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 La crisis del sistema de partidos políticos
y el experimento del gobierno sin partidos en Bolivia

Democracia y derechos humanos

 Por René Antonio Mayorga   

Parte 1 / 4

Desde hace muchos años, el sistema democrático en la región andina está asediado por una compleja crisis de gobernabilidad que se origina principalmente en la fragmentación de la representación política y de los sistemas de partidos así como en el desmantelamiento de las capacidades de los Estados para hacer frente a las crecientes demandas y conflictos sociales. En este panorama, Bolivia era una relativa excepción por la estabilidad política y económica que se basó en tres factores: un moderado crecimiento económico entre 1989 y 1997 de 4% anual, gobiernos de coalición estables y reformas institucionales del Estado que evitaron alternativas neopopulistas y autoritarias similares a las de Fujimori y Chávez. Sin embargo, a partir del gobierno de Banzer, el estancamiento de la economía, la crisis fiscal, la polarización política, el surgimiento de movimientos indígenas contestatarios y la multiplicación anómica de demandas y conflictos sociales y regionales se constituyeron en manifestaciones de una prolongada crisis de gobernabilidad que ha ensombrecido las perspectivas de supervivencia del régimen democrático.

La caída del gobierno de Sánchez de Lozada en octubre de 2003 -a raíz de una revuelta popular limitada al occidente del país- fue el clímax de esta crisis. No sólo significó la derrota política de un líder político y del principal partido de gobierno; tuvo también dos consecuencias catastróficas para el sistema político: el derrocamiento de dos partidos relevantes - el MNR y el MIR- que conformaron los gobiernos democráticos desde 1985 y el fin (temporal?) del sistema de gobiernos de coalición. Resultado de esta crisis de gobierno y Estado, el gobierno de Mesa lanzó un frágil experimento de "gobierno sin partidos" que ha estado atrapado en una lógica de ingobernabilidad. En consecuencia, Bolivia plantea, en la actualidad, la misma problemática de sistemas políticos en los cuales dos requisitos fundamentales de la viabilidad de regímenes democráticos se están desvaneciendo: la existencia de partidos políticos y de Estados capaces de cumplir con sus funciones básicas. La democracia boliviana se encuentra particularmente en una grave encrucijada porque los partidos políticos como actores claves del sistema político –sin ellos no hay democracia- están desgastados y arrinconados en un panorama antipolítico y antipartido que ellos mismos han creado.

Dado que los partidos no han estado a la altura de los desafíos, económicos y sociales, es necesario cambiar de óptica en el análisis de la crisis que afecta a los partidos. El enfoque teórico, que planteo en este trabajo, parte de la hipótesis principal de que los partidos políticos y el sistema que ellos conformaron, no se enfrentan a una serie crisis de descomposición, sobre todo, por la volatilidad de la representación política - éste es el planteamiento predominante que remite el problema a una crisis de confianza y credibilidad, lo cual es casi una tautología -, sino por las deficiencias y fracasos de los partidos en la gestión gubernamental y estatal. La crisis de la representación política es una consecuencia de la crisis de los partidos como actores gubernamentales y no a la inversa. Desde esta perspectiva, la cuestión esencial sería: ¿por qué los partidos no han tenido la capacidad de cumplir suficientemente con las funciones que la teoría política y el sistema democrático les atribuyen? Y como derivación también el problema que suscita la crisis en Bolivia y en la región andina: ¿Pueden los movimientos sociales, o podrán las llamadas "agrupaciones ciudadanas" y los candidatos independientes mejorar la representación política y sustituir a los partidos políticos como postulan la nueva CPE y muchos dirigentes sociales incluso dirigentes políticos como el ex –presidente Quiroga? ¿Es posible la democracia sin partidos políticos? Son tan grandes los contrastes entre la teoría de los partidos y el déficit de funcionamiento de éstos en América Latina que sorprende que haya un vacío enorme en la reflexión sobre las causas de esta gran brecha1.

