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Parte 1 /2
Este artículo es una versión abreviada del documento
elaborado por la autora
para el proyecto sobre Género, Democratización y
Buena Gobernanza,
del Instituto de Investigación para el Desarrollo Social
de Naciones Unidas
(UNRISD por sus siglas en inglés), Beijing + 10, 2005.
El nuevo perfil del gobierno local en América Latina
El municipio es la célula primaria del gobierno de
las comunidades y la institución política-administrativa de base territorial
con personalidad jurídica expresada en el derecho público, que se encuentra
más próxima y visible a la ciudadanía. El origen del municipio español
heredado en América Latina, tiene raíz en la forma administrativa adoptada
por el imperio romano cuya unidad básica de gobierno era conocida como
municipium: del latín munia que significa oficio, obligación, y
capere que significa tomar, hacerse cargo de algo. Etimológicamente
el término municipium definió a las poblaciones en las que los
ciudadanos tomaban para sí las cargas, tanto personales como patrimoniales,
necesarias para atender lo relativo a asuntos y servicios locales de las
comunidades. De ahí deriva el concepto de múnicipe que alude a los
propios gobernantes, o a los habitantes de las circunscripciones municipales
(Mata y Valdés, 2003). La conquista española y la herencia hispana marcaron
fuertemente la naturaleza subordinada, débil y autoritaria de los municipios
a lo largo del proceso histórico latinoamericano. Nunca constituyeron los
municipios "una escuela de la democracia", sino hasta recientemente en
algunos casos.
En América Latina el régimen de gobierno municipal tiene
como base el modelo español predominando el tipo "clásico" o "dual"
compuesto por dos órganos de gobierno y administración: el ejecutivo
representado por el alcalde1 y el deliberativo representado por el cabildo
o consejo municipal2. En algunos países como Argentina, la división de
poderes entre el ejecutivo y el deliberativo está legalmente establecida, el
alcalde no es miembro del Concejo Deliberante; en otros como México no
existe la división de poderes, el alcalde forma parte del cabildo y tiene
voto de calidad. El cabildo es el órgano colegiado de gobierno integrado por
el ejecutivo, los regidores3 y síndicos4. El cabildo es una herencia
política y cultural arraigada en los países de América Latina desde la época
colonial, cuando fue el primer sistema de gobierno local, pero "fracasó
rotundamente como caldo de cultivo de valores democráticos en la sociedad
latinoamericana durante la época colonial" (Nickson 2003: 2).
La vasta y compleja heterogeneidad es una característica
distintiva del universo municipal latinoamericano; diferencias contrastantes
de todo tipo no solamente entre los países sino dentro de cada país, sus
regiones y su propios territorios locales. Sin embargo, comparten rasgos y
situaciones comunes. Una de ellas es que la mayoría son rurales escasamente
poblados como se observa en el siguiente Cuadro 1 .
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Cuadro 1 Municipios de América Latina por rangos de población
Números absolutos - Década del 90
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|
Total hab |
0 a 1,000 |
1,001 a 5,000 |
5,001 a 10,000 |
10,001 a 25,000 |
25,001 a 100,000 |
100,001 a 500,000 |
Más de 500,000 |
|
14, 465 |
1,016 |
3,454 |
2,869 |
3,983 |
2,509 |
563 |
71 |
Fuente: Sierra, Juan,
1998
De un total de 14.465 municipios 95,6% tienen sólo hasta
100.000 habitantes, lo cual muestra un patrón territorial de amplia
dispersión de localidades y extrema concentración de población en pocas
ciudades. De los 71 municipios de más de 500.000 habitantes, 29 tienen más
de un millón de habitantes y se encuentran: 2 en Argentina; 11 en Brasil; 3
en Colombia; 2 en Ecuador; 7 en México; 1 en República Dominicana; 1 en
Uruguay; y 2 en Venezuela (Sierra 1998). Hoy en día se calcula que existen
cerca de 16,000 municipios. Quienes observan desde los ojos europeos se
sorprenden y cuestionan el bajo nivel de municipalización que tienen los
países latinoamericanos. En cambio, muchos puntos de vista latinoamericanos
se preguntan y cuestionan si son viables y necesarios tantos municipios. El
Cuadro 2 muestra la relación de municipios por habitantes en 17 países.
