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Parte 2 / 4
Las consecuencias de las elecciones generales de Junio de
2002
Para
comprender la actual situación política de un gobierno sin base partidaria y
los problemas principales del sistema de partidos es indispensable
remontarse a las elecciones presidenciales y parlamentarias del 30 de junio
de 2002 debido a los profundos efectos que tuvieron sobre el sistema de
partidos. A mi criterio, estos efectos fueron fundamentalmente a) una
significativa reconfiguración de los partidos relevantes del sistema, b) una
fuerte polarización entre los partidos predominantes y nuevas fuerzas
políticas, c) un avance cualitativo de la representación política por la
inclusión de sectores indígenas y campesinos al sistema político, y d) una
importante redistribución territorial del voto.
En primer lugar, las elecciones de Junio de 2002 generaron
una recomposición significativa del sistema de partidos políticos. La
mayoría de analistas habían pronosticado entonces un derrumbe inminente del
sistema. Pero esto no sucedió porque –a pesar de la dualidad de actitudes
del MAS, el MIP y el NFR frente al orden democrático- las reglas de juego de
la competencia política no perdieron su vigencia. El sistema de partidos se
mantuvo como un conjunto estable de partidos que interactúan según reglas de
juego aceptadas por todos. Lo que ocurrió fue un serio desgaste del sistema
de partidos por la desaparición y declinación de algunos de sus componentes
y la aparición de otros. Esto equivalía, en rigor, a una metamorfosis pero
no a una disolución del sistema de partidos como tal.3
Es indudable que el trípode de partidos se deshizo. Habiendo obtenido en las
elecciones de 1997 el 22.26% de los votos y 45 escaños, ADN sufrió una
catastrófica derrota convirtiéndose en un partido marginal y al borde de la
desaparición puesto que logró sólo el 3,4% de votos y 5 escaños. Esta
catastrófica derrota fue previsible y casi un resultado esperado debido a la
pésima gestión del gobierno de Banzer, cuya muerte terminó en comprometer
seriamente el futuro del partido. Para el sistema de partidos, la
marginalización de ADN supuso ciertamente el comienzo del ocaso del eje de
partidos que sostuvo el proceso democrático hasta ahora.
Sin embargo, la descomposición del trípode MNR, MIR, ADN no
trajo como consecuencia inmediata el derrumbe conjunto de los tres partidos
que lo conformaban ni tampoco el colapso total del sistema de partidos. El
trípode dejó de existir pero el MNR y el MIR mantuvieron provisionalmente,
aunque debilitados, su posición de partidos relevantes con capacidad de
coalición para formar una nuevo gobierno. El MNR ganó las elecciones por una
ligera mayoría relativa del 22.46% de los votos; sin embargo, obtuvo la
bancada más fuerte de 47 escaños mientras que el MIR con el 16. 32% de los
votos se colocó como tercera fuerza parlamentaria con 31 escaños de un total
de 157 escaños. Son estos resultados así como la polarización y las
presiones de la Embajada de los Estados Unidos para evitar el ascenso del
MAS los que abrieron la posibilidad de que el MNR y el MIR armaran una
difícil coalición parlamentaria y gubernamental, inicialmente con 78 escaños
o el 49.67% del Congreso -casi la mayoría absoluta de 79 escaños- para luego
obtener la mayoría absoluta con el apoyo de UCS (83 escaños o el 52.85% del
total de escaños). Por lo tanto, las elecciones de 2002 no desbarataron el
sistema de partidos ni dieron lugar a otro eje político alternativo con
capacidad de acceder al gobierno. Sin embargo, el porcentaje de escaños del
MNR y el MIR, como columna vertebral de la nueva coalición, significaba ya
un serio debilitamiento de los partidos relevantes y de las coaliciones
gobernantes si las comparamos con anteriores coaliciones como el Pacto por
la Democracia en 1985 entre MNR y ADN que tuvo 75% (119 escaños) o el
Acuerdo Patriótico en 1989 entre el MIR y ADN que logró 60% (94 escaños).
