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 La crisis del sistema de partidos políticos
y el experimento del gobierno sin partidos en Bolivia

Democracia y derechos humanos

 Por René Antonio Mayorga   

Parte 3 / 4

¿Crisis de descomposición y colapso del sistema de partidos?

No obstante la volatilidad electoral y las enormes deficiencias de los partidos como organizaciones, el sistema de partidos pudo desarrollar un grado notable de estabilidad política basada en acuerdos y gobiernos de coalición hasta 2000. En una etapa crítica para la supervivencia de la democracia como fue el gobierno de la UDP, los liderazgos políticos tuvieron la capacidad de adaptación a los nuevos problemas que planteaba la necesidad de crear condiciones necesarias para la estabilidad y gobernabilidad del país. Desarrollaron estilos más adecuados al desarrollo democrático como la flexibilidad política, la capacidad de compromiso y búsqueda de consensos. ¿Cómo explicar entonces la profunda crisis actual del sistema de partidos políticos? ¿Qué causas estructurales y/o coyunturales están en la raíz de este proceso de involución? Sin suponer un enfoque determinista, pienso que una explicación satisfactoria debe combinar factores causales tanto estructurales como coyunturales que empezaron a manifestarse en el gobierno de Banzer (1997-2002) y finalmente hicieron explosión en la gran crisis que sobrevino después de las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2002. El débil gobierno de coalición de Sánchez de Lozada nació determinado por la polarización y el bloqueo entre parlamento y ejecutivo que fueron las dos consecuencias de carácter coyuntural más importantes en las que se condensaron aquellos problemas y limitaciones que los partidos políticos fueron acumulando y no pudieron superar a lo largo de la década de los noventa.

Una primera causa con implicaciones graves fue que las coaliciones gubernamentales llegaron a convertirse en mecanismos insuficientes de gobierno que provocaron la desnaturalización y desaparición del concepto y práctica de una oposición parlamentaria crítica y responsable. Similar a las experiencias de concertación y consenso entre partidos en la Colombia del Frente Nacional y en la Venezuela del Pacto de Punto Fijo, la política boliviana fue, en efecto, una política de acuerdos entre los líderes máximos de los partidos, algo así como una "conversación entre caballeros". Los partidos se habían afirmado como sujetos fundamentales de la política dentro del contexto institucional que definí como democracia pactada y presidencialismo parlamentarizado (Mayorga 1991, 2001c). Pero este tipo de democracia pactada decayó generando un estilo de hacer política hermético y prebendalista así como un serio aflojamiento de los nexos de los partidos con la sociedad civil.

Una segunda causa es la transformación de los partidos de mediadores entre el Estado y la sociedad en actores integrados al poder estatal que se produjo simultáneamente con la estabilidad política lograda. Es decir, la creciente penetración entre el Estado y los partidos implicó que todos los partidos importantes del sistema compartieran los recursos del Estado. Dado el control irrestricto de las instituciones estatales por los partidos políticos, el sistema de partidos se volvió un sistema autorreferente y de autoservicio; en el fondo, un sistema de partidos-cartel.10 Gobiernos estables de coalición transformaron al Estado en una estructura de incentivos y beneficios que absorbió a los partidos relevantes y pequeños. De forma paralela, los partidos se transformaron en máquinas electorales y agencias de distribución de cargos públicos y apropiación de recursos estatales desprendiéndose de sus referentes ideológicos y programáticos y relegando sus funciones de articuladores entre la sociedad y el Estado. No pudieron ni quisieron percibir la necesidad de establecer nexos más complejos y creativos con la sociedad civil.

La tercera causa reside en que esta doble transformación de los partidos políticos remató en un modelo hermético de gobernabilidad y en la deformación de la política de acuerdos interpartidarios como principio de formación de gobiernos de coalición. Intereses particularistas se fueron imponiendo sobre objetivos programáticos en las políticas gubernamentales. El modelo de gobernabilidad se desfiguró en los dos últimos gobiernos con el mero clientelismo y la repartición de cargos desplazando a segundo lugar los aspectos programáticos y la política de negociación con las organizaciones sociales. Por otro lado, los pactos políticos no se ampliaron a pactos sociales y, al final, los gobiernos de coalición con amplia mayoría parlamentaria terminaron suspendidos en el vacío. Los partidos dejaron de ser mecanismos eficaces de agregación y canalización de demandas y conflictos sociales y, sobre todo, mediadores entre la sociedad y el Estado. Como consecuencia, los gobiernos de coalición y las mayorías parlamentarias dejaron también de ser gestores de políticas públicas eficaces quedando inermes ante la ofensiva de los nuevos movimientos sociales indígenas y otras organizaciones sociales. La política se redujo al manejo mezquino del poder de facciones y camarillas carentes de visión de gran política ni de Estado. Fue sinónimo de vulgar negocio y de acceso al empleo para desocupados de diversos sectores sociales y, por supuesto, de enriquecimiento ilícito. El resultado perverso y negativo para la legitimidad democrática fue que los partidos, que tuvieron responsabilidad de gobierno, dilapidaron su capital político, corrompieron la política y, al final, desvirtuaron la democracia pactada.

