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1. Los primeros años del siglo XXI registrarán en la
historia una situación novedosa en el espacio del Mercosur: el vuelco
sincrónico de las formaciones sociales de Brasil, Argentina y Uruguay hacia
la izquierda, al tiempo que en Paraguay –el cuarto socio pleno del
emprendimiento- se abre camino trabajosamente un proceso de modernización y
democratización política.
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Varios factores han confluido a forjar esta nueva situación:
- la derrota y el consecuente reflujo de la ola revolucionaria de los
años 60 y 70;
- el fracaso de los regímenes autoritarios y las distintas modalidades
que asumió en la región el retorno a la democracia, así como los
contenidos matizados de aquéllas y la multiplicidad de actores que las
protagonizaron;
- las acumulaciones políticas –a la vez diversas y convergentes- que se
han desarrollado en los distintos niveles nacionales;
- las resultancias claramente negativas de dos décadas largas de
aplicación de las recetas neoliberales y finalmente,
- las experiencias de acumulación internacional y regional que han
comenzado a desplegarse con extraordinaria potencia y diversidad,
especialmente en el último decenio.
No es necesario abundar en la consideración del primero de
los elementos señalados: ríos de tinta han corrido a su respecto y su
análisis no es por cierto el objetivo de este trabajo. Lo menciono, sin
embargo, porque me parece una referencia o punto de partida imprescindible
para entender la historia actual del subcontinente y la región, y muy
especialmente porque es parte inexcusable de las experiencias y tradiciones
que contribuyeron a configurar las nuevas formas de acción y expresión
política en la región, constituyendo en buena medida una base, un patrimonio
y una historia común, lo que no supone olvidar las especificidades
nacionales de sobra conocidas.
Los intentos de los movimientos revolucionarios de las
décadas referidas culminaron, como es sabido, con la derrota militar y el
definitivo desmantelamiento de casi todas las organizaciones que escogieron
la vía armada. Los partidos políticos y organizaciones de izquierda
revolucionaria, de sesgo marxista leninista –en muchos casos mixturado en
grado, complejidad y con éxito diverso con fuertes componentes nacionalistas
o latinoamericanistas-, que eligieron a su vez la acción de masas
descartando las alternativas más o menos violentas, cayeron también víctimas
de la ola represiva que no se detuvo a discriminar entre unos y otros, sino
que usufructuó "provechosamente" la situación ejecutando un proyecto que
apuntaba a eliminar de la arena política para siempre a todos los
disidentes, incluyendo a los militantes sindicales y estudiantiles, a los
dirigentes de las organizaciones cooperativas, a los activistas cristianos
de las comunidades de base animados por la Teología de la Liberación. El
alcance, duración e intensidad de las acciones represivas variaron de un
país a otro, pero éstas parecieron haber logrado el objetivo de "tierra
arrasada": miles de agentes políticos resultaron muertos, o continúan
desaparecidos, sufrieron años de prisión o tuvieron que optar por el exilio,
quedaron mutilados o sufriendo las secuelas de las torturas padecidas. Sin
embargo, esas políticas de "seguridad nacional" perpetradas por gobiernos
dictatoriales no lograron eliminar la disidencia, anular la resistencia ni
impedir el aprendizaje. Por el contrario, las izquierdas en la región
supieron "digerir el veneno y convertirlo en alimento", revertir el signo de
la derrota, incorporarlo a la masa de conocimientos, tradiciones y
experiencias reunidos a lo largo de décadas de lucha, y terminar quebrando
políticamente a sus enemigos.
En otras palabras, la disidencia –asordinada, dispersa y
oculta por necesidades de supervivencia- continuó viva durantes los períodos
dictatoriales y se expresó como resistencia –que logró aquí y allá
arrinconar políticamente a los militares- para, luego del retorno a la
democracia, desde la autocrítica –no siempre tramitada adecuadamente ni
completada-, desde la reflexión y la reformulación de sus objetivos,
metodologías y proyectos, absorber el pasado en forma de aprendizaje,
responder eficazmente a los desafíos del presente y transformarse así en una
vía abierta hacia el futuro que supo conquistar la adhesión masiva de los
pueblos.
