mujeres y en
especial las madres adolescentes) o por su raza (pueblos indígenas o
comunidades afro americanas). Habría que estimular el acceso de los pobres a
los servicios públicos (sanidad, educación, agua y electricidad) o reconocer
legalmente la propiedad urbana en los sectores más pobres. Por otra parte,
el papel de las pequeñas y medianas empresas es fundamental para dar trabajo
a estos colectivos, que de otro modo quedarían marginados. Por último, no
hay que olvidar que sería necesario hacer un esfuerzo aún mayor si cabe por
aplicar políticas económicas que favorezcan la inversión en capital humano y
en educación, necesarios para aumentar los niveles de productividad de la
región. La aplicación de todas estas medidas para reducir la pobreza y
desigualdad social requerirían de un marco legal estable que garantice la
continuidad de las políticas públicas emprendidas.
Notas
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