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Parte 1 /3
Este artículo
constituye un fragmento del ensayo:
"Más allá del
desarrollo sostenible:
la construcción
de una racionalidad ambiental
para la
sustentabilidad: una visión desde
América Latina"
Cultura y sustentabilidad
Frente al dominio de la racionalidad económica en el proceso
de globalización, en los últimos diez años se han venido afianzando los
principios de una "cultura ecológica", que movilizan y guían los procesos
sociales hacia el desarrollo sustentable arraigados en racionalidades
culturales constituidas por las diferentes formas de organización simbólica
y productiva de los pueblos indios y de las comunidades campesinas. Estas
racionalidades culturales comprenden un complejo sistema de valores,
ideologías, significados, prácticas productivas y estilos de vida que se han
desarrollado a lo largo de la historia, que se especifican en diferentes
contextos geográficos y ecológicos y que se actualizan en el presente como
estrategias alternativas de sustentabilidad frente a la racionalidad
imperante del mercado global.
La degradación ambiental y la destrucción de sus recursos,
causados por el proceso de crecimiento y globalización económica,
enmascara-das hoy en día por el propósito de un "desarrollo sostenible", han
estado asociadas a la desintegración de valores culturales, identidades y
prácticas productivas de las "sociedades tradicionales" fundadas en otras
matrices de racionalidad mucho más próximas de una lógica ambiental. Frente
a estos procesos dominantes, las estrategias alternativas para el desarrollo
sustentable, basadas en la diversidad cultural, están legitimando los
derechos de las comunidades sobre sus territorios y espacios étnicos, sobre
sus costumbres e instituciones sociales, y por la autogestión de sus
recursos productivos. Los principios de diversidad en el ambientalismo
enfrentan la homogeneidad de patrones productivos, defendiendo los valores
de la diversidad de contextos ecológicos, la pluralidad cultural y la
preservación de las identidades de los pueblos. Estos principios éticos
aparecen como una condición para alcanzar los objetivos del desarrollo
sustentable a escala local y global.
Muchas de las condiciones ecológicas y culturales de una
sustentabilidad se han incorporado en las prácticas productivas de las
sociedades "tradicionales",1 y se reflejan tanto en sus formaciones
simbólicas como en sus instrumentos tecnológicos, configurados en largos
procesos de co-evolución con la naturaleza, de transformación ambiental y
asimilación cultural (Levi-Strauss 1972, Descola 1996). Las prácticas
productivas fundadas en la simbolización cultural del ambiente, en creencias
religiosas y en significados sociales asignados a la naturaleza, han
generado diferentes formas de percepción y apropiación, reglas sociales de
acceso y uso, prácticas de gestión de ecosistemas y patrones de producción y
consumo de recursos. De esta manera se configuraron las "ideologías
agrícolas tradicionales" (Alcorn 1989) y las "estrategias productivas
mesoamericanas" (Boege 1988), basadas en el uso múltiple y sustentable de
los "ecosistemas-recurso" (Morello 1986).
Estas estrategias culturales para el manejo sustentable de
recursos naturales se basan en la racionalidad cultural que subyace a las
clasificaciones de la naturaleza –la taxonomía folk– que refleja el
conocimiento local de diferentes grupos étnicos, es decir, los sistemas de
crencias, saberes y prácticas que forman sus "modelos holísticos" de
percepción y uso de los recursos (Pitt 1985). Estas formas de significación
están íntimamente incorporadas a las identidades culturales de los pueblos y
comunidades, configurando los estilos étnicos (Leroi-Gourhan 1965)
que organizan prácticas de uso de la naturaleza y que constituyen el
patrimonio de recursos naturales y culturales de las poblaciones
indígenas y las sociedades campesinas.
