Las referencias al Mercosur aluden a un espacio económico,
político, social, cultural y geográfico que se constituye formalmente con el
Tratado de Asunción, y cuyos miembros originales son los cuatro países
mencionados. Nacido como un proyecto meramente económico –debiera decir más
precisamente "comercial"- cuyos ejes y promotores iniciales fueron Argentina
y Brasil, se vio rápidamente completado con la inclusión de Uruguay y
Paraguay, dos países pequeños en comparación con los anteriores, cuya
principal preocupación, en aquellas instancias fundacionales, consistía en
"no quedar fuera" de una asociación comercial entre las dos grandes
potencias sureñas, exclusión que habría comprometido seriamente su futuro,
sus respectivas soberanías y sus posibilidades de desarrollo. El Mercosur
logró abrirse camino a pesar de sus objetivos limitados y las grandes
dificultades que entorpecían su consolidación. Habilitó un incremento
significativo del comercio intrazona, que resultó gravitante para las dos
economías menores –sin olvidar algunos impactos relevantes en las mayores.
Durante la crisis económica que sacudió a la región –cuyo
inicio está señalado por la devaluación brasileña de enero de 1999 y cuya
culminación se expresa en la debácle argentina de 2000-2001 y la
subsecuente uruguaya de 2002- el proyecto quedó sometido a las tensiones más
fuertes y corrió el riesgo de abortar. Sin embargo, fue precisamente en ese
período en que se hizo evidente una decisión política común, afirmada desde
las esferas de gobierno y las sociedades de los cuatro miembros en repetidas
instancias, que permitió visualizar una consistencia "de fondo" muy superior
a la previsible para un itinerario de mera asociación comercial. Quedó
entonces claro no sólo que el Mercosur sobreviviría a la crisis, sino que
múltiples fuerzas en acción empujaban con firmeza y contra todas las
dificultades y restricciones que la crisis estructural desencadenaba sobre
la región, hacia formas superiores, más profundas y abarcadoras de
integración. Entre los agentes visibles de esta afirmación política, los
gobiernos de Duhalde y Fernando Henrique Cardozo, por entonces cercanos su
finalización, cumplieron un papel ciertamente importante –e inesperado-,
acompañados de dos actores sociales internacionales cuya incidencia en la
afirmación de las expectativas de integración aún está pendiente del estudio
mayor que merece: los sindicatos –agrupados en la Coordinadora de Centrales
Sindicales del Cono Sur-, y los gobiernos municipales –en especial a través
de la Red Mercociudades.
Desde la sociedad civil organizada y desde los municipios,
la integración –como idea, como proyecto político, como concepción del
futuro- ganó en contenidos, se ahondó en compromisos y se diversificó en
actores múltiples. A su vez, un conjunto multicolor de organizaciones no
gubernamentales, apostó –con mayor o menor claridad según los casos- a
formas de integración más comprometedoras y profundas y, lo que es más
importante aún, comenzó a practicarla en los hechos –tal vez sin una
conciencia clara de ello- mediante la constitución de redes, alianzas,
observatorios y plataformas que por su composición, reglas de
funcionamiento, espacios de despliegue y objetivos se constituyeron en
anticipos reales y concretos poniendo en acción otros tantos lazos
integradores, vivos desde la raíz misma de la sociedad.
Así, en el primer lustro del siglo XXI, las opciones
políticas que a la hora de los pronunciamientos electorales tomaron los
pueblos de la región, otorgaron preferencia, inequívoca y consistentemente,
a los candidatos en cuyo discurso la integración y el Mercosur como proyecto
con mayor, aparecían con más fuerza y superior proyección: Lula, Duarte,
Kirchner y Vázquez. Más allá de matices y acentos, los discursos dominantes
en la región, desde los sistemas políticos o desde la sociedad, coinciden en
una visión positiva de la integración regional, concebida como una
oportunidad y a la vez una opción necesaria, cuyos principales componentes
definiré a continuación. Algunos de éstos tienen carácter coyuntural, otros
refieren al diseño o la concepción finalista del proyecto y a los pasos
imprescindibles para avanzar en su concreción.
