 |
Los partidos tradicionales no lo sabían,
pero la utilización de los mecanismos de democracia directa para la
defensa del patrimonio nacional se constituiría en una de las llaves
maestras para permitir a la izquierda saltar las barreras que impedían
su desarrollo en el interior del país. Una nueva conciencia empezaba a
aflorar en los rincones más remotos del Uruguay, habitualmente vedados
para las izquierdas y obnubilados por el "temor al comunismo",
hábilmente explotado por los políticos de la derecha. |
Al cabo de un itinerario breve –medido en tiempos
históricos- la coalición de izquierda Frente Amplio alcanzó una contundente
victoria en las elecciones nacionales uruguayas del 31 de octubre último.
El proceso social y político en Uruguay es altamente
ilustrativo y poco común. A fines de la década de los años 50 comenzaron a
hacerse evidentes los signos de agotamiento del modelo económico de
sustitución de importaciones, común a varios países de la región, cuyos
efectos sociales estallaron aquí y allá en la pacífica sociedad uruguaya,
cobijada y protegida por un imponente aparato estatal creado en las primeras
décadas del siglo XX. En 1964 se reúne el Congreso del Pueblo, convocado e
integrado por un amplio abanico de organizaciones, con un fuerte
protagonismo a cargo de los sindicatos. De esas deliberaciones emergió un
programa de respuestas a la crisis que configuraría una primera gran
aproximación a la convergencia programática de las fuerzas populares. Al año
siguiente se creaba la Convención Nacional de Trabajadores, central sindical
única y unitaria que abarcaba la totalidad de las organizaciones sindicales
existentes. Estas experiencias de unificación programática y sindical son
inocultablemente el escalón previo a la construcción de la unidad política.
Ya en 1962 el Partido Comunista había ampliado su espacio político con la
constitución del Frente Izquierda de Liberación, y el Partido Socialista
había hecho lo propio a través de la Unión Popular, frente electoral al que
se había sumado un primer desprendimiento de uno de los partidos
tradicionales, el del senador Enrique Erro.
El llamamiento de octubre de 1970 a la conformación de un
Frente Amplio fue acompañado por numerosas figuras de la izquierda uruguaya
que al cabo de un proceso de intensas negociaciones logró reunir bajo una
misma bandera a socialistas, comunistas, democristianos, diversas
organizaciones afines al marxismo y el socialismo y –hecho decisivo- nuevos
e importantes desgajamientos de los partidos tradicionales, entre los que
destaca el del senador Zelmar Michelini, proveniente del P. Colorado.
En una demostración de flexibilidad y voluntad asociativa,
en buena medida compelidas por la magnitud y profundidad de la crisis del
modelo, organizaciones, partidos y grupos de concepciones políticas y
filosóficas tan distintas lograron enterrar las diferencias que las habían
mantenido alejadas por décadas y agruparse tras un programa común y la
candidatura presidencial de un líder incipiente: el general retirado Líber
Seregni. Así nació el Frente Amplio, cuya acta de fundación está fechada el
5 de febrero de 1971. El primer acto de masas tuvo lugar en la explanada
municipal, en el centro de Montevideo, el 26 de marzo siguiente y convocó
una multitud sin precedentes en la historia política del país.
En los meses que siguieron a la fundación, en forma
espontánea y previa a cualquier decisión política, los partidarios de la
nueva coalición comenzaron a fundar comités de acción territorial ("Comités
de Base") en un despliegue veloz, desconocido e impactante que alcanzó todo
el país, con una concentración especial en la capital. Ya desde su
nacimiento el Frente Amplio logró desarrollar dos facetas que a la postre
constituirían una clave de su expansión: el partido y el movimiento. Este
último penetró profundamente en la sociedad e incorporó miles y miles de
activistas. Las elecciones de noviembre de 1971 permitieron visualizar la
primera manifestación de esta nueva fuerza política que, habiendo logrado
algo más del 18% de los votos introdujo una cuña en el sistema bipartidista
tradicional. El todo resultó esta vez mucho más que la suma de las partes.
