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 La crisis del sistema de partidos políticos
y el experimento del gobierno sin partidos en Bolivia

Democracia y derechos humanos

 Por René Antonio Mayorga   

Parte 4 / 4

El experimento del gobierno sin partidos: ¿la cuadratura del círculo?

El gobierno de Carlos Mesa, un "outsider" de la política, emergió gracias a que se impuso el mecanismo de la sucesión constitucional en un momento en el que el MAS y las organizaciones sociales que precipitaron la caída de Sánchez de Lozada apuntaban a una interrupción del mandato constitucional por la vía de elecciones anticipadas. Al asumir la presidencia en medio de una crisis sin precedentes, Mesa adoptó dos decisiones de gran gravitación que aferran como tenaza a su gobierno. La primera decisión fue formar un gabinete de independientes basándose en el supuestamente incontrovertible argumento de que el descrédito y fracaso de los partidos habían desvirtuado y enterrado el ciclo de la democracia pactada y los gobiernos de coalición. La segunda decisión fue asumir la llamada "agenda de octubre", impuesta por el MAS y dirigentes del movimiento insurreccional contra Sánchez de Lozada que, con derivaciones y consecuencias imprevisibles, plantea sobre todo dos objetivos: el referéndum sobre la política del gas y la asamblea constituyente.

¿Eran ambas decisiones, como ahora se tiende a considerarlas, el camino único e ineluctable para afrontar la crisis política? Por sus consecuencias no deseadas y perversas que ya están a la vista, es pertinente abrigar serias dudas. Es cierto que la sucesión constitucional fue la mejor solución posible para la estabilidad democrática, pero la "agenda de octubre" entraña una salida plena de riesgos porque conspira contra esta misma estabilidad y, como resultado de la quiebra de consensos y de la caída del gobierno de Sánchez de Lozada, atiza más el fuego de la polarización y confrontación. La agenda de octubre es el producto de una crisis total de hegemonía pero es probable que quede entrampada porque no es un programa político con potencial para resolver esta crisis. El proyecto de realizar una asamblea constituyente en un escenario de grave polarización puede significar un salto al vacío, un paso más acelerado hacia el desmontaje de la democracia pues refuerza tendencias democráticas en apariencia pero devastadoras en sus objetivos y consecuencias como es la tendencia hacia la democracia plebiscitaria y populista que esta agenda implica llevando al gobierno a someterse a presiones corporativas y asambleístas así como a abdicar de su responsabilidad constitucional por políticas de Estado (Mayorga 2001d). Esta tendencia se manifiesta claramente en el referéndum de carácter plebiscitario que ha propuesto el gobierno en abril de 2004 y que no disipa las incertidumbres y problemas porque, como astuto intento de equilibrio entre posiciones antagónicas, permite interpretaciones contradictorias.

La decisión de formar un gobierno sin partidos y sin soporte parlamentario constituye también un frágil experimento gubernamental. Subestimando el hecho real que los partidos políticos son aún factores de poder, el gobierno no le dio mucha importancia por razones de principio a un trabajo permanente de articulación y concertación política con el legislativo. El gobierno de Mesa enterró la democracia pactada; sin embargo, su supervivencia depende paradójicamente de la colaboración de los partidos y de la concertación con ellos. ¿Puede un gobierno sin apoyo parlamentario consistente, que ha recurrido a un partido fantasmagórico como el MBL, gobernar a espaldas del parlamento y, además, resistir a organizaciones sociales radicales en las que quiso apoyarse y que ahora se le oponen? ¿Es sostenible un régimen político con un ejecutivo independiente y un parlamento más hostil que colaborador en el cual se ha esfumado la división tradicional entre oficialismo y oposición?

