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ISSN 1913-6196

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 Política y sociedad en el espacio Mercosur

Democracia y derechos humanos

Por Carlos Abin  

Parte 1 /2

1. Los primeros años del siglo XXI registrarán en la historia una situación novedosa en el espacio del Mercosur: el vuelco sincrónico de las formaciones sociales de Brasil, Argentina y Uruguay hacia la izquierda, al tiempo que en Paraguay –el cuarto socio pleno del emprendimiento- se abre camino trabajosamente un proceso de modernización y democratización política.

Varios factores han confluido a forjar esta nueva situación:

  1. la derrota y el consecuente reflujo de la ola revolucionaria de los años 60 y 70;
  2. el fracaso de los regímenes autoritarios y las distintas modalidades que asumió en la región el retorno a la democracia, así como los contenidos matizados de aquéllas y la multiplicidad de actores que las protagonizaron;
  3. las acumulaciones políticas –a la vez diversas y convergentes- que se han desarrollado en los distintos niveles nacionales;
  4. las resultancias claramente negativas de dos décadas largas de aplicación de las recetas neoliberales y finalmente,
  5. las experiencias de acumulación internacional y regional que han comenzado a desplegarse con extraordinaria potencia y diversidad, especialmente en el último decenio.

No es necesario abundar en la consideración del primero de los elementos señalados: ríos de tinta han corrido a su respecto y su análisis no es por cierto el objetivo de este trabajo. Lo menciono, sin embargo, porque me parece una referencia o punto de partida imprescindible para entender la historia actual del subcontinente y la región, y muy especialmente porque es parte inexcusable de las experiencias y tradiciones que contribuyeron a configurar las nuevas formas de acción y expresión política en la región, constituyendo en buena medida una base, un patrimonio y una historia común, lo que no supone olvidar las especificidades nacionales de sobra conocidas.

Los intentos de los movimientos revolucionarios de las décadas referidas culminaron, como es sabido, con la derrota militar y el definitivo desmantelamiento de casi todas las organizaciones que escogieron la vía armada. Los partidos políticos y organizaciones de izquierda revolucionaria, de sesgo marxista leninista –en muchos casos mixturado en grado, complejidad y con éxito diverso con fuertes componentes nacionalistas o latinoamericanistas-, que eligieron a su vez la acción de masas descartando las alternativas más o menos violentas, cayeron también víctimas de la ola represiva que no se detuvo a discriminar entre unos y otros, sino que usufructuó "provechosamente" la situación ejecutando un proyecto que apuntaba a eliminar de la arena política para siempre a todos los disidentes, incluyendo a los militantes sindicales y estudiantiles, a los dirigentes de las organizaciones cooperativas, a los activistas cristianos de las comunidades de base animados por la Teología de la Liberación. El alcance, duración e intensidad de las acciones represivas variaron de un país a otro, pero éstas parecieron haber logrado el objetivo de "tierra arrasada": miles de agentes políticos resultaron muertos, o continúan desaparecidos, sufrieron años de prisión o tuvieron que optar por el exilio, quedaron mutilados o sufriendo las secuelas de las torturas padecidas. Sin embargo, esas políticas de "seguridad nacional" perpetradas por gobiernos dictatoriales no lograron eliminar la disidencia, anular la resistencia ni impedir el aprendizaje. Por el contrario, las izquierdas en la región supieron "digerir el veneno y convertirlo en alimento", revertir el signo de la derrota, incorporarlo a la masa de conocimientos, tradiciones y experiencias reunidos a lo largo de décadas de lucha, y terminar quebrando políticamente a sus enemigos.

En otras palabras, la disidencia –asordinada, dispersa y oculta por necesidades de supervivencia- continuó viva durantes los períodos dictatoriales y se expresó como resistencia –que logró aquí y allá arrinconar políticamente a los militares- para, luego del retorno a la democracia, desde la autocrítica –no siempre tramitada adecuadamente ni completada-, desde la reflexión y la reformulación de sus objetivos, metodologías y proyectos, absorber el pasado en forma de aprendizaje, responder eficazmente a los desafíos del presente y transformarse así en una vía abierta hacia el futuro que supo conquistar la adhesión masiva de los pueblos.