Mientras permanecieron aislados, los partidos menores o "de ideas" ocuparon
un espacio marginal, prácticamente testimonial Los partidos tradicionales
acaparaban el 90% del respaldo popular, un respaldo que ahora comenzaba a
trasladarse bajo la nueva bandera, en un impulso que no se detendría jamás.
El golpe militar del 27 de junio de 1973 expresó la
exacerbación de las tensiones en el seno de la sociedad uruguaya y la opción
antidemocrática que impulsaba un cambio radical: la supresión de los
sindicatos, la eliminación política –pero también física- de la izquierda.
No logró su objetivo. La heroica huelga general que siguió al golpe se
prolongó durante 15 días y marcó el comienzo de una resistencia que sorda,
encubierta y perseguida no cejaría en su tarea hasta la derrota del
autoritarismo. En las elecciones internas de 1982, con las que comenzaba el
lento viaje de regreso a la democracia, Seregni -preso de sus antiguos
camaradas de armas- logró desde su confinamiento convocar a los
frenteamplistas a votar en blanco para expresar la permanencia y la vigencia
del Frente Amplio aún en las condiciones más adversas. Sin otra posibilidad
de difusión política que el clandestino "boca a boca", el voto en blanco
–que alcanzó cifras significativas e indisimulables- marcó un hito
fundamental en la historia de esta nueva fuerza política y reforzó el
liderazgo del General. Una afirmación enérgica desde el silencio, la
proscripción, la persecución, que habría de transformarse en un punto focal
de la resistencia, un elemento fortísimo de identidad, y un paso fundamental
para la supervivencia, más allá de la duración del paréntesis autoritario.
Con una resistencia asordinada pero viva que jamás pudieron
doblegar, las fuerzas armadas, que ya habían sufrido una derrota histórica
en el plebiscito de la reforma constitucional que impulsaran en 1980, y
fracasaron estrepitosamente en todos sus intentos de "ordenar" el país y
encaminar su economía, quedaron arrinconadas. Utilizaron los últimos retazos
de poder para pactar una salida política que no contó con el respaldo del P.
Nacional. Proscrito Wilson Ferreira Aldunate –el candidato de este partido-
y proscrito también el general Seregni, sucedió lo previsible: el retorno a
la democracia –en una modalidad "tutelada" y con el reaseguro de un acuerdo
secreto de impunidad para los autores de los delitos de lesa humanidad-
Julio María Sanguinetti resultó electo y apareció públicamente como el
adalid de la transición, cuando en realidad había sido uno de los artífices
y el principal garante de aquel acuerdo inconfesable que prácticamente le
aseguraba el acceso a la primera magistratura. Las elecciones de noviembre
de 1984 registraron un leve crecimiento del Frente Amplio que capturó algo
más de la quinta parte del electorado. Con su líder inhabilitado, muchos de
sus dirigentes emergiendo de las mazmorras de la dictadura, dispersos en el
exilio o simplemente eliminados, la izquierda cumplió una nueva proeza. Ya
era la segunda fuerza en la capital del país, y le faltaron apenas 11.000
votos para conquistar la Intendencia Municipal de Montevideo.
El 22 de diciembre de 1986 fue aprobada la ley de "Caducidad
de la pretensión punitiva del estado" que aseguraba la impunidad a los
militares autores de hechos atroces y delitos de lesa humanidad. Un acuerdo
entre los dos partidos tradicionales dio lugar a la sanción de la nueva
norma que consagraba legislativamente un punto esencial del acuerdo secreto
de 1984. La sociedad uruguaya reaccionó con energía, reclamando "verdad y
justicia". Se constituyó una Comisión Nacional para impulsar un referéndum
derogatorio de la ley. Integraba dicha Comisión un médico oncólogo sin
antecedentes políticos conocidos, a quien aguardaba un futuro inimaginable
en esos momentos: el Dr Tabaré Vázquez. Una intensa movilización a lo largo
y ancho del país logró reunir las 600.000 firmas que se requerían para dar
lugar al referéndum. Este tuvo lugar el 16 de abril de 1989 y a pesar de
obtener un caudal impresionante de votos, no alcanzó los necesarios para
lograr el fin propuesto. La ley quedó en pie, pero el pueblo uruguayo había
protagonizado una experiencia de democracia directa que sería decisiva para
el futuro.