Mesa optó resueltamente por correr el riesgo de presidir un gobierno bloqueado en el parlamento por los partidos depuestos y por la oposición inicialmente virulenta del MAS, y también acosado por el recelo de la embajada de Estados Unidos. En el primer medio año de su gobierno, Mesa, aislado del congreso, desterró la concertación política confiando en que su imagen y el elevado apoyo de la opinión pública ejercerían la presión necesaria y serían suficientes para realizar la agenda política de octubre de 2003. En el terreno de la propia "agenda de octubre", el gobierno de Mesa estuvo paralizado y no pudo cumplir sus promesas respecto al referéndum y la ley de hidrocarburos, que además generaron alarma y suspicacia en los consorcios petroleros. Después de varios intentos fracasados de acercamiento entre el congreso y el ejecutivo, el congreso pasó a la ofensiva poniendo en jaque al gobierno cuando censuró a un ministro y rechazó la política fiscal del gobierno. Ante esta situación, el ejecutivo amenazó con la dimisión y Mesa tuvo finalmente que admitir que era "muy difícil cambiar el país sin respaldo político" (La Prensa, 13 de marzo de 2004). Recién en marzo de 2004 y después de la fuerte presión ejercida por la embajada de Estados Unidos, tuvo lugar un deshielo parcial cuando el MNR y el MIR sancionaron parcialmente un proyecto de ley para aliviar el elevado déficit fiscal. Mesa decidió sobre todo adoptar un paso firme para romper el cerco de la política enteramente reactiva del parlamento que rechazó el debate sobre el proyecto de ley de hidrocarburos del gobierno. El gobierno lanzó entonces una contraofensiva al convocar al referéndum sobre la política del gas, sin una ley previa, lo cual implicaba en principio la decisión de gobernar por decreto y obligar al parlamento a adoptar una posición.

Bajo estas circunstancias, la viabilidad del gobierno ha dependido ciertamente de un juego de equilibrios muy inestables con el parlamento y las organizaciones sociales; y si logró mantenerse precariamente se debió en gran parte al cambio de estrategia del MAS que pasó de la estrategia del "cerco" -aplicada contra Sánchez de Lozada y, al principio, también contra Mesa- a una estrategia de apoyo indirecto y después de limitados acuerdos con el gobierno a fin de potenciarse para las elecciones municipales de diciembre de 2004.13 Otra razón que explica su ardua supervivencia fue la propia fragmentación y el particularismo de movimientos sociales y "minorías intensas" que se oponen al gobierno. Siendo promotores de inestabilidad política, ninguno de ellos por sí solo podría derribar al gobierno, aunque en un posible pero poco probable escenario de caos generalizado y desmoronamiento del Estado, el resultado sería la renuncia de Carlos Mesa. Un panorama distinto se presenta en el ámbito de los partidos políticos que, en su mayoría, han apostado por una política ambigua de colaboración al gobierno porque saben, en el fondo, que la estabilidad del gobierno de Mesa es una condición para enfrentar su crítica situación actual. Sin recursos directos de poder en el ejecutivo, los partidos ex-gobernantes perdieron liderazgo y cohesión, y están corroídos por la desintegración. El golpe devastador que sufrieron los condenó a parapetarse en un parlamento convertido –como algunos ámbitos en la administración pública- en último baluarte de acción en el que poseen mecanismos de influencia y decisión. Por otra parte, dado el viraje hacia una estrategia electoral de conquista del poder, el MAS se transformó a regañadientes y con muchas duplicidades en el principal soporte del gobierno. No obstante, debido a la fragmentación y la polarización de las bancadas parlamentarias, el nuevo posicionamiento del MAS tampoco fue suficiente para superar las tensas relaciones entre el ejecutivo y el legislativo, definidas por la confrontación, la parálisis institucional y los desacuerdos entre los mismos partidos.14 Por esta razón y basado en las encuestas que reflejaban una fuerte imagen presidencial, el gobierno pensó imponer su agenda a un congreso que tuvo la fuerza para desbaratar momentáneamente la política gubernamental, pero no fue capaz de elaborar una agenda propia. Sin embargo, la viabilidad del gobierno parece residir paradójicamente en la división, el desprestigio y la falta de iniciativas de los partidos políticos.

En este contexto de impasse institucional, los partidos políticos han seguido por separado sus propios derroteros. Mientras el juego estratégico del MAS se orienta en el objetivo de expandir su poder político por la vía de las elecciones municipales de diciembre de 2004, de la asamblea constituyente y de las elecciones generales de 2007,15 ¿cuáles han sido las estrategias de los partidos que fueron expulsados del poder ejecutivo? La impresión predominante es que están involucrados en un regateo particularista de corto plazo, destinado especialmente a mantener las cuotas de poder que les quedan, a minimizar los efectos de una muy probable derrota en las próximas elecciones municipales y supuestamente a ganar tiempo para resolver sus disputas internas. Pero sus acciones son miopes, no dejan traslucir propósitos de largo plazo y obedecen más a una lógica coyuntural de ventajas inmediatas, relativamente contrarrestada por el apoyo parcial y, muchas veces impuesto por presiones externas, a las iniciativas del gobierno que culminó en la aprobación de la ley marco del referéndum que incluye una disposición transitoria que legaliza el decreto por el cual Mesa convocó al referéndum sobre la política del gas.16