El sistema de partidos sufrió también una sustancial
modificación porque los dos partidos neopopulistas que surgieron a fines de
la década de los ochenta se hundieron: UCS pasó a la marginalidad al obtener
sólo el 5.5% de los votos y 5 escaños, y CONDEPA –un patético caso de muerte
anunciada- colapsó totalmente con apenas el 0.36% de los votos perdiendo así
su personería jurídica. Para tres de los cinco partidos importantes desde
1989, las elecciones significaron entonces la tumba o una caída en picada de
la cual será muy difícil recuperarse. Por otras dos razones, se puede decir
que la recomposición fue igualmente importante. Por un lado, nuevos
movimientos campesinos se transformaron en movimientos políticos logrando
una representación política de carácter histórico. El movimiento cocalero,
organizado en el MAS, se ubicó en segundo lugar con el 20.94% de los votos y
35 escaños Si se agrega la votación del MIP, que consiguió el 6.09% de los
votos y 6 escaños, ambos movimientos alcanzaron el 27. 03% de los votos y 41
escaños que constituyen el 26% del total de escaños en el Parlamento. Por el
otro lado, NFR se ubicó, en términos de votos, en el tercer lugar con el
20.91% de los votos pero, en términos de escaños, en el cuarto lugar. Aunque
el número efectivo de partidos se mantuvo inalterable en cuatro partidos, es
indudable que el sistema experimentó una notable transformación respecto a
los actores que lo componían
(Descargar Tabla 3, word).
La segunda consecuencia de gran alcance fue la polarización
del sistema multipartidista a causa del surgimiento de movimientos políticos
de tendencia fuertemente antisistémica -el MAS y el MIP- y, en menor medida,
de la neopopulista NFR. El poder parlamentario logrado por el MAS y el MIP
polarizó el sistema de partidos porque ambos se forjaron como movimientos
políticos hostiles y/o ambiguos en relación a la democracia representativa y
al modelo de economía de mercado. Se abrió así una nueva distancia
ideológica con los partidos sistémicos. El NFR es parte de este escenario de
polarización por ser un partido neopopulista que propone un retorno al
sistema de control estatal de la economía.
Estos partidos capturaron el descontento acumulado por la
crítica situación de pobreza y exclusión social, y por los graves
desaciertos del gobierno de Banzer. El electorado se dividió casi en dos
campos al decidirse por ofertas que proponían cambios radicales por la vía
del desmontaje radical –aunque no dio su respaldo a otros candidatos
antisistémicos como Costa Obregón- o por opciones de reforma moderada. Pero
la polarización no fue sólo el resultado coyuntural de la insatisfacción de
una parte considerable de la población, especialmente rural, con el
rendimiento de los partidos y de la política económica, sino que fue también
un efecto del resurgimiento de tensiones étnico-culturales que estuvieron
latentes desde la transición a la democracia y asumieron ahora una forma
política con los movimientos sociales de los cocaleros del Chapare y de los
campesinos aymaras del Norte de La Paz. Estamos, por cierto, ante la fuerte
politización de conflictos económicos y sociales que se desencadenaron en el
gobierno de Banzer, pero, a diferencia de lo que sucedió en el pasado, los
movimientos campesinos dieron mayor impulso a las dimensiones
étnico-culturales e ideológicas -la democracia comunitaria, el valor
cultural-simbólico de la hoja de coca, el rechazo a la economía de mercado y
la globalización- que ya estuvieron presentes en la práctica política de Evo
desde la formación del movimiento cocalero y su ingreso al Parlamento en
1997. Como reacción a la rígida política norteamericana y a la drástica
erradicación de cocales en el gobierno de Banzer y Quiroga, estos valores y
principios fueron explotados crecientemente como dispositivos de
justificación ideológica del principal objetivo en la lucha del movimiento
cocalero, la defensa de la economía de la coca.