En los comicios de noviembre de 1989 comenzaron a tomar
forma los primeros signos de frustración de las grandes expectativas que el
retorno a la democracia había ambientado en la sociedad uruguaya. Ganó las
elecciones el P. Nacional y el Frente Amplio –que había sufrido un
importante desgajamiento-, logró mantener electorado y alcanzó por primera
vez la Intendencia Municipal de Montevideo, ciudad en la que reside
prácticamente la mitad de la población del país. El candidato, Tabaré
Vázquez, iniciaba así un camino ascendente que –aún nadie aún nadie podía
adivinarlo- quince años después lo llevaría a la presidencia de la
república.
A pesar de que los guarismos de la macroeconomía señalaban
un sostenido crecimiento, las políticas de cuño neoliberal acentuaban los
problemas de la distribución. El desempleo crecía, los servicios estatales
se deterioraban progresivamente, la pobreza se expandía y se hacía visible
en las calles y los asentamientos. El gobierno "blanco" de Luis Alberto
Lacalle obtuvo la aprobación de una ley que habilitaba la privatización de
las empresas públicas –siguiendo la línea marcada por los Ajustes
Estructurales y las Cartas de Intención, fiel a la concepción emanada del
Consenso de Washington. Pero la sociedad uruguaya reaccionó. La conjunción
de esfuerzos de la central sindical y la izquierda política abrieron el
camino a un referéndum que concitó la adhesión del 72% de los ciudadanos
para derogar la ley. Los partidos tradicionales no lo sabían, pero la
utilización de los mecanismos de democracia directa para la defensa del
patrimonio nacional se constituiría en una de las llaves maestras para
permitir a la izquierda saltar las barreras que impedían su desarrollo en el
interior del país. Una nueva conciencia empezaba a aflorar en los rincones
más remotos del Uruguay, habitualmente vedados para las izquierdas y
obnubilados por el "temor al comunismo", hábilmente explotado por los
políticos de la derecha.
Las elecciones de noviembre de 1994 devolvieron el gobierno
al Partido Colorado y la presidencia a Julio Sanguinetti. Pero esta vez no
sobró nada. El Frente Amplio volvió a crecer y el resultado electoral reveló
un empate virtual entre los tres partidos. La izquierda quedó ubicada como
segunda fuerza a nivel nacional, retuvo la principal intendencia del país
con un margen aún mayor –ahora el candidato era Mariano Arana- y estuvo a
unos pocos miles de votos de alcanzar la presidencia de la república.
A cada intento de privatización –reiterados en el tiempo a
pesar del referéndum contra la ley de 1992-, la sociedad uruguaya, liderada
por los sindicatos y la izquierda en su conjunto, respondía con una nueva
acción de democracia directa. Así ocurrió con el intento de privatizar las
telecomunicaciones, y ya a fines de 2003 con la ley relativa a Ancap, la
refinadora estatal de combustibles. Estos instrumentos –y en particular las
campañas correspondientes- facilitaron la penetración del mensaje
alternativo. Un despliegue militante perfeccionado y afinado con el correr
del tiempo, y las constantes giras de los dirigentes políticos,
contribuyeron a quebrar los mitos y los temores, disolvieron las reticencias
y permitieron un progresivo despliegue de mayor potencia en el interior del
país.
El empate virtual de 1994 desató el temor más que realista
de los partidos tradicionales que no encontraban la manera de detener el
progreso de su adversario común ni de frenar su propio deterioro. La gente
le perdía el miedo a la izquierda, los partidos históricos se desdibujaban
en propuestas prácticamente indistinguibles –"la opción entre lo mismo y lo
mismo" al decir de Mario Benedetti- y confraternizaban en gobiernos de "coalición"o
de "entonación nacional" en que aparecían abrazados tras una misma
orientación económica. Esa que precisamente agudizaba los problemas
sociales, iba aniquilando el aparato productivo del país e intentaba una y
otra vez entregar sus mejores bienes al capital extranjero.