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Cuadro 2: Número y tamaño promedio de los
gobiernos locales en América Latina (2003) |
| País |
Número
municipios |
Población |
Habitantes
por municipio |
|
Argentina |
1930 |
37 928 000 |
19 652 |
|
Bolivia |
314 |
8 697 000 |
27 697 |
|
Brasil |
5 507 |
174 485 000 |
31 684 |
|
Chile |
335 |
15 579 000 |
46 504 |
|
Colombia |
1 098 |
43 745 000 |
39 841 |
|
Costa Rica |
81 |
3 942 000 |
48 667 |
|
Ecuador |
193 |
13 112 000 |
67 938 |
|
El Salvador |
262 |
6 524 000 |
24 901 |
|
Guatemala |
331 |
11 992 000 |
36 230 |
|
Honduras |
298 |
6 755 000 |
22 668 |
|
México |
2 430 |
100 921 000 |
41 531 |
|
Nicaragua |
151 |
5 335 000 |
35 331 |
|
Panamá |
74 |
2 940 000 |
39 730 |
|
Paraguay |
225 |
5 510 000 |
24 489 |
|
Perú * |
1 828 |
26 749 000 |
14 663 |
|
Uruguay ** |
19 |
3 381 000 |
177 947 |
|
Venezuela |
282 |
25 093 000 |
88 982 |
* Perú tiene una estructura de gobierno local a dos
niveles: 194 municipalidades provinciales y 1.634 distritales.
** Uruguay tiene sólo gobiernos
departamentales.
Fuente: Nickson, Andrew, 2003
La cantidad de municipios en cada país varía a medida que
se crean nuevos de acuerdo a distintos criterios, entre otros el tamaño de
la población. Brasil es el país que tiene mayor número de municipios: 5.559
(2004); le sigue México con 2.435 (2004).
Hoy en día todos los países de la región latinoamericana
tienen elección periódica y directa por el voto ciudadano de alcaldes y el
consejo municipal; sin embargo es evidente que las elecciones no garantizan
un buen gobierno democrático. El clientelismo, el caciquismo5, el
caudillismo6 y la corrupción son todavía rasgos estructurales de las
instituciones municipales, muy duros de erradicar. Instituciones locales que
han acumulado a lo largo del tiempo desprestigio y desconfianza frente a las
comunidades, y que revelan "una triste realidad llena de incompetencia,
inmoralidad e impotencia en el quehacer municipal" (Nickson 2003: 3). No
obstante esta realidad, son instituciones que se han comenzado a
transformar.
La municipalidad es la institución formal de gobierno local
en América Latina, basada en un territorio y conocida con distintos nombre:
Intendencia en Argentina, Uruguay y Paraguay; Prefeitura, en Brasil;
Alcaldía en Colombia y El Salvador; Corporación en Guatemala, Ayuntamiento
en México; Cantón, en Ecuador; Comuna en Chile. Con diferentes nombres y
otras muchas diferencias, de todos modos comparten procesos históricos
dominados por el fuerte centralismo del poder político y del patrón de
desarrollo. Pero hay una diferencia que prácticamente no se ha notado entre
sistemas federales y unitarios de organización del estado: la imponente
tradición centralista en América Latina que eclipsó la distinción entre
gobiernos locales en naciones federales y unitarias (Nickson, 1995).7
El rol y función tradicional de las municipalidades han
sido, y todavía es, la provisión de servicios públicos básicos (agua
potable, drenaje y alcantarillado, alumbrado público, aseo de calles, entre
otros); la construcción y mantenimiento de obras de equipamientos colectivos
como mercados, escuelas, parques y jardines, centros deportivos, centros
comunitarios, estaciones terminales de autobuses, entre otras. Servicios y
obras públicas generalmente insuficientes, de mala calidad y sin planeación.