Esta situación no es nada sorprendente porque la crisis de octubre de 2003 desquició completamente a los partidos que eran el eje del sistema político, sumergiéndolos en un grave proceso de división y fragmentación. Como hemos visto, el trípode de partidos dominante (MNR-ADN-MIR) se había ya disuelto en la elecciones de 2002 con la casi desaparición de ADN. Los sobrevivientes, el MNR y el MIR, que no supieron ni pudieron gobernar, cayeron también en un proceso creciente de disgregación. Hundidos en un panorama de extremo desgaste, estos partidos se enfrentan ahora, si es que quieren prolongar su existencia, al enorme desafío de recuperar credibilidad y espacio político. Sin embargo, es dudoso que lo puedan hacer sólo revisando programas políticos y recomponiendo sus cuadros de dirección y sus estructuras internas. Si estarán en condiciones de lograr su recuperación y renovar así el sistema de partidos, es precisamente uno de los interrogantes que no admiten este momento ninguna respuesta satisfactoria. El MNR está dividido en, por lo menos, tres fracciones, pugna por superar la histórica crisis de liderazgo provocada por la caída de Sánchez de Lozada, aunque no se percibe que tenga la capacidad de construir a corto plazo un nuevo liderazgo con convocatoria política. El MIR ha postergado innumerables veces la realización de elecciones a nivel nacional y está igualmente fraccionado y sin conducción política clara. Una de las razones ha sido que Paz Zamora se aferra a viento y marea a un liderazgo cada vez más desgastado y cuestionado. Un grupo dirigido por el empresario Doria Medina ha abandonado el partido con el argumento de que el MIR es ya una organización irremediablemente viciada e irrecuperable, y ha fundado en enero de 2004 un nuevo partido, el FUN, organizando a continuación elecciones para sus cargos de dirección. Después de su efímera y oportunista participación en la coalición de Sánchez de Lozada, el NFR está cuestionado por una parte de su bancada parlamentaria que acusa al jefe del partido de cuadillismo. El MAS como partido nuevo, que obedece más a una lógica de movimiento social, acaba de sufrir recientemente una grave fractura por la ruptura entre Evo Morales y Filemón Escobar, su principal ideólogo; ruptura que debilita sus perspectivas de construcción partidaria y de fortalecer su presencia en la política nacional. Después de la renuncia de Felipe Quispe a su curul, el MIP está en camino seguro a la extinción.

Por lo tanto, la coyuntura actual está dominada por factores que fortalecerán mucho más las tendencias hacia la descomposición y atomización del sistema de partidos.17 Un factor nuevo es, por cierto, la reforma constitucional de febrero de 2004. Sin fuerzas para resistir a la corriente antipartido prevaleciente, los propios partidos políticos aprobaron, de manera irreflexiva y con un procedimiento anticonstitucional, un marco institucional chapucero y contradictorio que es muy favorable a la desinstitucionalización del sistema de partidos de partidos y a la ingobernabilidad.

Conclusiones

Las conclusiones que se pueden extraer del análisis no son nada alentadoras. En primer término, los partidos políticos, que formaron el eje en torno al cual giró la democracia boliviana, están en un torbellino de descomposición facciosa que refleja una crisis histórica de liderazgo y orientación programática. En consecuencia, el sistema multipartidista polarizado que emergió de las elecciones de 2002 está bajo la amenaza de muerte. En segundo término, la crisis política actual ha seguido bajo la tónica del impasse entre el poder ejecutivo y el legislativo, la disgregación de las instituciones y la creciente ingobernabilidad dejando un estrecho margen de maniobra al gobierno de Mesa. Los partidos políticos sobreviven atrincherados en el ámbito parlamentario y en reparticiones de la administración estatal. Sobre el horizonte se cierne una crisis de largo plazo del sistema de partidos políticos que hace improbable la emergencia de alternativas duraderas, a corto o mediano plazo, basadas en partidos políticos renovados o nuevos.