El conjunto de estos procesos se formula en el presente como
una amplia gama de acumulaciones políticas cuyos principales componentes:
- comprenden la aceptación de la diversidad, enterrando el infructuoso
debate sobre las "vanguardias";
- se nutren de la maduración política que nos devuelve a la concepción
de la lucha de masas reelaborada sobre bases de mayor humildad, inferior
dogmatismo o superior tolerancia y flexibilidad ideológica;
- incorporan diversas variantes del pragmatismo político que aún
dialogan ásperamente con las aspiraciones utópicas finalistas;
- abren oportunidades a formas todavía en desarrollo de una conciencia
popular más extendida;
- asumen y aprovechan –a la vez que ajustan- los múltiples elementos de
diagnóstico reunidos durante décadas y
- se actualizan a través de numerosos intentos –la mayoría aún
incipientes e inmaduros- de conformar propuestas y modelos alternativos,
impregnados a la vez de realismo y utopía, imprescindibles ahora mismo
cuando la oportunidad de gobernar los encuentra en busca de una plenitud
todavía incompleta.
Al mismo tiempo, sea por un desencanto respecto de la
política, sea por incidencia de factores subjetivos diversos y complejos o
por los impactos de los procesos de reindividuación y personalización que
característicos de la posmodernidad, muchos militantes que lograron
sobrevivir al terror de estado eligieron alejarse de las formas clásicas de
hacer política para reaparecer, en el seno de las nuevas fases democráticas,
como agentes experimentados, formados y comprometidos contribuyendo a
consolidar y dinamizar a las emergentes y multiformes organizaciones de la
sociedad civil que, en lo esencial, confluyen en la disidencia, la
resistencia, la definición de alternativas –en su caso por lo general
focalizadas temáticamente-, en la difusión de una nueva conciencia entre las
masas populares, en las críticas a la globalización corporativa y en la
conformación de cuerpos y redes internacionales de acción y reflexión. A
ellos se suman nuevos activistas, distribuidos en direcciones diversas a
partir de la mentada "crisis de la política", la frustración de las
expectativas inmediatistas depositadas en los procesos de retorno a la
democracia y los impactos de la caída del socialismo real.
Unos y otros retornan entonces a la política por otras vías,
tal vez sujetas a mayores interferencias o mediaciones, pero al cabo no
menos válidas, sólidas y eficaces. La acumulación histórica se socializa, se
dispersa en formas y a través de actores variados, permanece como patrimonio
común y de "última instancia" y, por encima de la distancia –temporal y de
época-, el disenso, el diálogo histórico –como referente reflexivo- o aún el
conflicto –expresión de autoafirmación en busca de una identidad "propia"-;
se ajusta a las exigencias del presente, se reconfigura y se expande en
modalidades de conciencia alternativas, contribuye a hacer posible el viraje
político regional hacia la izquierda, reaparece en la inspiración última de
nuevos protagonistas que se erigen en otros tantos factores de vigilancia,
agentes de control, partícipes que reclaman más espacios, más democracia,
más interlocución, y no vacilan en criticar, exigir, oponerse y resistir si
lo consideran necesario. La "política" de este modo se amplía, difumina sus
bordes en el seno de la sociedad, recupera actores e incorpora otros, tal
vez menos ideologizados pero no por ello inferiores en compromiso.
Las formaciones sociales de Uruguay, Argentina y Brasil,
cada una a su modo, se negaron a aceptar el pacto ominoso que explícita o
tácitamente proponían las dictaduras locales: seguridad y orden a cambio de
la renuncia a la democracia y la participación; fidelidad consecuente hacia
el poder hegemónico, a cambio de la promesa del bienestar o el desarrollo
concebido al estilo de los países centrales; paz social y política –una paz
que pronto fue identificada con "la de los cementerios"- a cambio del
silencio y el laissez faire para los generales y sus infaltables
socios civiles. La resistencia a las dictaduras locales que creció desde las
sombras y desde las raíces mismas del conjunto social cuya matriz cultural
básica intentaron sin éxito romper o distorsionar los ejércitos adoctrinados
en la Escuela de las Américas, combinada con el fracaso de las políticas
económicas que impulsaron y en las que por lo general fracasaron con
estrépito y graves costos sociales, terminaron minando el terreno sobre el
que los ineptos militares taconeaban con arrogancia, los aislaron y
debilitaron, haciendo finalmente insostenible la continuidad de un tipo de
regimen que es abiertamente incompatible con la conciencia democrática de
los americanos.