Blancos y Colorados necesitaban crear nuevos mecanismos para
entorpecer el arribo de la izquierda al gobierno. Durante más de un siglo y
medio gobernaron el país, la mayor parte del tiempo en régimen de condominio
–bien que con preeminencia del P. Colorado-, se repartieron el Estado y
generaron una extensa clientela que luego, en las urnas, devolvía los
favores recibidos bajo la forma de votos que aseguraban, más allá de
cualquier alternativa, su renovación en el poder. Pero la izquierda crecía
de una instancia electoral a otra, en forma visible e incontenible. La
lección de 1994 fue rápidamente asimilada, y de esa digestión nació la
reforma constitucional de 1996. "Inventaron" el balotaje, la segunda vuelta
eleccionaria, como un nueva barrera que la izquierda debería franquear para
alcanzar el gobierno nacional.
Y en su estreno el artificio dio resultado. Como era
esperable, el Frente Amplio –ahora también Encuentro Progresista, lema que
albergaba una nueva alianza- volvió a crecer y alcanzó algo más del 40% de
los votos. Si no se hubiera reformado la Constitución, la elección habría
sido suya. Pero ahora se interponía el balotaje. Blancos y Colorados
comparecieron asociados respaldando la candidatura del Dr Jorge Batlle –que
individualmente había obtenido apenas un 22% de los sufragios- pues el
objetivo era impedir que la izquierda llegara al gobierno. Lo lograron, pero
sería la última vez. Una variante del bipartidismo se abría paso
aceleradamente. Ahora separadas en el tiempo de las elecciones nacionales,
las municipales volvieron a consagrar la victoria de la izquierda en
Montevideo, por una mayoría abrumadora de votos. Mariano Arana fue reelecto
y comenzó el tercer período consecutivo de gobierno municipal del Frente
Amplio, a esta altura percibido ya como una situación irreversible, aún en
un plazo considerable. Así como crecía de manera sostenida en el país, el
Frente progresaba sólida y consistentemente en la capital, alcanzando
guarismos de respaldo popular nunca antes conocidos.
El gobierno del Dr Batlle –con amplia coparticipación del P.
Nacional- resultó particularmente desastroso. El punto más crítico se
registró a mediados de 2002 en que el país estuvo al borde de la quiebra,
como resultado combinado de la pésima política económica, la mala
administración, la fidelidad irracional a las recetas del Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial y la incidencia de factores externos tales
como la devaluación brasileña de comienzos de 1999 y la debacle argentina
(2000-2001). La vida de los uruguayos –ya difícil entonces- comenzó a
transcurrir ambiente de calamidad colectiva: la deuda externa creció de
manera monstruosa duplicándose en pocas semanas, nuevas olas de emigración
continuaron destejiendo la trama social e hiriendo el alma de las familias,
la pobreza alcanzó a nuevas capas de la población, el hambre y la
proliferación de niños en situación de calle pasaron a formar parte del
horizonte diario de los uruguayos. Creció la inseguridad y se expandieron
los delitos contra la propiedad, el estado dejó de pagar sus cuentas o
postergó indefinidamente el pago a sus proveedores. Varios bancos quebraron,
-con la "cooperación" de sus propietarios que terminaron presos o fugados;
cientos de ahorristas perdieron sus dineros y aún el otrora emblemático
Banco de la República debió programar la devolución de los depósitos al cabo
de una sucesión de corridas bancarias que pusieron al sistema financiero
–mimado por las administraciones blancas y coloradas y continuamente
favorecido por sus políticas- al filo del abismo.
Esta vez el Dr Tabaré Vázquez recorrió "pueblo a pueblo"
seis veces el territorio nacional. Vencidas ya todas las barreras, la
izquierda logró una penetración capilar en el interior del país al tiempo
que seguía afirmándose en la capital, a caballo de tres administraciones
municipales sucesivas de carácter exitoso. La gestión de Mariano Arana
alcanzó un 65% de simpatía popular. Durante casi tres años cientos de
expertos y técnicos trabajaron en el programa de gobierno que habría de
proponerse a la ciudadanía para las elecciones nacionales del 31 de octubre
de 2004. Un nuevo acuerdo político permitió el retorno del Nuevo Espacio a
la coalición que ahora se denominaba "Frente Amplio – Encuentro Progresista
– Nueva Mayoría". Una campaña cuidadosamente diseñada e impecablemente
ejecutada –la izquierda uruguaya sabe aprender de sus errores y conoce ya
demasiado bien las mañas de sus adversarios- allanó el camino hacia la
victoria. Esta vez, el crecimiento del electorado frentista volvió a ser
impactante. Del 40% de 1999 pasó al 50,45% y –superando la mayoría absoluta
de votantes- eludió limpiamente las trampas y los riesgos de un eventual
balotaje.