El conjunto de estos procesos se formula en el presente como una amplia gama de acumulaciones políticas cuyos principales componentes:

  1. comprenden la aceptación de la diversidad, enterrando el infructuoso debate sobre las "vanguardias";
  2. se nutren de la maduración política que nos devuelve a la concepción de la lucha de masas reelaborada sobre bases de mayor humildad, inferior dogmatismo o superior tolerancia y flexibilidad ideológica;
  3. incorporan diversas variantes del pragmatismo político que aún dialogan ásperamente con las aspiraciones utópicas finalistas;
  4. abren oportunidades a formas todavía en desarrollo de una conciencia popular más extendida;
  5. asumen y aprovechan –a la vez que ajustan- los múltiples elementos de diagnóstico reunidos durante décadas y
  6. se actualizan a través de numerosos intentos –la mayoría aún incipientes e inmaduros- de conformar propuestas y modelos alternativos, impregnados a la vez de realismo y utopía, imprescindibles ahora mismo cuando la oportunidad de gobernar los encuentra en busca de una plenitud todavía incompleta.

Al mismo tiempo, sea por un desencanto respecto de la política, sea por incidencia de factores subjetivos diversos y complejos o por los impactos de los procesos de reindividuación y personalización que característicos de la posmodernidad, muchos militantes que lograron sobrevivir al terror de estado eligieron alejarse de las formas clásicas de hacer política para reaparecer, en el seno de las nuevas fases democráticas, como agentes experimentados, formados y comprometidos contribuyendo a consolidar y dinamizar a las emergentes y multiformes organizaciones de la sociedad civil que, en lo esencial, confluyen en la disidencia, la resistencia, la definición de alternativas –en su caso por lo general focalizadas temáticamente-, en la difusión de una nueva conciencia entre las masas populares, en las críticas a la globalización corporativa y en la conformación de cuerpos y redes internacionales de acción y reflexión. A ellos se suman nuevos activistas, distribuidos en direcciones diversas a partir de la mentada "crisis de la política", la frustración de las expectativas inmediatistas depositadas en los procesos de retorno a la democracia y los impactos de la caída del socialismo real.

Unos y otros retornan entonces a la política por otras vías, tal vez sujetas a mayores interferencias o mediaciones, pero al cabo no menos válidas, sólidas y eficaces. La acumulación histórica se socializa, se dispersa en formas y a través de actores variados, permanece como patrimonio común y de "última instancia" y, por encima de la distancia –temporal y de época-, el disenso, el diálogo histórico –como referente reflexivo- o aún el conflicto –expresión de autoafirmación en busca de una identidad "propia"-; se ajusta a las exigencias del presente, se reconfigura y se expande en modalidades de conciencia alternativas, contribuye a hacer posible el viraje político regional hacia la izquierda, reaparece en la inspiración última de nuevos protagonistas que se erigen en otros tantos factores de vigilancia, agentes de control, partícipes que reclaman más espacios, más democracia, más interlocución, y no vacilan en criticar, exigir, oponerse y resistir si lo consideran necesario. La "política" de este modo se amplía, difumina sus bordes en el seno de la sociedad, recupera actores e incorpora otros, tal vez menos ideologizados pero no por ello inferiores en compromiso.

