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ISSN 1913-6196

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 Drogas y Conflictos: desarrollo alternativo y conflicto en Colombia

Resolución y prevención de conflictos

Por Ricardo Vargas

Parte 1 /4

Este trabajo recoge los resultados del proyecto
Negociación Comunidades Sur de Colombia,
desarrollado en el marco del programa
Drogas y Democracia del TNI y Acción Andina.
El proyecto fue coordinado por Ricardo Vargas,
 Acción Andina Colombia,
quien contó con la asistencia de
Rodrigo Velaidez y Carolina Cortés

Uno de los retos más importantes de la política de Desarrollo Alternativo en la situación actual de Colombia es su incidencia y cumplimiento de objetivos en medio de la guerra. En ese sentido, la estrategia del presidente Álvaro Uribe es sustancialmente diferente de las dos administraciones que le antecedieron. En sus enunciados políticos sobre el tema, tanto Ernesto Samper como Andrés Pastrana entendieron el desarrollo alternativo con una función de emergencia social por las fumigaciones aéreas, tratando de neutralizar los efectos deslegitimadores de una tarea que buscaba satisfacer las presiones de Washington. Para su implementación se promovieron acuerdos individuales (Samper) o Pactos de Erradicación Manual (Pastrana). Sin embargo, las movilizaciones campesinas de 1996 ponían de presente la dimensión del fracaso del primero. El pésimo manejo institucional, que llevó hasta la desaparición del órgano rector del desarrollo alternativo, PLANTE, puso en evidencia la crisis en el caso del segundo.

Uribe Vélez ha señalado que su política de desarrollo alternativo no tiene nada que ver con un papel de emergencia y que su implementación se basa en el desarrollo regional. Sin embargo, esta aparente revolución no resulta muy bien librada cuando se contrasta con el proceso real.

El modelo transaccional (erradicación anticipada del cultivo ilícito a cambio de financiación de proyectos locales) ejecutado por el proveedor del 92% de los recursos para desarrollo alternativo en Colombia, USAID, no tiene nada que ver con el esquema de desarrollo regional de Uribe. Es exactamente lo contrario: un acuerdo alrededor de un compromiso para borrar un cultivo ilícito de un área determinada, cuya sola disminución es el indicador de éxito del programa y no ‘el desarrollo regional’ que supondría un proceso mucho más complejo y acuerdos que irían más allá de erradicar la coca o la amapola.

Si el papel del desarrollo alternativo es complementar el objetivo de ganar un territorio para el Estado en aquellas zonas controladas por grupos armados, es dudoso que la actual política de drogas, complementaria al esquema de seguridad democrática, responda realmente a una perspectiva sensata de manejo del contrabando de drogas y a una visión moderna de legitimación estatal. Dados los múltiples efectos negativos que generan las fumigaciones aéreas indiscriminadas para las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes de la zona andina, de la amazonía y el Pacífico, confirmados por la Defensoría del Pueblo y la Contraloría General de la República, la legitimidad del Estado está en serias dificultades. El agravamiento de la situación alimentaria, el incremento del desplazamiento forzoso, la crisis de gobernabilidad local y regional aceleradas por la guerra y la actual política de drogas así lo constatan.

Si bien la producción y el mercadeo de bienes son retos importantes para el éxito de las políticas, la discusión principal no es reductible a la esfera económica del desarrollo alternativo. En escenarios de conflicto, la pregunta estratégica es qué condiciones de respeto a la vida y libertad de las personas está contribuyendo a generar el desarrollo alternativo; qué gobernabilidad están logrando realmente los poderes locales; qué ampliación de la democracia, fortalecimiento y participación de las comunidades se está alcanzando.

En fin ¿qué legitimidad está construyendo el Estado? Insistimos en que por la vía de las fumigaciones aéreas, por el camino de incrementar la crisis humanitaria incorporando civiles a la guerra, muy poco se está logrando para un desarrollo sostenible en lo político y económico. Entonces cabe la pregunta: ¿Vale la pena medir el supuesto éxito del desarrollo alternativo por el número de hectáreas erradicadas, cuando en realidad se está abonando el terreno para más violencia e inestabilidad de las regiones sin Estado? El indicador de áreas erradicadas servirá en Washington. En el sur es este contexto político y social el que nos dice lo que realmente está pasando. O si no miremos lo que pasó con el ‘éxito boliviano’. Pero en Colombia es difícil canalizar esas frustraciones en términos políticos como en Bolivia. Desgraciadamente, allí son casi siempre caldo de cultivo para más guerra.


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