Nunca un candidato presidencial había alcanzado tal respaldo
en Uruguay. Como en la misma oportunidad se eligen los representantes
nacionales y el Senado, la izquierda se aseguró, además, la mayoría
parlamentaria: 17 senadores en 31 y 52 diputados en 99. La gran aspiración
de cambio que alienta en la sociedad uruguaya tiene fundamentos para
mantenerse esperanzada.
Un nuevo clima espiritual comenzó a manifestarse en Uruguay,
haciéndose notorio y evidente en la semana previa a los comicios. La gente
"sentía" que la victoria iba a llegar y se lanzó a las calles entusiasmada,
espontánea, tumultuosa. Por primera vez en mucho tiempo las sonrisas
regresaron a las calles de las ciudades, villas y pueblos de la pequeña
república sureña. Eran sonrisas bajo banderas: bandera rojas, azules y
blancas desplegadas al viento en las manos de niños, adolescentes, mujeres y
hombres maduros y ancianos; banderas flameando en las ventanas y balcones de
casas y edificios; banderas alborotándose en los autos, las bicicletas, las
motos y aún los "carritos" de los hurgadores. Las caravanas de vehículos
revolucionaron a todas las ciudades de importancia a lo largo y ancho del
país. En Montevideo, la que tuvo lugar el 23 de octubre alcanzó una
extensión incalculable, replicada en las veredas y esquinas por miles de
partidarios que saludaban su paso: más y más banderas. El acto final del
Frente Amplio –el 27 de octubre, también en Montevideo- alcanzó proporciones
asombrosas y se constituyó en la mayor reunión pública de la historia del
país. Un bosque de banderas abrigó a una multitud que presentía la victoria
y continuaba celebrándola con anticipación.
La movilización frenteamplista ganó nuevamente las calles de
las ciudades y las rutas del país el día de las elecciones. La votación se
desarrolló con normalidad, sin incidentes significativos. Hacia el final de
la tarde, lentamente las multitudes embanderadas convergieron hacia el
centro de Montevideo y de las distintas ciudades y poblaciones del interior,
la gente se abrazó en un festejo que se prolongó hasta la madrugada. En la
capital, el momento culminante se vivió en dos tiempos: Tabaré Vázquez hizo
su aparición en el balcón del Hotel Presidente, su centro de operaciones,
ante el delirio de la multitud. Embargado por la emoción apenas pudo decir
"¡Festejen uruguayos, festejen...! ¡La victoria es de ustedes...! Luego
retornó hacia el interior por un momento y regresó acompañado por Lilí
Lerena, viuda reciente de Líber Seregni, el primer gran líder frentista
fallecido tres meses atrás. Las lágrimas ahora empapaban las banderas,
mientras en la calle los frenteamplistas rendían tributo a su conductor
histórico: ¡Se siente... se siente... Seregni está presente..!
El MLN-Tupamaros, la guerrilla urbana de los años 60,
reconvertida ahora en sector político del Frente Amplio, alcanzó en estos
comicios, a caballo de la personalidad carismática de su líder –José "Pepe"
Mujica- la mayoría dentro de la izquierda, duplicando casi, por sí solo, la
votación total del partido Colorado. No es un hecho menor y conlleva un
potencial simbólico mayúsculo. El "viejo" Uruguay parece clausurarse y se
abre ciertamente un tiempo nuevo. Un tiempo de esperanza y construcción, un
tiempo de fraternidad regional y latinoamericana, un horizonte bien
diferente, alentador y promisorio. Bajo una multitud de banderas desplegadas
que se niegan a regresar a sus armarios, Uruguay se adentra a pie firme en
la era de los cambios.
|