Algunos piensan que han renacido las brechas entre la
derecha y una izquierda renovada, y que el MAS es la expresión de una "nueva
izquierda". Sin embargo, no se ha producido ni la resurrección de la vieja
izquierda marxista ni la emergencia de una nueva tendencia de izquierda
revolucionaria. La izquierda ortodoxa -comunista y trotskistas- ha
desaparecido del mapa y sus exiguos resabios incrustados en el MAS no son
sinónimos de renovación o innovación política. Es cierto que con el MAS y el
MIP se han replanteado temas de la izquierda tradicional como el
anti-imperialismo, la defensa de los recursos naturales y la recuperación de
la economía estatal. Pero estos elementos ideológicos son más bien
componentes de la izquierda tradicional, conservadora y no plantean un nuevo
modelo económico-social sino la restitución de un modelo populista. Y en el
ámbito de las dimensiones étnico-culturales, los programas del MAS y el MIP
son también expresiones políticas conservadoras y utópicas que miran hacia
atrás. Por esto, estos partidos ponen énfasis en la defensa de tradiciones
ancestrales, en la recuperación de territorios originarios y el futuro
político como retorno al mítico pasado del Incario (MAS 2002: 59-88, MIP
2002: 121-134). En ambos sentidos, emplear el término de izquierda es
inapropiado a no ser que establezcamos una errónea homología entre este
término, el rechazo radical al modelo económico-político, y una concepción
cíclica de la historia.
La actual polarización ideológica no se puede entender
entonces con los parámetros tradicionales de derecha e izquierda porque los
conflictos sociales se plantean, sobre todo para el MIP, desde una
perspectiva étnico-cultural. Por eso, nuevas contradicciones marcan el
actual escenario político y la dinámica del sistema de partidos:
contradicciones entre un modelo fundamentalista-étnico y un modelo
democrático-pluralista de organización política, entre la democracia del
ayllu y la democracia representativa, entre un modelo de economía de mercado
e inserción en el proceso de globalización y un modelo de economía
comunitaria y desarrollo nacional autárquico, entre una concepción del rol
del Estado como promotor y regulador de la economía y una concepción de
reestatización de la economía.
El tercer efecto de gran relevancia ha sido la inclusión de
nuevos sectores sociales al sistema político. Dadas las características del
sistema electoral de doble circunscripción y representación proporcional
personalizada que se aplica desde 1997, el sistema democrático demostró
tener una gran capacidad de inclusión y adaptación política a las nuevas
tendencias y demandas sociales. Si comparamos con intentos previos
realizados por partidos kataristas, tanto fundamentalistas como moderados,
en la década de los ochenta, es indudable que la lucha por la representación
política autónoma de la masa indígena y campesina dio un salto cualitativo,
cuya sustentabilidad está, sin embargo, por verse. Por diversas razones, los
partidos kataristas nunca habían superado antes el 2% de la votación. El
salto cualitativo en las elecciones de 2002 respondió a dos tendencias de
acumulación política de largo alcance que fueron desarrollándose en la
última década, particularmente a partir de la reforma electoral de
1994-1996, que ha impulsado la territorialización del voto, y a partir de la
aplicación de la ley de participación popular que ha creado nuevos espacios
de competencia política en el ámbito local-municipal. En primer lugar, y en
contraste con anteriores elecciones, grandes sectores campesinos e indígenas
participaron votando por opciones propias como el MAS y el MIP fortaleciendo
la tendencia hacia una representación político-partidaria autónoma basada no
sólo en demandas económico-sociales, sino en la politización del principio
de identidad étnico-cultural. En segundo lugar, se ha producido un notable
desarrollo de la representación política en la dimensión de la
representatividad, es decir, se abrió paso la representación "descriptiva"
que satisface el requisito de semejanza por el cual un sector social o
étnico-cultural tiende a elegir representantes que reflejan sus propias
características sociales y culturales. De este modo, en las elecciones de
2002, los campesinos aymaras eligieron a representantes aymaras o los
cocaleros del Chapare a sus dirigentes sindicales. El otro aspecto decisivo
ha sido que los movimientos indígenas desarrollaron la capacidad de
transformar su fuerza de movilización social en poder político e ingresar al
sistema político-institucional. Por consiguiente, las elecciones han sacado
a la superficie no sólo el potencial político de estos movimientos sociales;
han robustecido también la lucha de pueblos indígenas por una representación
política propia.4
Lo notable es que tanto el sistema electoral como el sistema
de partidos políticos no se cerraron al acceso de nuevas fuerzas sociales.