Este artículo se propone abordar las causas principales que han provocado la crisis actual de los partidos políticos así como sus consecuencias más importantes. En primer lugar, analiza tanto los cambios del sistema de partidos políticos ocurridos en las elecciones de 2002 como sus implicaciones principales. En segundo lugar, trata de detectar las tendencias de descomposición del sistema de partidos y del liderazgo político en el escenario que emergió con el derrumbe del gobierno de Sánchez de Lozada. Finalmente, el artículo analiza el frágil experimento del gobierno apartidista de Carlos Mesa como producto de la crisis del sistema de partidos e intenta explorar algunas perspectivas probables que se derivan de aquel escenario para los partidos políticos.

Recomposición efímera del sistema de partidos: del multipartidismo moderado al multipartidismo polarizado

A partir de las elecciones de 1985, Bolivia tuvo un sistema multipartidista moderado que descansaba en un eje central o trípode de tres partidos –MNR, MIR y ADN-, cada uno de los cuales fue el pivote de cuatro gobiernos de coalición. En términos históricos, la constitución de este sistema de partidos fue crucial. Antes de la revolución de 1952, Bolivia había conocido -en el contexto de un sistema político oligárquico- un sistema multipartidista excluyente y de reducida capacidad de representación. La revolución de 1952 trajo como consecuencia no un sistema de partidos, sino el predominio absoluto de un partido verdaderamente hegemónico –el MNR- que llegó a confundirse con el Estado, asemejándose al PRI mexicano, pero sin llegar obviamente a alcanzar la solidez y longevidad extrema de éste. Sólo con la transición a la democracia se fue configurando un sistema multipartidista que devino en pocos años de fragmentado y polarizado en un sistema moderado -sustentado en el consenso básico sobre la necesidad de impulsar la democracia representativa y la economía de mercado- y en el cual ningún partido ejerció un real dominio hegemónico.

Después de confrontaciones destructivas entre los partidos y entre éstos y los movimientos sociales durante la fase de transición a la democracia, los partidos llegaron a conformar un sistema de partidos, es decir, un sistema de interacción partidaria de acuerdo a reglas de juego que norman la competencia democrática por el poder. A partir de 1985 y coincidiendo con las reformas estructurales de la economía, el sistema de partidos empezó a perfilarse como un sistema multipartidista moderado, caracterizado por tres elementos claves: una distancia ideológica relativamente leve entre los partidos grandes, una tendencia a la formación de coaliciones entre partidos de distintas posiciones; y una competencia partidaria predominantemente centrípeta (Sartori 1987: 227).

Cuatro factores históricos importantes incidieron en la formación de este sistema de partidos: 1) la derrota y el desplazamiento político de los partidos de la izquierda tradicional y del movimiento sindical, orientados desde la década de los 50 en objetivos radicales de cambio social y político; 2) la emergencia de posiciones centristas y gradualistas en amplios sectores de la sociedad; 3) la política económica de ajuste estructural tras la crisis de la economía estatista; y 4) la concertación y los acuerdos interpartidarios que hicieron posible gobiernos de coalición. Este fue un cambio institucional decisivo para el desarrollo del sistema de partidos porque los patrones de interacción y competencia se orientaron hacia la negociación y concertación entre los partidos, y hacia una convergencia programática en cuestiones de política económica y reforma política y, por lo tanto, hacia una competencia de tipo pragmático de propuestas concretas más que a una confrontación estéril de modelos utópicos de organización social y política. En consecuencia, el gran viraje político a mediados de los ochenta se produjo gracias a la implantación de una lógica democrática de acuerdos y consensos entre partidos que reemplazó la lógica tradicional de guerra implacable entre los adversarios políticos desbrozando así el terreno para una "democracia pactada" (Mayorga 1991).

¿Cuáles fueron los rasgos esenciales del sistema multipartidista? En primer lugar, tuvo lugar una reducción progresiva y sustancial del número de partidos y, por consiguiente, una disminución cualitativa del grado de fragmentación partidaria. La reducción del número de partidos llevó a un formato de sistema multipartidista moderado en torno a cinco partidos con representación parlamentaria importante. Con altibajos, el sistema empezó a experimentar -a partir de las elecciones de 1985- una fuerte disminución de sus componentes como se comprueba en la diferencia entre partidos y/o frentes electorales y partidos y/o frentes parlamentarios –es decir, aquellos que lograron acceder al Parlamento (Descargar Tabla 1, word).