Es típico que la gestión municipal oscila a la deriva entre las presiones de
las urgencias inmediatas, la lógica política de inaugurar obras de
"relumbrón" para lucimiento del alcalde o la alcaldesa, el sometimiento a
las políticas y decisiones que bajan desde los niveles superiores de
gobierno, e incluso de las agencias internacionales de financiamiento.
Además, buena parte de las energías de la gestión municipal latinoamericana
se gasta en hacer lobby y regatear alrededor de las antesalas del poder
político central, los recursos necesarios para proveer los servicios y
realizar las obras que demandan las comunidades locales.
El proceso de revalorización y revitalización de los
gobiernos locales latinoamericanos inició su larga marcha en la década de
1980, impulsado por reformas destinadas a redefinir el perfil y rol del
estado nacional. Reformas enmarcadas en el contexto de la crisis económica y
las políticas de ajuste estructural de esos tiempos. La descentralización
fue la política "estrella" del proceso apuntado a las instituciones
municipales de gobierno, la mayoría en estado de postración y total
incompetencia.
La crisis económica de la década de 1980 y las llamadas
reformas "neoliberales", no son los únicos factores que explican la
emergencia y avance la de descentralización en América Latina. Factores muy
influyentes son también los procesos de transición democrática de regímenes
militares a gobiernos civiles (casos Chile, Argentina, Uruguay, Brasil,
Perú, Bolivia), de apertura democrática es otros países, como México, y los
acuerdos de paz al término de una guerra civil como en El Salvador y
Guatemala. Es decir, la redemocratización de la región latinoamericana es el
otro contexto de la descentralización (Carrión 2003). Los nuevos movimientos
sociales, las luchas de las organizaciones populares urbanas y rurales, y
las movilizaciones cívicas por la democracia y los derechos humanos,
contribuyeron decisivamente a la redemocratización y la apertura de nuevos
espacios de participación social y política.
También en América Latina hay que señalar la influencia de
agencias internacionales de financiamiento, como el Banco Mundial,
comprometidas con el ajuste estructural exigido por el FMI en la década de
1980, que "descubrieron" la importancia de los gobiernos municipales para
generar más y mejor eficiencia del gasto público, achicando o eliminado los
ineficientes aparatos burocráticos del gobierno central, y acercar las
soluciones a las demandas y necesidad de la población local. El énfasis
sobre la descentralización y el fortalecimiento municipal respondía más a
fines de eficiencia técnica, administrativa y financiera de la gestión
pública, que a razones de incentivar la democratización de las instituciones
locales y la participación social. La experiencia latinoamericana enseña que
las reformas que se han venido implementando con distintos niveles de
articulación, profundidad, intensidad e impactos son muy diferentes en cada
país, y que el éxito de la descentralización depende, en gran medida, de que
los gobiernos nacionales y territoriales sostengan una estrategia
articuladora de la dimensión política, administrativa y fiscal de la
descentralización (Aghón y Cortés, 1998). Las políticas y los procesos de
descentración en América Latina han tenido una orientación marcadamente
municipalista, donde el terreno municipal constituye el principal escenario
que refleja las tensiones, conflictos, contradicciones, avances y logros de
la descentralización y el nuevo protagonismo de los gobiernos locales.
De ser simples proveedores y administradores de servicios
públicos, se están transformando en promotores y facilitadores del
desarrollo local integral. De ser siempre inducidos desde arriba a
reformarse, algunas municipalidades se están convirtiendo en inductores de
sus propias reformas, con la participación de la sociedad civil en la
gestión asociada de los diversos asuntos de interés público. Al contar con
la participación efectiva de la ciudadanía el gobierno local potencia su
capacidad de gestión y le otorga un sentido democratizador al proceso de
toma de decisiones. Una clave está en la voluntad y habilidad política e
institucional de propiciar y articular iniciativas, consensos y coordinación
con distintos sectores y organizaciones que conviven en la sociedad local,
alrededor de proyectos, planes y acciones que respondan al beneficio
colectivo y a los nuevos desafíos que enfrentan.