El primer elemento es la afirmación de que el proceso de
integración que convoca a los cuatro países debe ir mucho más allá de lo
comercial, avanzando sobre las políticas macroeconómicas, la complementación
productiva, la cooperación científica y cultural, la convergencia
legislativa, la unidad de acción en el campo internacional, y el desarrollo
político.
Un segundo elementos es la visión de la supranacionalidad a
la vez como instrumento necesario y expresión efectiva del grado de
integración, entendiendo que éste progresa si y sólo si se manifiesta en la
creación de una institucionalidad comunitaria que requiere cesiones
tangibles de soberanía nacional, que de este modo no se pierde sino que se
reformula y se torna realmente viable y sostenible en el largo plazo como
soberanía supranacional o regional en un mundo marcado por la presencia y
acción de poderosos actores globales.
En tercer lugar, y acompañando en el terreno de la
institucionalidad los procesos antes descriptos, se define como aspiración
común la democratización del Mercosur, migrando de un sistema
originariamente "ejecutivista", reservado a los jefes de estado, ministros
–principalmente de comercio y economía- y los elencos de las burocracias
diplomáticas, hacia otro, abierto a una mayor participación popular a través
de la creación del Parlamento comunitario, la jerarquización del papel del
Foro Consultivo Económico y Social, de la Reunión Especial de Municipios e
Intendencias y de la Red Mercociudades. Sin dejar de lado la legislación
comunitaria, su vigencia, aplicación y coercibilidad, y el establecimiento
de tribunales de justicia con competencias específicas relacionadas con
dicha normativa.
En cuarto lugar, gana momento la convicción de la necesidad
de constituir un sujeto internacional fuerte, con una voz única en la arena
global, capaz de tutearse con los grandes poderes del mundo e incidir en los
acontencimientos de la agenda internacional. En este terreno, Brasil ha
desempeñado un liderazgo indiscutible evidenciado a lo largo de las
negociaciones del Alca, comprobado, afirmado en la V Reunión Ministerial de
la OMC en Cancún, en la XI sesión de UNCTAD en San Pablo, en la conformación
y sostén del G20, en las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea.
Los reclamos de democratización de los organismos internacionales y de
reforma de algunas de las principales instituciones del espacio global,
quedan incluidos en este capítulo.
En quinto lugar, y también bajo el notorio liderazgo de
Brasil, se concibe el Mercosur como una herramienta privilegiada para
avanzar en la conformación de un área de libre comercio y de cooperación
"Sur-Sur", espacio alternativo que procura –todavía tímidamente- romper el
cerco del sistema hegemónico universal y adelantar en la globalización por
un carril autónomo, habilitante del ejercicio soberano en el marco formas
novedosas de relacionamiento internacional, ajenas al esquema habitual
centro/periferia y compatibles con los objetivos de desarrollo nacional y
regional.
En sexto lugar, la vocación americana. Las dimensiones
geográficas, demográficas, económicas, productivas, comerciales y culturales
del Mercosur le otorgan un peso específico inconmensurable en Sudamérica y
lo transforman en un polo de atracción para un itinerario de integración aún
mayor, que abarca la totalidad del subcontinente. Por sus propias
dimensiones, por su posición relativa en el ámbito global, por constituir
una alternativa plausible a la hegemonía hemisférica norteamericana, por su
capacidad operativa en la arena internacional y por su práctica efectiva de
los últimos años, el Mercosur tiene una inequívoca vocación americana que lo
proyecta mucho más allá de sus límites originales. Es a la vez, en este
ámbito, un actor imprescindible y el vector principal de de cualquier avance
imaginable en el presente.