Las formaciones sociales de Uruguay, Argentina y Brasil, cada una a su modo, se negaron a aceptar el pacto ominoso que explícita o tácitamente proponían las dictaduras locales: seguridad y orden a cambio de la renuncia a la democracia y la participación; fidelidad consecuente hacia el poder hegemónico, a cambio de la promesa del bienestar o el desarrollo concebido al estilo de los países centrales; paz social y política –una paz que pronto fue identificada con "la de los cementerios"- a cambio del silencio y el laissez faire para los generales y sus infaltables socios civiles. La resistencia a las dictaduras locales que creció desde las sombras y desde las raíces mismas del conjunto social cuya matriz cultural básica intentaron sin éxito romper o distorsionar los ejércitos adoctrinados en la Escuela de las Américas, combinada con el fracaso de las políticas económicas que impulsaron y en las que por lo general fracasaron con estrépito y graves costos sociales, terminaron minando el terreno sobre el que los ineptos militares taconeaban con arrogancia, los aislaron y debilitaron, haciendo finalmente insostenible la continuidad de un tipo de regimen que es abiertamente incompatible con la conciencia democrática de los americanos.

La naturaleza misma de la resistencia y la multivocidad de sus recursos abrió el camino para el maridaje entre la tradición militante y las nuevas formas de la solidaridad amasadas bajo la amenaza de la represión, entre la acumulación política de décadas y la renovación metodológica, imprescindible para sobrevivir en un entorno hostil y peligroso. La izquierda y la sociedad, tantas veces distanciadas en un juego de incomprensión mutua comenzaron entonces a reconocerse en sus valores más íntimos y esenciales, a fertilizarse recíprocamente, a practicar los múltiples aprendizajes que fructificarían más tarde en forma de tolerancia y antidogmatismo, luego de las respectivas restauraciones democráticas.

Innumerables identidades nuevas se forjaron en esa fragua y emergieron con impulso en el seno de sociedades que a la vez que reciclaban a viejos partidos y viejos políticos, incorporaban masivamente sangre nueva a los territorios de la "nueva" política y asistían al nacimiento de una miríada de actores que afloraban aquí y allá en incontenible impulso de autoorganización.

Estos actores incipientes progresaron rápidamente. Desde la diversidad, muchas veces desde la inocencia y aún la pobreza de sus medios, aprendieron antes que nadie a explotar las nuevas posibilidades y usar las nuevas tecnologías. Con escasos recursos, con pretensiones limitadas, con la agilidad y la flexibilidad propias de sus dimensiones reducidas, aprendieron a obtener dinero para financiar sus actividades, percibieron la importancia de las redes, ejecutaron incontables esfuerzos de difusión y educación, se desplegaron más allá de las fronteras nacionales; fundaron alianzas, plataformas y observatorios, desarrollaron campañas, generaron un espacio nuevo, revulsivo, eficaz y de enorme actividad y se constituyeron poco a poco en un actor insoslayable. Han dado lugar al desarrollo de una nueva forma de acumulación, de carácter global y de perspectivas aparentemente inmensas y aún difíciles de imaginar. El Foro Social Mundial, los Foros Sociales continentales y nacionales son quizás su expresión más visible.

Las esperanzas suscitadas por el retorno a la democracia se frustraron en los países de la región. No se trataba solamente de recuperar la institucionalidad democrática, la renovación de los elencos gobernantes a través de elecciones limpias y periódicas. Los pueblos aspiraban a una democratización mayor de la sociedad sobre la base de una idea de fuerza creciente: la participación: una idea que se vigorizó en las sombras del autoritarismo y se hizo presente como un determinante político luego de la restauración civil. De ésta y de aquella participación –extendida a todos los aspectos de la vida social- se esperaba, como un fruto natural, una nueva equidad, una devolución profundizada de justicia y libertad, la construcción de un tipo de sociedad sustentada en un amplio consenso que permitiría superar las limitaciones históricas, alcanzar el desarrollo y con él el bienestar.

Una enorme energía social –reprimida durante años- se acumulaba tras estas esperanzas, que rápidamente quedarían disueltas en un nuevo desencanto. Regresaron muchos de los viejos políticos con sus antiguas prácticas, la participación anhelada fue bloqueada en una u otra forma, los impulsos renovadores naufragaron o se fueron diluyendo en la impotencia; las diversas modalidades de apertura democrática quedaron temporalmente "tuteladas" mientras se terminaba de completar el retiro más o menos ordenado de los generales; las élites políticas tradicionales retomaron el control y, en su mayoría, resultaron incapaces de comprender la oportunidad histórica que se abría a sus pies, y los cambios profundos que en la sensibilidad y la política quedaban incorporados al acervo social como producto de los años de autoritarismo y resistencia. Tardaron también, demasiado, en comprender las nuevas realidades de un mundo que no se había detenido.