Ambos desplegaron más bien la flexibilidad suficiente para canalizarlas por
un cauce político permitiendo claramente que movimientos sociales e
identitarios pudieran transformarse en movimientos políticos con
representación política propia.5 Fue
decisiva para esta apertura la reforma electoral, realizada entre 1994 y
1996, mediante la cual los partidos políticos intentaron resolver una serie
de problemas que afectaron la representación política y el funcionamiento
del sistema de partidos. Para contrarrestar el creciente divorcio entre
electores y elegidos y hacer posible una cierta autonomía de los diputados
frente a las organizaciones partidarias con la representación territorial se
introdujo la diputación uninominal. Pero ya en las elecciones de 1997 en las
que se aplicó por primera vez, el nuevo sistema electoral de representación
proporcional personalizada para la elección de diputados, que combina
distritos plurinominales y distritos uninominales, demostró que sus efectos
principales no radicaron tanto en la disminución de la desconfianza hacia
los partidos o la reducción del número de partidos políticos y de la
volatilidad electoral. Sus efectos más contundentes - y mucho más aun en las
elecciones generales de 2002 – fueron la territorialización del voto, el
perfil del diputado uninominal como gestor de políticas municipales, el
reforzamiento de los partidos o movimientos con fuertes baluartes locales
así como el fortalecimiento de la representación corporativa y étnica
(Mayorga 2001a, 2001b). Precisamente movimientos políticos como el MAS y el
MIP sacaron muchas ventajas del sistema electoral incorporando a sus listas
de candidatos a dirigentes indígenas con fuerte presencia en sus distritos
rurales demostrando que el sistema electoral tiene un potencial nada
despreciable para promover la dimensión étnica de la representación.
Estimulado así por el sistema electoral, el viraje
cualitativo del sistema democrático residió principalmente en la
politización del pluralismo multiétnico y multicultural. Sin embargo, no es
menos cierto que con este giro se destaparon discrepancias conceptuales y
normativas sobre la democracia que anidan hace tiempo en el sistema político
y que están en la raíz de la polarización entre dos vías contradictorias e
incompatibles: una vía de ruptura con el sistema democrático, propuesta por
corrientes fundamentalistas en el MAS y el MIP, y una vía de democracia
multicultural centrada en el reconocimiento de las diversas identidades
étnico-culturales dentro del contexto constitucional y normativo del sistema
democrático-representativo. Ambos caminos expresan diferencias
culturales y normativas que reproducen una fractura política que el sistema
político había empezado a conciliar de manera democrática, aunque muy
limitada, con la ley de participación popular y la ampliación de la
participación política al campo parlamentario. Sin embargo, estas
iniciativas históricas de complementación de dos concepciones diversas de
organización política, que podrían convivir con mayores probabilidades de
éxito en el ámbito local y municipal, hizo crisis porque la política de la
participación popular en un contexto de grandes limitaciones económicas,
sociales e institucionales–especialmente en los municipios andinos- fue
desvirtuada por el prebendalismo de los partidos políticos exacerbándose así
las tensiones étnico-culturales. De esta manera, tanto la inclusión de
amplios sectores indígenas y campesinos al sistema político como la
ampliación de la participación política corren el riesgo de naufragar. ante
las debilidades institucionales del Estado y de los partidos políticos.
Es en este contexto que el MAS y el MIP surgieron como
movimientos identitarios definiendo su acción política y movilización según
la lógica de la "demarcación étnica de límites" (Eder 2001: 202). Estos
movimientos comenzaron a explotar políticamente códigos discursivos insertos
en el principio de la defensa de identidades colectivas indígenas para
refundar el sistema político. Como vimos, entre estos códigos están
principalmente la democracia del ayllu, la hoja de coca como símbolo
cultural, la idea de la apropiación y el control integral de "territorios
originarios", y sobre todo la recuperación de un pasado indígena considerado
como época de oro.
Finalmente, el cuarto efecto importante de las elecciones de
2002 tiene que ver con la redistribución territorial y regionalización del
voto. Aunque el MNR y, en menor medida, el MIR fueron los partidos con mayor
proyección nacional, se dibujó, como nunca antes, una geografía electoral
por la cual la representación política se escindió territorialmente en dos
grandes regiones. Las manifestaciones más contundentes de esta fractura
fueron, por una parte, el triunfo del MAS por mayoría relativa en cuatro de
los cinco departamentos andinos donde está concentrada la población indígena
y donde la volatilidad electoral fue especialmente alta en el pasado (La
Paz, Oruro, Cochabamba y Potosí) y, por otra parte, la victoria del MNR
también por mayoría relativa en los departamentos orientales y amazónicos
(Santa, Cruz, Beni y Pando) y el triunfo aislado del MIR en Tarija. Por
tanto, la volatilidad electoral se reflejó de manera notoria en una abrupta
redistribución territorial del voto. Cabe suponer, por ejemplo, que en el
departamento de La Paz los sectores sociales que votaron en elecciones
pasadas por CONDEPA, decidieron ahora su voto por el MAS y el MIP que
conquistaron juntos 15 de los 34 escaños adjudicados al departamento.