3. Las grandes líneas que he reseñado y que apuntan a un
proyecto de integración regional y sudamericana que aún se halla en agraz-
son compartidas, en lo esencial, por los actores principales de esta
escenificación colectiva: los operadores que encabezan los sistemas
políticos de estos países, los movimientos sociales (con los sindicatos a la
cabeza), los municipios y las organizaciones de la sociedad civil. Todos
estos protagonistas articulan de una u otra forma entre sí. En muchos casos,
sea en relación a la concepción final de la región y el mundo, sea respecto
de objetivos de mediano plazo y por cierto respecto de decenas de cuestiones
coyunturales, alternativamente se enfrentan o se encuentran. Si la dirección
general de los acontecimientos reside en los sistemas políticos, los actores
sociales no permanecen en absoluto ajenos a ninguno de los asuntos en
cuestión. Resisten, presionan o cooperan, pero están en acción y esta acción
es más intensa, más consciente y más productiva que nunca.
La organización internacional del mundo a partir de la
nación soberana territorialmente asentada como unidad básica hace del Estado
un actor necesario en la arena internacional; la organización política
moderna de cada una de esas naciones bajo el formato de estados nacionales
determina que la política en sentido clásico continúe siendo la forma
institucional de "hacer política" reservando la esfera de decisión a los
partidos y sus dirigentes. Sin embargo, ambas situaciones están sujetas a un
asedio creciente en razón de la irrupción de nuevos actores cuya presencia
en escena no puede ya desconocerse: las compañías multinacionales y las
organizaciones de la sociedad civil.
Salvo como componente clave del sistema hegemónico mundial,
las multinacionales quedan fuera del objeto limitado que se propone este
trabajo. Inversamente, son parte del mismo el examen del desarrollo de los
movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil en el espacio
Mercosur y en particular, de su articulación con los sistemas políticos
nacionales, su participación en la definición de un proyecto autónomo de
integración para el desarrollo y la puesta en práctica de éste; de su
incidencia como actor global cuya actividad repercute de manera creciente en
el ámbito regional y en las respectivas esferas nacionales.
Los estados contemporáneos -asediados por numerosas fuerzas
de disolución y sujetos a un juego global de poder que, en la mayoría de los
casos, está más allá de sus posibilidades individuales- se ven empujados a
la asociación e integración sobre bases sólidas para asegurar su presencia y
participación significativa en el campo global en defensa de sus intereses.
A su vez los partidos políticos y la política en general, -por su parte
jaqueados por un conjunto abrumador de demandas, menoscabados por la
desconfianza y la mirada crítica del público, sujetos de manera constante al
escrutinio y el juicio de la opinión pública, distanciados de la gente común
y corriente a partir del traslado del debate hacia los medios masivos de
comunicación en una interacción parcial, de una sola vía, con serias
dificultades para llevar a cabo una interlocución adecuada con la sociedad-,
se ven necesitados de una articulación profunda con los movimientos sociales
y las organizaciones de la sociedad civil. Éstos representan y defienden
intereses variados y superpuestos, arraigan mejor y más profundamente en el
tejido social, son más rápidos y flexibles para asumir y representar una
parte sustantiva de aquellas demandas –muchas de las cuales contribuyen a
construir-, aparecen ocasionalmente en el debate mediático desde
perspectivas de gran rendimiento en términos de opinión –como las denuncias,
la defensa de casos y situaciones concretas por lo genera dramáticas o
conmovedoras, o las propuestas de medidas puntuales rápidamente
identificadas como justas por la opinión pública- y ocupan en fin un espacio
propio que incluye, entre sus cometidos reconocidos, la presión política, el
conocimiento profundo de sus temáticas específicas, las acciones de
vigilancia y control del poder y el impulso de campañas que enlazan
eficazmente la difusión, la educación del público y las acciones de
resistencia.
Desde esta clave pueden leerse y resignificarse las
exigencias de profundización democrática, en cuya base se encuentra el
concepto de construcción de ciudadanía, concepto que abarca al mismo tiempo
el trámite educativo que conduce a la comprensión de la titularidad de
derechos y responsabilidades, a la asunción de unos y otros a través de su
ejercicio efectivo –desde el reclamo y la exigibilidad hasta el
reconocimiento o la reparación-, la participación política más allá y aún
por fuera de los formatos institucionalizados y en pos de una nueva
institucionalización que comprende también los procesos de descentralización
y la jerarquización de los gobiernos locales, más próximos al ciudadano de a
pie, así como la formalización de las acciones de control social, el acceso
a la información, la intervención en la interpretación y orientación de
ésta, así como la liberación de las acciones culturales de sus rígidos
marcos formales.
