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ISSN 1913-6196

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 Aspectos y variables de las relaciones entre República Dominicana y Haití

Prevención y resolución de conflictos

Por Rubén Arturo Silié Valdez   

Parte 2 / 5

El tema migratorio

A pesar de los esfuerzos para cambiar el carácter de las relaciones entre los Estados de la isla, el tratamiento del tema haitiano en el contexto político dominicano no ha logrado superar el manejo ideológico implantado durante la dictadura de Trujillo. Hasta ahora, el tema sigue siendo objeto de manipulación en la política interna d ominicana, sobre todo a causa de la intensificación de la corriente migratoria de haitianos hacia las zonas urbanas de la República Dominicana.

Indudablemente, que el tema migratorio ha sido "la manzana de la discordia" entre ambos países. Para el gobierno dominicano debido a la presión social que ejercen los inmigrantes y para el gobierno haitiano por su interés de que sin cerrar la brecha migratoria, le sean respetados los derechos laborales y humanos de sus emigrantes.

Tal como señalamos más arriba, desde inicios del siglo veinte, hasta finales de los años ochenta, las autoridades gubernamentales, manejaron la absorción de mano de obra haitiana por la economía dominicana, como un proceso de invasión pacífica y no como un fenómeno migratorio; lo cual dificultó por todos esos años, que se definiera una política migratoria en forma explícita. Esto contribuyó igualmente a politizar el tema haitiano tomando como referencia la figura de José Francisco Peña Gómez, el fenecido líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD); a quien, por tener ascendencia haitiana, se le acusaba de soñar con la unificación de la Isla o producir una política de puertas abiertas para los haitianos. En dos oportunidades en las que estuvo a punto de ganar la presidencia de la República la campaña electoral en su contra se manejó resaltando el "peligro haitiano". Esto alcanzó su máxima expresión en la última campaña en la cual participó Peña Gómez, donde -para evitar su victoria- se unieron el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) en el llamado Frente Patriótico. Esta insólita unión de dos adversarios que parecían irreconciliables se presentó al pueblo dominicano como el sacrificio que habría que hacer para impedir el proceso de haitianización en que se caería de ganar el PRD.

Esta instrumentalización del tema haitiano es lo que favorece que los líderes y partidos políticos dominicanos tiendan a evadir referirse al mismo, dificultando el establecimiento de una adecuada política migratoria, pues el único argumento que se acepta como válido frente a las supuestas pretensiones del vecino país es la expulsión inmediata de los nacionales haitianos y la confrontación abierta con ese otro país.

Tal situación es abiertamente contradictoria, pues en el ínterin, nunca se ha dejado de contratar mano de obra haitiana, hasta el año 1991, en base a acuerdos entre los gobiernos y a partir de esa fecha por la vía individual o privada de los trabajadores haitianos y las redes sociales que les apoyan en el proceso de tránsito hacia el país vecino y en la inserción dentro del mercado laboral dominicano.

Lo absurdo de esa postura tan radical llega incluso a impedir que se hable de regularización de la migración o del ordenamiento migratorio, pues todo ello es interpretado por los sectores del nacionalismo radical como debilidades y concesiones a un enemigo que se disfraza de inmigrante para penetrar en el territorio y reproducir la acción del "Caballo de Troya".

Frente a tales posturas se necesita mucho coraje y apoyo político para atreverse a transitar por el camino del acercamiento y de unas relaciones armoniosas entre los dos Estados. Tal postura implica caminar por el "filo de la navaja", pues en todo caso se estaría actuando en contra de las ideas que sustenta un porcentaje importante de la sociedad dominicana.

En el anexo IV, se pueden observar los argumentos que esgrimen los distintos sectores que se oponen a la inmigración haitiana desde una posición chauvinista. Estos no son más que supuestas razones justificativas para el rechazo y escaso interés de actuar en pro de una política que tienda al control efectivo del flujo migratorio sobre la base del respeto a los derechos humanos y laborales de los inmigrantes.

Dichos argumentos son generalmente los mismos que suelen ser esgrimidos en otras partes del mundo cuando se trata de construir el miedo a la migración:

  1. La mano de obra haitiana deprime el salario nacional;
  2. La economía dominicana no puede absorber a los haitianos;
  3. El negocio migratorio dejó de ser rentable;
  4. Los haitianos deben ser absorbidos por países desarrollados;
  5. Los haitianos desplazan a los dominicanos de sus empleos;
  6. Los haitianos organizan una invasión pacífica;
  7. Ellos no renuncian a la consigna de que la "isla es una e indivisible" ;
  8. Persiguen fusionar los dos pueblos;
  9. Aumentan las enfermedades y los gastos en servicios públicos;
  10. Imponen su cultura, considerada primitiva, etc.