Las elecciones de 2002 dieron lugar entonces a un sistema
con partidos de desigual fuerza y presencia regional; fenómeno que ha sido
reforzado por dos razones principales. El sistema electoral de doble
distrito impulsa, en efecto, la territorialización del voto en torno a
partidos o movimientos que tienen bastiones electorales locales y/o
regionales. Hay que considerar, además, que la elección por nueve distritos
departamentales con sistemas electorales distintos para la elección de
diputados y senadores ha creado una extraordinaria desproporcionalidad
territorial del voto –o "malapportionment" en la terminología de los
estudios electorales- que es de las más altas en Latinoamérica y en el mundo
(Samuels y Snyder 2001). Es decir, el principio de la igualdad del voto ha
sido vulnerado porque el voto de un ciudadano en Pando vale mucho más que en
La Paz o en Santa Cruz. Por ejemplo, en las elecciones de 2002, para elegir
un diputado plurinominal en Pando se necesitaron 3.270 votos y en La Paz
28.377 votos. Este es un problema que exige una nueva redistribución del
número de diputados por departamento de acuerdo al crecimiento demográfico o
la creación de un distrito nacional para la elección de diputados por listas
partidarias.
Repensando la representación política y la
institucionalización del sistema de partidos políticos
Las elecciones generales de 2002 desnudaron problemas
estructurales que arrastraban los partidos políticos, particularmente, en
relación a su capacidad de representación. Un problema fundamental fue la
volatilidad electoral. Los partidos defraudaron a vastos sectores de la
población provocando expectativas y esperanzas crecientes en nuevos líderes.6
Como señalan los resultados de las siete elecciones presidenciales
realizadas desde 1979, los nexos entre los partidos y la sociedad,
reflejados en el apoyo electoral, fueron frágiles. El voto fue sobre todo la
expresión de un apoyo condicional, dependiente de la personalidad de los
candidatos y del desempeño efectivo de los partidos en función de gobierno
en relación con demandas e intereses específicos como empleo, educación,
ingreso y vivienda. En principio, no se puede afirmar que el electorado
hubiera estado definido por fuertes identidades políticas, sino por la
disponibilidad política de amplios sectores pobres de la sociedad. En
efecto, para vastos sectores sociales no fueron las alternativas políticas,
ofrecidas por los partidos políticos lo que realmente importaba, sino la
probabilidad de que éstos tuvieran la capacidad de resolver los problemas
cotidianos de la gente. Por lo tanto, la volatilidad electoral se originó en
dos causas estructurales: por un lado, en el desgaste de los partidos en
función de gobierno a raíz de su insuficiente capacidad para obtener una
"legitimación por rendimiento" mediante políticas públicas eficaces; por el
otro lado, en transformaciones profundas de la estructura social que tienen
que ver con el crecimiento de la economía informal y la desaparición de la
economía estatal que erosionaron las bases sociales de lo partidos y, en
consecuencia, la representación política.
Los partidos políticos no tuvieron electorados permanentes,
ubicados en una determinada clase social, si bien los partidos relevantes
montaron bastiones regionales bastante estables. A partir de la crisis de la
economía estatal que llevó a la disolución de la clases obrera, los partidos
importantes tendieron a actuar como "catch-all parties" buscando representar
a diversas clases o segmentos sociales sin apelar directamente a algún grupo
social determinado o a una ideología clasista. Como resultado, tanto para
ellos como para sus electorados, las demandas políticas se transformaron en
demandas negociables y su racionalidad de acción fue, por esta razón,
pragmática. En Bolivia se ha reproducido así un fenómeno que es mundial: la
transformación de la naturaleza de la representación política misma impuso
un carácter fluido y funcional a los apoyos electorales.