La cuarta causa consiste en procesos de democratización interna que no alteraron el control caudillista de los líderes sobre las organizaciones partidarias. Se hizo evidente la contradicción aún imperante entre el sistema multipartidista competitivo y la organización interna antidemocrática de la mayoría de los partidos. La renovación regional y local de los partidos, en gran medida por presiones desde abajo ligadas a la ley de participación popular, no abrió suficientemente los cauces necesarios para lograr un impacto en las direcciones nacionales de los partidos.

Se puede identificar también una quinta causa estructural que explica el declive de los partidos políticos: las deficiencias de su organización interna repercutieron en la importante dimensión de la calidad del liderazgo político que no sólo no se pudo elevar, sino que fue descendiendo dramáticamente a niveles de incompetencia e irresponsabilidad. Como lo demuestran los gobiernos de Banzer (1997-2002) y Sánchez de Lozada (6 de Agosto de 2002- 17 de Octubre de 2003), los líderes gubernamentales no estuvieron a la altura de la complejidad de los problemas económicos y sociales que enfrenta el país y menos tuvieron la capacidad para resolver conflictos y negociar acuerdos con los actores sociales. Gran parte de la clase política no logró desarrollar la competencia profesional de sus cuadros de dirección, lo cual incidió negativamente en la capacidad de gestión gubernamental. La aplicación del nuevo sistema electoral para la elección de más de la mitad de los diputados en distritos uninominales fue también una causa adicional significativa: fortaleció la representatividad del sistema político y llevó a la renovación del 70% de la Cámara, pero tuvo efectos negativos al reducir los ya bajos niveles de profesionalización de los parlamentarios. Los diputados por distritos uninominales son más representativos, pero mucho menos competentes (Mayorga 2000). La crisis de los partidos se refleja, en consecuencia, como una grave crisis de liderazgo político sin alternativas visibles de renovación en el momento histórico actual. En la crisis de octubre de 2003, gran parte del liderazgo político dejó de ser adecuado y funcional para asegurar la viabilidad y la continuidad del sistema democrático. Si la democracia política es un "método competitivo de reclutamiento de lideres" (Sartori 1988: 198), hay muchas evidencias de que –por lo menos en la última década- en Bolivia no ha servido suficientemente a tal efecto.11

Un sexta causa reside en el carácter limitado del proceso de modernización del Estado. Las prácticas patrimonialistas de los partidos vulneraron y erosionaron los avances institucionales de la democracia. Esto suena a paradoja porque Bolivia fue considerada en el panorama latinoamericano como unos de los países reformadores más agresivos y como un "show case" por la aparente y feliz convergencia del ajuste estructural y el rediseño de las instituciones políticas. Sin embargo, la crisis actual del Estado desnuda claramente los límites del proceso de institucionalización. De hecho, no pudo cristalizar una política coherente y sostenida de modernización y construcción estatal al imponerse un estilo de institucionalización perversa; es decir, un proceso de reformas institucionales deformado por las prácticas patrimonialistas de los partidos. Las diversas reformas institucionales (participación popular, descentralización, reforma del poder judicial, etc.) fueron contradichas y contrarrestadas por intentos reiterados para conservar simultáneamente cotos reservados de control partidario, de prebendas y beneficios. Es decir, las nuevas instituciones no fueron suficientemente acompañadas ni reforzadas por cambios en los comportamientos y prácticas tradicionales de los liderazgos y partidos ni por la reorganización de la burocracia estatal de acuerdo a criterios de eficacia y competencia. Hay muchos argumentos para afirmar que la modernización del Estado fue en varios campos ficticia y que hubo, por el contrario, una seria erosión del Estado porque las reformas fueron corroídas por el manejo arbitrario del poder, como ocurrió con la descentralización, minando la capacidad estatal para afrontar demandas económicas y sociales así como para articular políticas de integración nacional.