El aspecto esencial de este proceso no sólo fue el descenso del número de partidos, sino la emergencia de una estructura de tríada partidista (MNR, MIR, ADN), es decir, de tres partidos relevantes en los cuales estuvieron concentrados el potencial de gobierno y la capacidad de coalición. En las elecciones de 1985 a 1997, estos tres partidos lograron conquistar conjuntamente el 65 % y el 57% de los votos y el 86% y el 54% de los escaños formando con la ayuda de partidos menores dos bloques –ADN/MIR y MNR- que se alternaban en el gobierno en coaliciones de diversa índole (Descargar Tabla 2, word). Nuevas agrupaciones políticas como CONDEPA, UCS y otros partidos menores sólo complementaron el "eje político" de tres partidos decisivos para la formación de gobiernos. En efecto, los resultados de las elecciones de 1993 y 1997 ampliaron el espectro de partidos con importancia parlamentaria de tres a cinco partidos con la inclusión de CONDEPA y UCS.

En segundo lugar, un rasgo definitorio del sistema multipartidista moderado fue la persistencia de mayorías relativas, razón por la cual ningún partido tuvo una verdadera hegemonía política. Pero la ausencia de una hegemonía mono- o bipartidista fue compensada por la formación de un trípode de partidos capaz de incorporar a nuevas fuerzas políticas. En tercer lugar, en el contexto de la nueva política económica, el sistema partidario desarrolló un tipo de competencia centrípeta que redujo sustancialmente la tradicional polarización y los antagonismos entre las tendencias de democratización liberal y la izquierda tradicional. Las distintas experiencias partidarias en los gobiernos de coalición –y sobre todo, la ruptura del Pacto por la Democracia entre el MNR y ADN en 1989- trajo consigo además un patrón de competencia bipolar puesto que la alternancia en el poder se ha producido entre el MNR, por una parte, y ADN en alianza con el MIR, por otra parte.

Es cierto que entre 1985 y 2000 nuevas fracturas ideológico-políticas entre los partidos que abogaban por la democracia representativa, la economía de mercado y el rol regulador del Estado, y aquellos que expresaban orientaciones populistas, comunitaristas y particularismos étnico-culturales marcaron la lucha política. Sin embargo, no tuvieron una influencia decisiva sobre el sistema político. Al contrario, la dinámica de relativa polarización que se desató con la emergencia de CONDEPA y UCS -dos partidos populistas de distinto signo, impulsados inicialmente por tendencias antisistémicas-, fue neutralizada por los efectos centrípetas del sistema de partidos y del sistema de gobierno llevando a una rápida integración de estos partidos neopopulistas y a la virtual desaparición de las organizaciones de la izquierda marxista (Mayorga 1995). Las contradicciones tradicionales entre la izquierda marxista-populista y las corrientes de derecha antidemocráticas se desvanecieron ampliamente. Como resultado, el espectro político quedó claramente definido por los partidos del "centro democrático" y un ambiguo proceso de resurgimiento y simultáneamente de rápida absorción de actores y movimientos neopopulistas. En este panorama, no cuajaron hasta las elecciones de 2002 los esfuerzos de organizar partidos o movimientos políticos sobre principios exclusivamente étnico-culturales y concepciones fundamentalistas. Por un lado, la política de inclusión en el sistema de representación continuaba siendo una de las asignaturas pendientes de mayor relevancia de los partidos políticos porque éstos no tuvieron la capacidad de representar las demandas étnico-culturales; por otro lado, se hacía evidente, en la década de los ochenta, la poca fuerza de las tendencias fundamentalistas y puramente indigenistas.

En resumen, cinco fueron los rasgos estructurales fundamentales del sistema multipartidista boliviano: un número efectivo de cinco partidos; la vigencia de un formato tripartidista, es decir, de una tríada de partidos relevantes parar la formación de coaliciones gubernamentales con mayoría parlamentaria; el pluralismo moderado y una polarización ideológica leve entre los partidos relevantes del sistema; la persistencia de mayorías relativas; y una competencia partidaria predominantemente centrípeta. 2

Notas


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Anexos: Tablas (Word)

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