Sin electorados estables, los partidos se vieron sometidos a
fuertes oscilaciones y desplazamientos de las preferencias electorales
cuya consecuencia directa fue precisamente la volatilidad electoral. Tomando
en cuenta la elecciones presidenciales y de diputados entre 1979 y 1993, la
volatilidad media en Bolivia fue de 36.1%, que comparándola con la
volatilidad media del Perú (54.2%) y la del Brasil (70%) en períodos
similares es relativamente baja. Son los sectores informales los que han
demostrado un enorme grado de fluctuación de sus preferencias electorales,
lo cual evidencia también que no estuvieron ligados a los partidos políticos
por razones ideológicas o programáticas. Con las excepciones parciales de
CONDEPA y actualmente del MAS, los partidos políticos no tuvieron un arraigo
en sectores sociales específicos. Así, por ejemplo, los sectores de clase
media, que entre 1979 y 1989 votaron preferentemente por ADN, desplazaron su
apoyo en 1993 hacia el MNR y en 1997 y 2002 volvieron en cierta medida a
apoyar a ADN y al MIR, y luego al MNR y al MIR respectivamente. De
los partidos creados en los últimos años, quizás sólo el MAS, que es en el
fondo un movimiento social, tenga alguna posibilidad de transformarse en un
partido con convocatoria estable, aunque restringida regionalmente a la
región andina del país, mientras que el NFR ha demostrado ser un partido
frágil cuyo crecimiento a escala nacional fue más aparente que real. Después
de la crisis de octubre de 2003, no hay elementos para sostener que el
ascenso logrado por el NFR en las elecciones de 2002 con un programa
populista y demagógico pudiera traducirse en una alternativa frente al
decaimiento de los partidos que fueron el eje del sistema político.
¿Refleja la inestabilidad de la representación política una
frágil y embrionaria institucionalización del sistema de partidos?
Mainwaring y Scully han planteado cuatro criterios efectivos para
diferenciar los niveles de institucionalización de los partidos políticos en
América Latina: 1) la estabilidad en las reglas de juego y el
fortalecimiento de la competencia interpartidaria; 2) la existencia de
partidos con fuertes raíces en la sociedad; 3) la legitimidad acordada por
los actores políticos al proceso electoral y los partidos; y 4) la
existencia de organizaciones partidarias bien establecidas (Mainwaring y
Scully 1995: 4-6). Con base en estos criterios, estos autores clasifican al
sistema de partidos de Bolivia, junto con el de Ecuador y Brasil, como un
sistema de partidos embrionario. En contraste, y aplicando los mismos
criterios, se podría evaluar de una manera más positiva los niveles de
institucionalización que relativamente alcanzó el sistema de partidos en
Bolivia hasta 2002, por lo menos, en tres aspectos. En primer término, el
sistema de partidos fue exitoso en crear una relativa estabilidad de las
reglas de juego y fortalecer la competencia entre los partidos. Si no fuera
así, el sistema de partidos no habría desarrollado la capacidad de acuerdos
y de formación de gobiernos estables de coalición. En segundo
término, a pesar de la grave erosión que sufrió el sistema partidista en las
elecciones de 2002, dos partidos –el MNR y el MIR- mantuvieron todavía su
arraigo relativamente estable en la sociedad como se demuestra por la
votación obtenida entre 1985 y 2002. En tercer término, no obstante el
rechazo de muchos dirigentes del MIP y del MAS, ahora parlamentarios, a la
"democracia burguesa", las reglas de juego y la legitimidad de los procesos
electorales no fueron cuestionadas.