Otra limitación que tiene el manejo tradicional de este tema es que no toma en consideración el cambio que se ha operado en la inmigración haitiana, la cual se inició como un recurso de la industria azucarera, cuya crisis en los años setenta contribuyó a reorientar la inmigración haitiana a otras actividades agrícolas y al cambio de modelo económico de una economía agro exportadora a una de servicios en los años ochenta, lo que terminó por insertar una gran cantidad de haitianos en las zonas urbanas. Hoy día se encuentran en todas las áreas, aunque se nota un predominio en las actividades urbanas.

Ha existido una restricción para fijar políticas sobre el tema; aunque de hecho siempre han existido políticas implícitas sobre el particular, derivadas de otras con un alcance más global y referidas a otras áreas del desarrollo. En sentido general, cuando se han tomado medidas específicas ha sido motivado por circunstancias que obligan a un tipo de actuación.

Entre las medidas explícitas tenemos el decreto No.417-90, emitido en octubre del 1990, por medio del cual se ordenaba regularizar la situación de trabajadores azucareros, otorgándoles un carné donde se especificaba su condición laboral y su residencia. Pero es necesario señalar que esa disposición administrativa fue una consecuencia de la gran campaña internacional, que desde mediados de los años ochenta se venía realizando en contra de la violación de los derechos humanos y laborales que recibían los jornaleros de la industria azucarera y de otras áreas productivas. Importantes organizaciones de la sociedad civil nacional e internacional, incluyendo centrales sindicales de los Estados Unidos y organizaciones religiosas y de derechos humanos se unieron a esa campaña, que por cierto fue manejada desde el gobierno dominicano y donde los sectores más conservadores, como una campaña para desprestigiar a los dominicanos que habían contribuido en la lucha contra la pobreza económica de los haitianos.

Más adelante, en 1991, cuando llegó al poder Jean-Bertrand Aristide y en su condición de presidente de Haití, denunció en la Asamblea de las Naciones Unidas que sus nacionales estaban siendo esclavizados por la industria azucarera dominicana. El presidente Balaguer consideró inadmisible esa denuncia y emitió el decreto 233-91 en el mes de junio del año 1991, que ordenaba la repatriación de una gran cantidad de trabajadores haitianos. Esto se hizo con tanta saña que desató un pánico generalizado en la población inmigrante e incluso entre los dominicanos de origen haitiano.

Desde esa fecha, las repatriaciones se han mantenido a la orden del día, y son adoptadas como el mecanismo por excelencia para controlar la inmigración haitiana, llegando a realizarse de tal manera y con tantos abusos contra los repatriados, que fue necesaria su reglamentación por parte de los gobiernos de Fernández y Preval, mediante el "Protocolo de Entendimiento Sobre los Mecanismos de Repatriación" de 1999.

Movidos por el ambiente de denuncia internacional, el gobierno dominicano recibió varios apoyos de la cooperación internacional, entre los cuales hay una primera asesoría para formular un nuevo estatuto migratorio (año 1991). Durante el gobierno de Fernández, en 1996, se formuló un proyecto de ley de migración para sustituir la actual que data del año 1939 y en el año 2000 se hizo otro proyecto de ley que reformulaba el anterior que no llegó al Congreso Nacional y aunque el último fue introducido en el Congreso no se debatió en profundidad, ni se aprobó. En la actualidad, la Cancillería ha presentado otra propuesta de ley de migración que trata de corregir cierta xenofobia que se notaba en los anteriores proyectos, pero aun no ha sido aprobado definitivamente.

Otra situación que dificulta el manejo técnico de la migración haitiana es la falta de coordinación institucional existente. La Dirección General de Migración es la que está más directamente involucrada, pero al carecer de una política amplia y explícita, encamina sus esfuerzos esencialmente al control de los inmigrantes mediante las deportaciones. Las Fuerzas Armadas están apoderadas del control fronterizo y sus acciones son igualmente orientadas a controlar el paso de los inmigrantes, pero sin una coordinación con la Dirección de Migración. Por su parte, la Secretaría de Estado de Trabajo dispone todo lo relativo a la contratación de los inmigrantes, pero no coordina con las instancias anteriores. De igual modo, la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores otorga las visas de entrada al país, pero tampoco tiene vínculos institucionales con las otras dependencias.