Por último, es necesario referirse a una causa coyuntural: el estancamiento económico desde 1999, por efecto de la recesión internacional, se reflejó en la caída del crecimiento económico de una tasa promedio de 4% del PIB en la década de los noventa a un promedio de apenas el 2% del PIB entre 1999 y 2002. En una economía que sigue atrapada en el modelo tradicional de desarrollo sustentado en la exportación de materias primas de bajo valor agregado y, por tanto, de una economía vulnerable y dependiente del apoyo externo, las políticas económicas liberales y de fomento de la inversión externa generaron un desarrollo muy desigual de las regiones y de la distribución de ingresos. Además, el descenso de la economía fue agravado por una agresiva política de erradicación de la hoja de coca que tuvo el efecto de una contracción del PIB en un 8% en los últimos años.

Todos estos factores estructurales y coyunturales aceleraron un proceso de erosión de los poderes del Estado. Su capacidad para decidir sobre políticas públicas y su autoridad para implementarlas fueron seriamente cuestionadas. Se multiplicaron y agudizaron los conflictos sociales y los partidos más importantes del sistema se deslegitimaron en los dos últimos gobiernos de coalición como actores responsables y eficientes de gobierno y gestión estatal; no reaccionaron eficazmente con políticas públicas adecuadas a los problemas del desempleo, la pobreza y la corrupción al mismo tiempo que –en medio de la degeneración facciosa de la política- se cebaban en el uso predominantemente patrimonialista de los recursos del Estado. En el gobierno de Banzer se estableció una peligrosa dinámica no mediatizada institucionalmente entre el Estado y la sociedad creándose un círculo vicioso de movilizaciones, demandas y chantajes de toda naturaleza frente a las cuales el gobierno adoptaba la posición de ceder y capitular. Pero no sólo el poder ejecutivo se debilitó.12 Las demás instituciones del Estado como el parlamento, los gobiernos regionales y locales tampoco pudieron intervenir como articuladores y canalizadores de las demandas y conflictos sociales. En efecto, todas las instituciones principales del sistema democrático se debilitaron de tal manera que lo que empezó como falta de rumbo de la coalición de Banzer y crisis de la gestión gubernamental derivó progresivamente en una crisis de Estado -que afectó al poder ejecutivo, al parlamento, a las fuerzas armadas, la policía- y que se prolongó y acentuó en el gobierno de Sánchez de Lozada hasta su derrumbe en octubre de 2003.

En este efímero gobierno se vislumbraron claramente la decadencia de las coaliciones gobernantes y la parálisis estatal. La coalición de Sánchez de Lozada, enfrascada en el mezquino juego de la distribución de puestos en la administración del Estado, fue incapaz de imprimir cambios necesarios de rumbo a la política y menospreció la capacidad de movilización de movimientos contestatarios cayendo víctima de la paradoja de un gobierno de coalición con mayoría parlamentaria, pero paralizado en su capacidad de decisión. De hecho, en un escenario de polarización entre el ejecutivo y la oposición del MAS y de movimientos radicales, el gobierno no pudo tomar en absoluto ninguna decisión importante ni hacer aprobar o hacer aceptable ninguna ley relevante referida a los temas esenciales –reactivación económica, reducción del déficit fiscal, política de exportación e industrialización del gas, política de la hoja de coca vinculada al desarrollo basada en el desarrollo alternativo. El estrepitoso fracaso del gobierno de Sánchez de Lozada exacerbó entonces la perversa herencia que dejó el gobierno de Banzer: la crisis económica, la bancarrota de la autoridad del Estado, el divorcio Estado-sociedad y el desprestigio de los partidos políticos y el crecimiento de movimientos políticos anti-sistémicos. Y ambos gobiernos marcaron en dos etapas consecutivas un proceso de agotamiento de los partidos relevantes que más parece presagiar el hundimiento del sistema de partidos. En conclusión, factores causales tanto estructurales como coyunturales confluyeron en los gobiernos de Banzer y Sánchez de Lozada determinando un proceso regresivo de ingobernabilidad e incertidumbre.

Notas


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Siguiente: El experimento del gobierno sin partidos 

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