Desde perspectivas alternativas del desarrollo sustentable
de América Latina, varios autores han estudiado el funcionamiento de la
racionalidad ecológica de las prácticas productivas arraigadas el "estilo de
desarrollo prehispánico" (Gligo y Morello 1980), el "modo de producción
campesino" (Toledo 1980), las "complementariedades eco-simbióticas
verticales" (Condarco y Murra 1987), los campesinos de las florestas, como
los seringueiros de la Amazonía brasileña (Almeida 1992, Porto-Gonçalves
2001) y la "utopía andina" (Burgoa y Flores Galindo, 1982). Estos análisis
ponen de relieve los procesos mediante los cuales las diferentes culturas de
la región internalizaron las potencialidades ecológicas de sus territorios
en sus formas de organización productiva para el uso sustentable de la
tierra y de los recursos naturales. Estas prácticas tomaron en cuenta las
complementariedades de la diversidad ecológica y los espacios geográficos,
integrando regiones que se extendían más allá de los territorios de un grupo
étnico particular. Dicha estrategia permitió optimizar la oferta ecológica
de diversas geografías, el uso estacional de los espacios productivos y de
la fuerza de trabajo, el manejo de los ciclos y pisos ecológicos, así como
la fertilidad de la tierra y los tiempos y procesos de regeneración de los
recursos, para ensayar diferentes estrategias de policultivos, integrando la
producción local al espacio territorial a través del comercio interregional
y el intercambio intercomunal de excedentes económicos.
Los espacios étnicos de América Latina fueron y siguen
siendo hoy escenarios de estrategias de supervivencia y de etno-eco-desarrollo
mediante el desarrollo de prácticas productivas sustentables; así se
generaron importantes tecnologías agrícolas y trabajos públicos para el uso
sustentable de recursos hidrológicos y para el incremento de la fertilidad
de la tierra, técnicas para la conservación de agua y la prevención de
erosión, así como de variadas innovaciones y estrategias agroecológicas:
terrazas, chinampas, andenes y camellones (Murra 1975, Romanini 1876,
Denevan 1980a, 1980b, Masuda et al. 1985, CEPAL-PNUMA 1983, de la
Torre y Burgoa 1986, Uribe 1988, San Martín Arzabe 1990, Altieri y Nicholls
2000). Este vasto repertorio de conocimientos técnicos y prácticas
productivas permitió el desarrollo y guió la evolución de las diferentes
culturas que habitan la región andina y las zonas tropicales americanas.
Las culturas autóctonas han resistido y asimilado procesos
de aculturación y cambio tecnológico en el curso de la historia, reafirmando
y transformando sus rasgos identitarios. Así, las culturas indígenas
americanas han preservado y redefinido sus identidades en sus encuentros y
fusiones interétnicas en el período prehispánico y en los procesos de
mestizaje que siguieron después de las conquistas española y portuguesa. De
forma similar, la supervivencia de los "pueblos originarios" en nuestros
días está llevando a las poblaciones indígenas a resignificar sus
identidades y a hibridar sus culturas frente a las estrategias económicas y
tecnológicas para reapropiarse la naturaleza y la biodiversidad (Escobar
1997a, 1997b).
Hoy en día, la cultura está siendo revalorizada como un
"recurso para el desarrollo sustentable".2 En esta perspectiva, el
legado cultural de los pueblos indígenas en Latinoamérica aparece como una
parte integral de su patrimonio de recursos naturales, definido a través de
las relaciones simbólicas y productivas que han guiado la co-evolución de
naturaleza y la cultura a través del tiempo. La organización cultural de las
etnias y de las sociedades campesinas establece un sistema de relaciones
sociales y ecológicas de producción que de soporte a prácticas alternativas
de manejo integrado y sustentable de los recursos naturales.3
Los saberes locales y la reapropiación indígena de la
naturaleza
Los saberes indígenas y sus derechos de apropiación de la
naturaleza se han abierto camino lentamente dentro de la agenda del
desarrollo sustentable. En este sentido, el Principio 22 de la Declaración
de Río señala que: "Los pueblos indígenas y sus comunidades, así como otras
comunidades locales, desempeñan un papel fundamental en la ordenación del
medio ambiente y en el desarrollo debido a sus conocimientos y prácticas
tradicionales. Los Estados deberían reconocer y prestar el apoyo debido a su
identidad, cultura e intereses y velar porque participaran efectivamente en
el logro del desarrollo sostenible".