En tercer término, una probable recomposición democrática de las condiciones de gobernabilidad sobre la base de los partidos políticos está también puesta en cuestión por la masiva estigmatización del principio de la política basada en partidos y, paradójicamente, por el mismo principio consagrado en la reforma constitucional de febrero de 2004 por el cual agrupaciones personalistas, corporativas y temporales de ciudadanos independientes así como movimientos indígenas identitarios pueden constituirse como organizaciones de representación política y competir con los partidos políticos. Acecha incluso el peligro de que se frustre la transformación de movimientos sociales como el MAS en partidos políticos de carácter nacional que fuera impulsada por el sistema electoral y la ley de partidos políticos todavía vigentes. Estamos, en consecuencia, en el umbral de un proceso político, alentado por los mismos partidos, en el cual movimientos altamente personalizados, con sustentación electoral dispersa y local, harán de la política un campo de lucha por intereses localistas y corporativistas bajo el supuesto de que son superfluos los partidos políticos estructurados de alcance nacional y pueden ser perfectamente reemplazados por esas organizaciones circunstanciales.

La cuestión principal ya no es entonces cómo se podría fortalecer al sistema de partidos o a determinados partidos políticos en particular, sino emprender una tarea más urgente: cómo y bajo qué condiciones los partidos podrían generar estrategias destinadas a su renovación y recuperación en un clima antipartido que ellos mismos han contribuido a crear. Cuando los partidos han dado muestras de ser organismos inadaptables y aquejados por males letales, sólo quedarían como soluciones probables terapias intensivas de emergencia. La analogía biológica y médica plantea un gran dilema: ¿se puede fortalecer y revitalizar a organismos decaídos que aparentemente ya no tienen capacidad de recuperación?

El desafio de los partidos políticos es, por lo tanto, si seran capaces de afrontar sus problemas de supervivencia en una coyuntura de inestabilidad del régimen democrático en la cual el factor tiempo se constituye en una variable fundamental. En este sentido, el problema crucial es el de atacar la descomposición interna de las organizaciones partidarias y de la atomización del sistema de partidos. Bajo el supuesto de que el gobierno de Mesa – a pesar de la agenda de octubre- cumpla con su mandato constitucional hasta agosto de 2007, los partidos políticos deberían aprovechar este precioso tiempo para luchar contra la desintegración, renovar sus estructuras de dirección, replantear sus programas, y recuperar poco a poco en el escenario parlamentario la capacidad de hacer política nacional y recomponer los consensos a través de grandes acuerdos políticos. Los partidos están ante la urgencia de un cambio fundamental de la concepción de hacer política para reconstruir sus relaciones con la sociedad y contener el proceso peligroso de degradación de la autoridad y legitimidad de las instituciones estatales. Si quieren sobrevivir, los partidos políticos deben dejar de ser círculos facciosos de manejo prebendal del Estado y deben desarrollar prácticas de deliberación y concertación con organizaciones sociales que contribuyan a largo plazo a crear un nuevo modelo de gobernabilidad que vaya más allá del modelo centrado en acuerdos exclusivamente entre partidos políticos. Pero es poco probable que los partidos puedan cambiar de identidad y adaptarse a los nuevos desafíos.

Argumentado contracorriente, pienso que los partidos políticos deben asumir una tarea que tarde o temprano tendrán que acometer: revisar a fondo las fallas y los desperfectos del marco constitucional que ellos acaban de causar mediante la irreflexiva y chapucera reforma constitucional de febrero de 2004 y con subsiguientes leyes como la ley de agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. ¿Será posible mitigar las consecuencias e impactos destructivos del nuevo contexto constitucional que es paradójicamente un contexto de desestabilización y erosión institucional? Esta cuestión no es ociosa puesto que el sistema democrático ha experimentado trastornos severos que lo erosionan: los partidos y liderazgos políticos han perdido credibilidad y autoridad, las estructuras partidistas están a merced de fuerzas disgregadoras y los políticos tienden a camuflarse como antipolíticos; ha surgido como deseable y hasta factible una democracia "ciudadana" que cree no necesitar de mediaciones políticas y de estructuras representativas confundiendo así lo social y lo político; y, por último, bajo la presión de la "agenda de octubre" los partidos políticos han establecido instituciones como la asamblea constituyente que admite una "reforma total" de la Constitución política del Estado consagrando el desmantelamiento institucional y la política antipartido, dando así una respuesta errada y desastrosa al problema real de las crisis global de los partidos políticos.

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