La naturaleza misma de la resistencia y la multivocidad de
sus recursos abrió el camino para el maridaje entre la tradición militante y
las nuevas formas de la solidaridad amasadas bajo la amenaza de la
represión, entre la acumulación política de décadas y la renovación
metodológica, imprescindible para sobrevivir en un entorno hostil y
peligroso. La izquierda y la sociedad, tantas veces distanciadas en un juego
de incomprensión mutua comenzaron entonces a reconocerse en sus valores más
íntimos y esenciales, a fertilizarse recíprocamente, a practicar los
múltiples aprendizajes que fructificarían más tarde en forma de tolerancia y
antidogmatismo, luego de las respectivas restauraciones democráticas.
Innumerables identidades nuevas se forjaron en esa fragua y
emergieron con impulso en el seno de sociedades que a la vez que reciclaban
a viejos partidos y viejos políticos, incorporaban masivamente sangre nueva
a los territorios de la "nueva" política y asistían al nacimiento de una
miríada de actores que afloraban aquí y allá en incontenible impulso de
autoorganización.
Estos actores incipientes progresaron rápidamente. Desde la
diversidad, muchas veces desde la inocencia y aún la pobreza de sus medios,
aprendieron antes que nadie a explotar las nuevas posibilidades y usar las
nuevas tecnologías. Con escasos recursos, con pretensiones limitadas, con la
agilidad y la flexibilidad propias de sus dimensiones reducidas, aprendieron
a obtener dinero para financiar sus actividades, percibieron la importancia
de las redes, ejecutaron incontables esfuerzos de difusión y educación, se
desplegaron más allá de las fronteras nacionales; fundaron alianzas,
plataformas y observatorios, desarrollaron campañas, generaron un espacio
nuevo, revulsivo, eficaz y de enorme actividad y se constituyeron poco a
poco en un actor insoslayable. Han dado lugar al desarrollo de una nueva
forma de acumulación, de carácter global y de perspectivas aparentemente
inmensas y aún difíciles de imaginar. El Foro Social Mundial, los Foros
Sociales continentales y nacionales son quizás su expresión más visible.
Las esperanzas suscitadas por el retorno a la democracia se
frustraron en los países de la región. No se trataba solamente de recuperar
la institucionalidad democrática, la renovación de los elencos gobernantes a
través de elecciones limpias y periódicas. Los pueblos aspiraban a una
democratización mayor de la sociedad sobre la base de una idea de fuerza
creciente: la participación: una idea que se vigorizó en las sombras del
autoritarismo y se hizo presente como un determinante político luego de la
restauración civil. De ésta y de aquella participación –extendida a todos
los aspectos de la vida social- se esperaba, como un fruto natural, una
nueva equidad, una devolución profundizada de justicia y libertad, la
construcción de un tipo de sociedad sustentada en un amplio consenso que
permitiría superar las limitaciones históricas, alcanzar el desarrollo y con
él el bienestar.
Una enorme energía social –reprimida durante años- se
acumulaba tras estas esperanzas, que rápidamente quedarían disueltas en un
nuevo desencanto. Regresaron muchos de los viejos políticos con sus antiguas
prácticas, la participación anhelada fue bloqueada en una u otra forma, los
impulsos renovadores naufragaron o se fueron diluyendo en la impotencia; las
diversas modalidades de apertura democrática quedaron temporalmente
"tuteladas" mientras se terminaba de completar el retiro más o menos
ordenado de los generales; las élites políticas tradicionales retomaron el
control y, en su mayoría, resultaron incapaces de comprender la oportunidad
histórica que se abría a sus pies, y los cambios profundos que en la
sensibilidad y la política quedaban incorporados al acervo social como
producto de los años de autoritarismo y resistencia. Tardaron también,
demasiado, en comprender las nuevas realidades de un mundo que no se había
detenido.