Toda esta enorme tarea se realiza al margen de la política
institucional entendida en su sentido clásico. Toda esta tarea requiere una
nueva institucionalidad a la que refiere, sin duda, el reclamo de la
profundización democrática, moneda común en las formaciones sociales del
Mercosur, que encuentra en él un nuevo espacio de encuentro –integración por
la vía de los hechos- y desarrollo, y que se relaciona, vis a vis,
con el proceso de integración profunda que comienza abrirse paso en los
programas de las izquierdas gobernantes, así como en las formas
institucionales proyectadas, llamadas a ampliar las barreras de la política
usual. Las exigencias de la integración conforman, desde este punto de
vista, una presión democratizadora y alientan la conjunción de esfuerzos
trasfronterizos por parte de los múltiples actores involucrados en los
movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil.
El hecho histórico de la sincronía y sintonía de gobiernos
progresistas en el mismo espacio regional, sumado al hecho histórico de la
afirmación de una voluntad de integración que involucra a la vez a estos
gobiernos y a sus pueblos, adicionado a la necesidad objetiva de la
integración como respuesta a las exigencias del mundo global y como
promisoria vía de escape al sistema hegemónico universal, confluyen para
fortalecer estas tendencias y reclaman una urgente articulación entre la
política clásica y estas nuevas formas de hacer política que se despliegan
en una panoplia multifacética y de formidables potencialidades.
Este desafío interpela simultáneamente a los partidos
políticos –específicamente a los "del cambio", y muy especialmente a los que
están al timón de estos estados-, a los movimientos sociales y a las
organizaciones de la sociedad civil.
La tendencia "natural" o "histórica" de los partidos de
izquierda se ha orientado en general a procurar absorber en su seno ese tipo
de organizaciones, reservándose el privilegio de ejercer "la política" y los
mecanismos de decisión. Inversamente, tales organizaciones necesitan –como
una seña de identidad innegociable- preservar su autonomía. Las necesidades
y los requerimientos de la política suelen entrar en colisión con las
demandas específicas, a veces muy parcializadas de aquellas organizaciones.
En particular, es claro que aún confluyendo en el proyecto finalista, existe
un tiempo en que la acumulación de demandas superpuestas –sean éstas
complementarias o bien relativa o abiertamente contradictorias entre sí-
hace imposible atenderlas simultánea y eficazmente a todas. Por otra parte,
los movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil acumulan
una creciente fuerza política; sus dimensiones y su focalización temática
las hace más rápidamente adaptables y les otorgan superior capacidad de
reacción; y, last but not least, están muy bien entrelazas con el
conjunto social, de cuyas raíces forman parte, disponen de una red de
vínculos que en buena medida los partidos –aún los de izquierda- han perdido
o cuyo debilitamiento no han sabido impedir.
Unos y otras comparten parcial pero sustancialmente ideas y
objetivos. Unos y otras asumen de diferentes maneras un patrimonio y una
tradición común. Se necesitan recíprocamente pero dialogan de manera
intermitente, muchas veces crispada, en un clima de desconfianza o aún de
conflicto. La evolución del proceso político brasileño es, en este sentido,
notablemente ilustrativa.
Unos y otras deben comprender su necesaria
complementariedad, ahondar en los numerosos puntos –valores, ideas,
proyectos, objetivos y concepciones- que comparten; comprender y respetar
sus diferencias, sus papeles y sus modalidades operativas, sus diferentes
tiempos de acción y reacción, sus disímiles posibilidades.
Se trata en definitiva de transformar profundamente estas
sociedades. Sólo será posible si a lo largo de un tiempo prolongado somos
capaces de aunar esfuerzos, crear nuevas y potentes sinergias, liberar y
canalizar apropiadamente las enormes energías sociales que aguardan formas
superiores y efectivas de expresión.