Adicionalmente, los principios 9 y 10, relativos al
acrecentamiento del saber científico y tecnológico, a través del
intercambio, el desarrollo, la transferencia, la adaptación y la difusión de
las ciencias y la tecnología, así como el de la participación de todos los
ciudadanos han repercutido en el Convenio sobre la Diversidad Biológica,
como lo destaca el debatido inciso J del artículo 8;4 los incisos C
y D del artículo 10,5 el inciso 2 del artículo 176 y el
inciso 4 del artículo 18.7
En la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, la
participación indígena tuvo lugar en foros específicos pero también en los
de tipo general, en donde quedó claro que es a través de sus patrimonios
culturales, y en particular de sus saberes, que pueden y deben participar
ampliamente en tanto que pueblos en el establecimiento de
estrategias, programas y proyectos para el desarrollo sustentable (Warren
1991, Argueta 1993, Davis y Ebe 1995). De entonces a la fecha el tema ha
sido de gran significación e importancia para diversas organizaciones
indígenas, entre las que destacan aquellas de carácter regional y global
como la Alianza de los Pueblos de los Bosques Tropicales, la Red Indígena
sobre la Convención de la Biodiversidad, la Organización Vía Campesina y
otras, que vienen participando activamente en los asuntos prioritarios en la
agenda global como el Convenio sobre Diversidad Biológica.
Los saberes indígenas son parte de un conjunto mayor que se
denomina "saberes locales", "sabiduría popular", "folklore", o en formas más
precisas: "ciencia indígena" (De Gortari 1963), "macro-sistemas"
(López-Luján y López-Austin 1996), "ciencias nativas" (Cardona 1986),
"conocimiento popular y ciencia del pueblo" (Fals Borda 1981, 1987),
"conocimiento campesino" (Toledo, 1994), y que a su vez son incluidos en
dominios más amplios tales como "saberes subyugados", "tradición científica
no occidental" o "ciencia emergente". En la literatura anglosajona se les
denomina: traditional know-ledge, non western knowledge o
traditional ecological knowledge.
En términos generales, estos saberes son conjuntos de
conocimientos prácticos, experimentales y reflexivos, que han sido
patrimonio cultural de los pueblos y que se transmiten entre generaciones.
Se trata de un conjunto muy diverso de saberes, a los que denominamos
"sistemas de saberes indígenas" (Argueta y cols. 1994), arraigados en los
campos que constituyen el patrimonio natural y social de los pueblos: la
tierra como referente central y base de la producción alimentaria y la
reproducción social; el cuidado de la salud y apoyo contra la enfermedad; el
territorio y la naturaleza como espacios de elaboración y reelaboración de
la identidad; el lenguaje y los sistemas de comunicación; la historia y la
memoria colectiva; las normas de convivencia entre parientes y vecinos; las
relaciones con otros pueblos y sociedades que se expresan en las formas de
convivencia y en el derecho consuetudinario; los mitos y ritos, la
religiosidad y las festividades donde se plantean las interrogantes de la
vida trascendente de los pueblos. En este punto es importante recordar las
propuestas de Baraona (1987), Leff (1998), Toledo (1994) y Villoro (1989)
relativas a los componentes del corpus y la praxis de los saberes campesinos
e indígenas, las diferencias y las similitudes entre la ciencia y la
sabiduría, y a los saberes ambientales estructurados como formas de
apropiación cognoscitivas, como respuestas a los problemas que se han
enfrentado y que enfrentarán en el futuro para la sustentabilidad de sus
culturas y su etno-eco-desarollo.
Notas
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