Aquella energía transmutó entonces en pesimismo, se desordenó como frustración, se reformuló negativamente en distintas variantes de un nuevo individualismo, alentado por la religión del consumo y la estrategia del "sálvese quien pueda", una práctica de supervivencia que devino habitual. La expansión de la corrupción fue el complemento natural de estos procesos.

Los gobiernos emergentes se encontraron con un mundo bien diferente, donde la globalización impulsada desde los países centrales y las corporaciones trasnacionales fijaba reglas de juego desconocidas y más exigentes. Adhirieron con fidelidad a los dictados del Consenso de Washington, y asumieron sin precauciones los dictados del "pensamiento único" en plena ofensiva ideológica al cabo de la disolución de la Unión Soviética y el desplome del "campo socialista". Cayeron así en brazos del neoliberalismo, una doctrina económica concebida para asegurar la transferencia incesante de recursos desde los países pobre hacia los ricos, y producir una escandalosa concentración de la riqueza en unos y otros, con la consecuente progresión de la pobreza. Abiertos a una competencia para la que no estaban preparados, los aparatos productivos de los países dependientes resultaron profundamente afectados; se sucedieron las privatizaciones de las grandes empresas públicas en beneficio del capital trasnacional; prácticamente indefensos –o con las defensas debilitadas o minimizadas en virtud de las políticas inducidas o impuestas desde las "Cartas de Intención" y los "Ajustes Estructurales"- no tardaron en sucumbir a los juegos de ruleta del capital financiero internacional, todo lo cual desembocó en sucesivas crisis de efectos demoledores. Creció el desempleo, aumentó exponencialmente la pobreza, se redujeron las políticas sociales, quebraron bancos, desaparecieron miles de emprendimientos productivos.

En estas condiciones no resulta sorprendente que en sociedades con un apreciable desarrollo político relativo, la opinión pública virara finalmente hacia la izquierda. La necesidad de un cambio radical se fue haciendo evidente, las dimensiones de la crisis facilitaron la superación del temor a las izquierdas –consecuentemente instilado desde los círculos de poder. El discurso de las élites políticas dominantes devino increíble y –en ocasiones- simplemente ridículo, notoriamente incompatible con la realidad. La impotencia evidente de los elencos gobernantes para dar respuestas adecuadas, convincentes y eficaces frente a la proliferación de demandas insatisfechas y el desvelamiento de innumerables episodios de corrupción, acumularon bazas que resultarían de una u otra forma insuperables: como una fruta podrida, las derechas, sus cómplices y buena parte de sus aliados terminaron cayendo por su propio peso.

En este contexto, señalado por las dramáticas crisis estructurales, el deterioro de la credibilidad de los adversarios, la emergencia de nuevos líderes carismáticos, la sorda pero firme voluntad de cambio que progresaba en lo profundo del tejido social y la acumulación política de las izquierdas, éstas alcanzaron las posiciones de gobierno en forma prácticamente sincrónica en la región.

Esta situación, que no registra antecedentes configura una verdadera "ventana de oportunidad", donde la convergencia política y la proximidad ideológica hacen posible una inédita conjunción de esfuerzos para la reconstrucción económica, social, política y cultural de los países de la región, en el marco de una aspiración compartida: la integración para el desarrollo sobre la base de una profunda democratización y una modalidad activa y soberana de inserción internacional a través de un sujeto colectivo de singular potencia. Esta aspiración puede y debe consolidarse como proyecto común. Fuera de toda duda, el Mercosur es la herramienta para alcanzar estos objetivos trascendentes.


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