Es en relación al cuarto nivel de institucionalización que
persistieron y persisten serias dudas, especialmente por los resultados de
las elecciones de 2002. Con la excepción my parcial del MNR y el MIR, los
partidos y nuevos movimientos políticos carecen de sólidas organizaciones y
de estructuras internas (Mayorga 2002: 167-213). Este es, en efecto, el
aspecto más controvertido y desigual. Impulsado por la ley de partidos
políticos y la ley electoral, se inició tardíamente en 1999 un proceso de
democratización interna de los partidos, que se estancó en una fase
embrionaria. Sin definir taxativamente cuáles deberían ser en concreto las
normas y procedimientos, los artículos 19 y 20 de la ley de partidos
políticos exigen a los partidos de modo general el ejercicio de la
democracia interna estableciendo normas de elección y nominación de
candidatos que garanticen la organización y el funcionamiento democrático de
los partidos. Esto me parece razonable porque se ha evitado imponer el
sistema de primarias imperante en Estados Unidos que ha tenido consecuencias
muy negativas sobre los partidos (Lijphart 1999, Dahl 1990). Lo menos que se
puede afirmar es que las primarias no favorecen necesariamente la
democratización de los partidos.7
Sin embargo, el proceso de democratización interna tuvo, por
muchas razones, resultados muy limitados y discutibles. Fue una constante
demanda de la sociedad, pero cobró impulso recién por las transformaciones
que trajo consigo la ley de participación popular elevando al municipio a
una categoría de primer orden del escenario político antes desconocida. Las
organizaciones de los partidos se vieron ante la necesidad de adecuar sus
estructuras a los nuevos espacios locales. Dada la flexibilidad de la ley de
partidos políticos, los procedimientos y los alcances de la democratización
interna fueron diferentes. Una primera diferencia radicó en los alcances de
las elecciones internas: si se debía elegir a todas las autoridades del
partido, incluyendo al jefe nacional. La otra diferencia consistía en el
carácter abierto o limitado de las elecciones; es decir, si los ciudadanos
con derecho a voto debían ser sólo los militantes o también los
simpatizantes o simplemente cualquier ciudadano como en Estados Unidos. El
MNR realizó las elecciones internas en julio de 1999 antes de la
promulgación efectiva de la ley de partidos políticos en agosto de ese año.
De acuerdo a sus estatutos, el MNR estableció procedimientos para la
elección directa de los dirigentes abarcando todos los órganos de dirección
nacional y territorial del partido como son la Convención Nacional
(compuesta por 642 delegados territoriales y 100 delegados funcionales y
sectoriales), el Comando Nacional (compuesto por 100 delegados territoriales
y 20 delegados funcionales y sectoriales) y el Comité Ejecutivo Nacional –el
máximo órgano de dirección- que esta conformado por el jefe nacional, dos
subjefes nacionales, 9 jefes departamentales y 9 delegados electos por el
comando nacional y el secretario ejecutivo. De este proceso se exceptuó al
jefe nacional del partido cuya elección sigue siendo una atribución de la
Convención Nacional. El derecho a voto fue ejercido principalmente por los
militantes, pero fue ampliado a los simpatizantes que en el momento de
elegir a sus candidatos debían firmar su adhesión al partido.
Comparando las tres elecciones internas de los partidos
realizadas entre 1999 y 2001, es claro que el único partido que logró
democratizar de manera limitada sus estructuras internas y además renovar
sus órganos de dirección ha sido el MNR. Aunque hubo también irregularidades
en los comicios, éstas no fueron de una gravitación negativa. Por el
contrario, en términos generacionales y de renovación, estas elecciones
tuvieron cierta importancia porque llevaron a la derrota de la llamada
"guardia vieja" y al ascenso de nuevos dirigentes a niveles de decisión en
el partido, particularmente en los órganos claves que son el Comando
Nacional y el Comité Ejecutivo Nacional. De los partidos históricos, cabe
recordar además que hasta ahora sólo el MNR logró reemplazar a su "jefe
histórico", Paz Estenssoro (1942-1988), quien fue sustituido por Sánchez de
Lozada en 1989. No obstante, las elecciones internas dejaron profundas
heridas entre los sectores antiguos y nuevos del partido así como recelos
entre los nuevos dirigentes que no quedaron satisfechos con las funciones
asumidas después de la Convención Nacional que reeligió a Sánchez de Lozada
como jefe del partido. Las elecciones internas tampoco tuvieron impacto
sobre la democratización del MNR en relación al desarrollo de prácticas de
debate colectivo y a la conducción democrática del partido. Sánchez de
Lozada se erigió y se mantuvo como caudillo indiscutido que impuso sus ideas
y objetivos.