Aquella energía transmutó entonces en pesimismo, se
desordenó como frustración, se reformuló negativamente en distintas
variantes de un nuevo individualismo, alentado por la religión del consumo y
la estrategia del "sálvese quien pueda", una práctica de supervivencia que
devino habitual. La expansión de la corrupción fue el complemento natural de
estos procesos.
Los gobiernos emergentes se encontraron con un mundo bien
diferente, donde la globalización impulsada desde los países centrales y las
corporaciones trasnacionales fijaba reglas de juego desconocidas y más
exigentes. Adhirieron con fidelidad a los dictados del Consenso de
Washington, y asumieron sin precauciones los dictados del "pensamiento
único" en plena ofensiva ideológica al cabo de la disolución de la Unión
Soviética y el desplome del "campo socialista". Cayeron así en brazos del
neoliberalismo, una doctrina económica concebida para asegurar la
transferencia incesante de recursos desde los países pobre hacia los ricos,
y producir una escandalosa concentración de la riqueza en unos y otros, con
la consecuente progresión de la pobreza. Abiertos a una competencia para la
que no estaban preparados, los aparatos productivos de los países
dependientes resultaron profundamente afectados; se sucedieron las
privatizaciones de las grandes empresas públicas en beneficio del capital
trasnacional; prácticamente indefensos –o con las defensas debilitadas o
minimizadas en virtud de las políticas inducidas o impuestas desde las
"Cartas de Intención" y los "Ajustes Estructurales"- no tardaron en sucumbir
a los juegos de ruleta del capital financiero internacional, todo lo cual
desembocó en sucesivas crisis de efectos demoledores. Creció el desempleo,
aumentó exponencialmente la pobreza, se redujeron las políticas sociales,
quebraron bancos, desaparecieron miles de emprendimientos productivos.
En estas condiciones no resulta sorprendente que en
sociedades con un apreciable desarrollo político relativo, la opinión
pública virara finalmente hacia la izquierda. La necesidad de un cambio
radical se fue haciendo evidente, las dimensiones de la crisis facilitaron
la superación del temor a las izquierdas –consecuentemente instilado desde
los círculos de poder. El discurso de las élites políticas dominantes devino
increíble y –en ocasiones- simplemente ridículo, notoriamente incompatible
con la realidad. La impotencia evidente de los elencos gobernantes para dar
respuestas adecuadas, convincentes y eficaces frente a la proliferación de
demandas insatisfechas y el desvelamiento de innumerables episodios de
corrupción, acumularon bazas que resultarían de una u otra forma
insuperables: como una fruta podrida, las derechas, sus cómplices y buena
parte de sus aliados terminaron cayendo por su propio peso.
En este contexto, señalado por las dramáticas crisis
estructurales, el deterioro de la credibilidad de los adversarios, la
emergencia de nuevos líderes carismáticos, la sorda pero firme voluntad de
cambio que progresaba en lo profundo del tejido social y la acumulación
política de las izquierdas, éstas alcanzaron las posiciones de gobierno en
forma prácticamente sincrónica en la región.
Esta situación, que no registra antecedentes configura una
verdadera "ventana de oportunidad", donde la convergencia política y la
proximidad ideológica hacen posible una inédita conjunción de esfuerzos para
la reconstrucción económica, social, política y cultural de los países de la
región, en el marco de una aspiración compartida: la integración para el
desarrollo sobre la base de una profunda democratización y una modalidad
activa y soberana de inserción internacional a través de un sujeto colectivo
de singular potencia. Esta aspiración puede y debe consolidarse como
proyecto común. Fuera de toda duda, el Mercosur es la herramienta para
alcanzar estos objetivos trascendentes.