Este nuevo perfil del gobierno local está relacionado a un
asunto de gran importancia en América Latina que es el de la
gobernabilidad democrática. El término gobernabilidad no debe ser
confundido ni definido equivalente al término gobernanza (governance).8 La gobernabilidad se refiere a un conjunto de condiciones del sistema
político que juegan de mediación entre la sociedad y el estado, pudiendo
existir tres tipos de gobernabilidad: 1) la dictatorial, basada en
mecanismos represores de los derechos políticos, civiles y humanos,
comúnmente ejercida por regímenes militares; 2) la autoritaria, cuando
operan estructuras corporativas y clientelares con reglas del juego no
escritas ("usos y costumbres" del sistema político), de mando vertical,
generalmente mantenida por un partido político hegemónico (como en el caso
de México hasta el año 2000) , sólo capaz de procesar los conflictos siempre
y cuando no cuestionen las reglas del juego del sistema político; 3) la
democrática, cuya legitimidad surge del mandato de las urnas, son plenamente
vigentes las garantías y libertades cívicas y se respetan los derechos
humanos. La legitimidad es un componente esencial de la gobernabilidad
democrática, tiene su fundamento no sólo en la legalidad política y el
respeto a los derechos sino que también depende de la capacidad, eficacia y
rendimiento de los actores responsables del ejercicio del poder público en
los distintos niveles de gobierno, que logran el consentimiento, apoyo y
credibilidad de parte de la ciudadanía.
La gobernanza se refiere al estilo o la forma de gobernar
diferenciado del estilo jerárquico vertical, que se caracteriza por un mayor
grado de cooperación y coordinación entre el estado y los actores no
estatales, al interior de redes de decisiones y acciones que conectan el
sector público y el privado ( Mayntz, 2000; Brito, 2002). La gobernanza es
un atributo de los gobiernos y se la asocia a la discusión sobre el "Buen
Gobierno Local".
A la gobernabilidad democrática local se la vincula con dos
condiciones indispensables: la autonomía del gobierno local y la
participación ciudadana. La autonomía local comprende los derechos y deberes
de los municipios, el ejercicio libre de autogobierno y gestión, de manera
ser capaces de dar respuestas apropiadas a la diversidad de demandas
sociales y de promover el desarrollo local integral. La participación
ciudadana es un atributo de la gobernabilidad democrática y los gobiernos
locales, por su proximidad y relación más directa con los asuntos públicos
de la vida social cotidiana, suponen la apertura, promoción y la innovación
de espacios y canales de participación de la ciudadanía. Este supuesto nos
se verifica en muchas municipalidades de América Latina, así como tampoco la
autonomía municipal es respetada y verdaderamente ejercida, pero ambas
condiciones: autonomía municipal y participación ciudadana constituyen
imperativos y desafíos permanentes de la gobernabilidad democrática local.
Debido a su género, las mujeres través del desempeño de su
rol de gestoras sociales y su efectiva participación en la política informal
comunitaria, han contribuido y contribuyen a mantener la gobernabilidad
local logrando resolver carencias que se sufren en la vida cotidiana,
mediante la tenaz intermediación ante las autoridades locales, las luchas
populares y organizaciones comunitarias que encabezan en contextos de
pobreza y crisis económicas. Hay que señalar que gracias a los enormes
esfuerzos y desgastes de las mujeres de sectores populares y fracciones de
la clase media, las políticas de ajuste neoliberal y las crisis económicas
no han provocado crisis generalizadas de ingobernabilidad en los espacios
locales de América Latina. Como especies de "Hércules femeninas" desde la
década de los años ‘80 hasta el presente, aún parece normal e inevitable en
nuestros países que las mujeres soporten sobre sus espaldas la gestión
social que garantiza la gobernabilidad local, en la batalla cotidiana por la
sobrevivencia. Esta gobernabilidad como estabilidad del orden local que
contiene tal injusticia de género, es indeseable e intolerable.
Notas
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