En el MIR y ADN las elecciones internas tuvieron alcances
diferentes y fueron realizadas con muchos sobresaltos y vicios. Estuvieron
empañadas por graves dudas sobre la legitimidad de los procedimientos
utilizados como compra de votos, violación de las normas democráticas y por
acusaciones severas entre los candidatos, especialmente, entre candidatos a
jefes departamentales. El caso del liderazgo del MIR, un partido que se
concibe como socialdemócrata, es el más insólito por sus prácticas políticas
que han contradicho insistentemente su retórica democrática. Desde su
fundación en 1971 es un partido altamente caudillista que hasta hace poco
carecía de estatutos internos y no llevó a cabo un congreso partidario. Ha
sido y es un partido dependiente en extremo de su líder máximo, Jaime Paz
que resolvió sus disputas internas por la vía de la expulsión o
autoexclusión de los disidentes. Sus dirigentes en el nivel del Comité
Ejecutivo Nacional fueron designados directamente por el jefe del partido.
Sus patrones de acción han obedecido a las normas tradicionales del
clientelismo y prebendalismo, lo cual se ha puesto de manifiesto claramente
en varios departamentos del país en los cuales sus lideres regionales –los
denominados "cardenales"- actuaron como caciques de antaño.
Las elecciones internas del MIR de 2001, abiertas a
cualquier ciudadano que quisiera votar y limitadas a la elección de jefes
departamentales, fueron cuestionadas en ciudades importantes como Santa Cruz
y La Paz donde se decidió anularlas por el exceso de actos fraudulentos como
manipulación de registros provocando además serias fracturas y peleas
internas entre los "cardenales" y los llamados renovadores que se lanzaron
mutuamente acusaciones de manipulación electoral y compra de votos. En el
caso del MIR, es aún más difícil afirmar que las elecciones internas
hubieran promovido la democratización interna ni menos una renovación
legitimada de los liderazgos a pesar que en varias regiones del país
aparecieron nuevos líderes del partido. El partido emergió de su proceso
electoral aún con mayor dependencia de su líder y sin haber seriamente
saldado cuentas con varios dirigentes comprometidos desde hace muchos años
en flagrantes casos de corrupción.
En ADN las elecciones internas no fueron menos
cuestionables. Estas se realizaron para elegir a los jefes departamentales
estando restringido el derecho de voto a sus militantes. Pero, como en el
caso del MIR, hubo problemas escandalosos de transparencia en los
procedimientos. Las elecciones en La Paz fueron anuladas por la propia junta
departamental del partido y las de Potosí anuladas por la Corte Nacional
Electoral. En Cochabamba el prefecto departamental, miembro de ADN, fue
acusado por utilizar recursos humanos y financieros del gobierno regional
para ganar las elecciones, razón por la cual miles de militantes optaron por
renunciar al partido. En ADN es evidente que el intento de democratización
interna resultó frustrado porque no se legitimaron las dirigencias
regionales con procedimientos claros –los propios dirigentes violaron sus
estatutos internos y las normas institucionales- y la renovación de
liderazgos quedó entrampada en la lucha interna entre los grupos
modernizadores y tradicionales del partido. ADN, como en el caso del MIR,
continuó siendo un partido altamente dependiente de su líder, el Gral.
Banzer. Las elecciones internas no despejaron las sospechas fundadas de que
Banzer, como cabeza entonces del poder ejecutivo, apoyó de manera preferente
ciertos candidatos8.
Resumiendo, el balance que se puede hacer de los primeros
intentos de democratización interna entre 1999 y 2001 resulta muy pobre.
Sólo en el caso del MNR, llevó a una cierta democratización y renovación de
estructuras y liderazgos regionales y locales, mientras que, en el caso del
MIR y ADN, los procedimientos ilegítimos y las fracturas internas
entorpecieron ambos objetivos. En los tres casos la democratización tuvo en
común una serie de conflictos que pusieron en entredicho –en mayor o menor
medida- la cohesión de los partidos y la aceptación de corrientes
divergentes internas.9 Fue notorio sobre todo que la democratización
interna no tuviera ninguna relevancia para fortalecer a los partidos
haciendo de los nuevos dirigentes líderes representativos de la sociedad.
Notas
En el Ecuador surgió también hace pocos
años un fuerte movimiento indígena, el CONAIE y su brazo político Pachakuti,
que tuvo una fuerte influencia política pero sin lograr una representación
parlamentaria similar a la del MAS.
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