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 Drogas y Conflictos: desarrollo alternativo y conflicto en Colombia

Resolución y prevención de conflictos

Por Ricardo Vargas

Parte 2 /4

Desarrollo alternativo y guerra en Colombia

El gobierno de Colombia ha calificado el 2002 como un año exitoso en materia de erradicación de cultivos de coca. La afirmación procede principalmente de las cifras arrojadas por el Proyecto SIMCI de la Oficina contra la Droga y el Delito de la ONU (UNODC), según las cuales Colombia redujo el número de hectáreas de 144.807 en el 2001 a 102.071 en el 2002.

Las autoridades antinarcóticos de EEUU han recibido con más cautela las cifras de sus fuentes, principalmente la CIA, las cuales precisan que Colombia pasó de 169.800 hectáreas en el 2001 a 144.450 en el 2002.

Según esta última cifra, el área regional andina de coca no sufre una mayor disminución al situarse en 204.850 hectáreas, (véase Gráfico 1) es decir, se mantiene en unos márgenes relativamente estables de acuerdo con el comportamiento a lo largo de la década de los noventa y lo que va del nuevo milenio.

La razón de esa estabilidad relativa tiene que ver con la situación de Bolivia, que experimenta una dinámica ascendente, tras situarse en 14.600 hectáreas en el 2000, y hoy eleva su área a 24.400, un significativo 67.12% con respecto a ese punto más bajo. Por su parte Perú, de acuerdo con Washington, mantiene un área estable que promedia las 35.000 hectáreas.

En el marco de este escenario, las autoridades colombianas se aprestan a impulsar una aspersión aérea mucho más radical para 2003, al proponerse fumigar el equivalente de 200.000 hectáreas, casi el doble del número de hectáreas existentes, de acuerdo con las cifras de SIMCI. La idea es superar el poco espacio de diferencia que presenta la relación entre número de hectáreas de coca y las fumigaciones en el 2002. Con una fumigación que supere las cifras de 2002, se busca afianzar esta tendencia.

En segundo lugar, el interés del gobierno colombiano se centra en la necesidad de "golpear las finanzas" de la insurgencia siendo este, en la actual fase de la guerra interna, el punto nodal que está marcando las decisiones en materia del plan de seguridad del presidente Uribe.

En tercer lugar, en el contexto internacional, se busca afianzar una relación bilateral con Washington alrededor del diagnóstico y las soluciones de fuerza en la intrincada relación de "Drogas y Terrorismo", con lo cual se afianza la utilidad de la ayuda de EEUU en el marco del Plan Colombia. De este modo se continúa avanzando en crear la necesidad de una mayor incorporación de la administración de EEUU en la guerra interna colombiana, que es, en última instancia, el propósito estratégico de Bogotá.

Gráfico 1 Áreas de coca en la región andina 1992-2003

Fuente: Departamento de Estado de EEUU

Gráfico 2: Áreas de coca y áreas fumigadas 1992-2003

Fuente: Departamento de Estado de EEUU y Policía Antinarcóticos

En este contexto el desarrollo alternativo en Colombia enfrenta serios retos e incertidumbres:

  • El perfil de la fumigación como instrumento de la guerra y la búsqueda de Bogotá de un mayor compromiso de Washington en un modelo de resolución del conflicto mediante la confrontación de los grupos alzados en armas, uno de cuyos primeros pasos es la extensión del uso del Plan Colombia hacia ese escenario, le empieza a generar serios inconvenientes a los programas de desarrollo alternativo. La identificación de estos programas como parte de un conjunto de medidas dirigidas a recuperar prioritariamente la autoridad del Estado, lleva a que sean señalados por quienes controlan la mayor parte de las zonas cocaleras como articulados a la estrategia global propuesta.

  • El incremento de la lucha de los grupos armados, involucrando crecientemente a la población civil, está convirtiendo a la sociedad de estas zonas en objetivo militar. Los actores armados desarrollan un control sobre la población para facilitar el dominio de aquellos territorios que ofrecen condiciones alrededor de puntos estratégicos para la comercialización y rutas de transacciones ilegales (drogas, armas, pertrechos), lo que está generando un escenario que golpea duramente las condiciones políticas locales (amenaza de alcaldes, concejales, sistema de justicia, etc) incrementando la ingobernabilidad y, como consecuencia, generando mayor incertidumbre e inseguridad generalizada, lo que facilita el fortalecimiento de los grupos alzados en armas.

  • La administración Uribe propone una "alianza" frente a la sociedad civil para buscar la legitimidad estatal. Sin embargo, tanto el contenido como la forma que se utiliza se basan en un modelo de establecimiento de la autoridad que privilegia el uso de la fuerza, por encima de una verdadera concertación cuyo propósito fundamental debería ser la superación de la grave situación económica, social y de derechos humanos que viven regiones como el sur de Colombia, Catatumbo o Arauca. La sobrevaloración de la insurgencia como causa de la crisis de la situación social, económica y política regional, conduce a desconocer evaluaciones de fondo acerca el tipo de institucionalidad y ejercicio del poder que subyacen a la crisis de legitimidad del Estado.

  • En ese sentido, Uribe establece una visión unidimensional en el tema de la legitimidad estatal que conduce a relevar el ejercicio de la fuerza y establece la relación con la comunidad alrededor de esa pretensión. Todo esto, bajo un modelo que acentúa la condición centralista del ejercicio del poder. Puesto este esquema en el tratamiento de los cultivos ilícitos, la fumigación compulsiva junto con la negación de procedimientos que le permitan a las comunidades soluciones concertadas a través de procesos de erradicación manual sostenibles en el largo plazo, crean una mayor incertidumbre en las regiones productoras, quedando atrapadas en un escenario de guerra promovido tanto por el Estado como por los grupos insurgentes.
  • Al conjugarse el tratamiento del problema de los cultivos ilícitos como consecuencia de un diagnóstico que los releva en tanto fuente estratégica de financiación de la guerrilla y en segundo lugar, el efecto compulsivo de la erradicación para el cumplimiento del principal indicador de éxito del programa en Washington, esto es la cifra de su disminución, lleva finalmente a afectar el peso político del desarrollo alternativo quedando envuelto en una simbiosis compleja del uso de la fuerza. Dimensiones significativas relacionadas con la prevención y manejo eficiente de la crisis humanitaria, las garantías a los derechos fundamentales de la población afectada por una guerra que cobra relevancia geopolítica en las zonas cocaleras, el desarrollo eficiente de la gobernabilidad y justicia como bases de legitimación estatal, son fenómenos todos que muestran resultados muy pobres en el nivel de lo social y un alto costo estratégico en la pretensión central de legitimar al Estado. En otras palabras, la misma estrategia antidrogas limita la creación de condiciones políticas básicas consideradas centrales para el cumplimiento de los fines socioeconómicos del desarrollo alternativo.


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