La estructuración del sistema migratorio, hasta los años ochenta, estuvo basada en un esquema de participación o ingreso restringidos que controlaban, los dos gobiernos (el gobierno haitiano recibía un pago de alrededor de dos millones de dólares por cada contrato anual). De tal forma, la importación de braceros se hacía mediante acuerdos entre esas instancias de poder. Esto le daba un sesgo de trabajo forzado a la contratación de braceros. Además, los militares tenían el predominio en el manejo de la movilidad y ubicación de los trabajadores.

Aparte de ofrecer beneficios tangibles para los gobiernos y sus allegados, la importación de braceros fue un recurso para reducir los costos de la producción azucarera, mediante el empleo de mano de obra dócil y barata.

Todo esto trajo como consecuencia la devaluación social de la mano de obra haitiana al construir una serie de prejuicios que hacían del haitiano un ser inferior y un trabajador al cual se le daba entrada al mercado laboral por razones humanitarias, corriendo los dominicanos el riesgo de recibir las supuestas influencias negativas de una población considerada "primitiva". Al mismo tiempo, se desarrolló un proceso de etnización de los inmigrantes haitianos al ser estigmatizados como buenos para realizar únicamente aquellos trabajos no deseados por los dominicanos.

La nueva inmigración haitiana, que empezó a esbozarse desde finales de los años setenta, presenta características que la diferencian del pasado, en la medida en que ya no existen los mecanismos represivos de restricción estatal. Ahora los inmigrantes ingresan al mercado de trabajo por vías individuales basadas en redes informales de amigos y familiares que se conectan directamente con los demandantes de esa mano de obra. Los nuevos mecanismos de restricción operan mediante las repatriaciones con el propósito de disuadir a los ilegales de ingresar o permanecer en el territorio. Tales deportaciones, si bien son realizadas con gran efectividad, se revelan ineficaces para cumplir su cometido.

La ausencia de los gobiernos en los mecanismos de contratación pone de relieve otros actores en el negocio migratorio como es el caso de consulados "fantasmas" que venden visas falsas; los controles fronterizos; los agentes de migración encargados del control interno; los buscones (son los encargados de ubicar a los trabajadores), todos los cuales forman una cadena de corrupción que recibe parte del peaje pagado por los inmigrantes.

Por otra parte, en la sociedad dominicana se debate si los trabajadores haitianos desplazan la mano de obra dominicana o si crean nuevos empleos. De su lado, los empresarios argumentan que los haitianos aceptan empleos que los dominicanos no desean ocupar, contribuyendo de ese modo a que la economía sea más productiva. Y para los que plantean que si se pagaran mejores salarios los dominicanos harían el trabajo, se alega que si no fuera por los bajos salarios que reciben los haitianos, las áreas en las que son empleados no serían competitivas.

En el fondo esta es una discusión que encubre las ventajas que recibe la economía haitiana al liberarse de la fuerte presión social que genera la demanda de empleo por parte de una población relativamente joven que realiza sus aspiraciones emigrando hacia la parte oriental de la isla. Y que además le garantiza la recepción de las remesas que envían esos emigrantes, en forma de ayuda a sus familiares o de pequeñas inversiones para la construcción de viviendas y el establecimiento de microempresas familiares.

La economía dominicana se beneficia de la mano de obra barata, por el proceso de devaluación a que está sometida la inmigración haitiana. Además, los niveles de informalidad en que se inserta el inmigrante a la actividad productiva, permite a los empresarios evadir el pago de prestaciones laborales y otros costos que hacen bajar la inversión en la composición del salario; aumentan los beneficios directos y la competitividad derivada del poco desarrollo de las fuerzas productivas.

Mientras el Estado dominicano no termina de reglamentar y ordenar el proceso migratorio, existen unos costos sobre los servicios sociales recibidos por los inmigrantes, principalmente educación y salud que son asumidos en las escuelas y hospitales públicos, sin cotización por parte de los empleadores. Una situación que si bien no significa un monto tan fuerte como se pregona en los medios, no deja de ser una carga para el sector público.

Paradójicamente, el ambiente de rechazo y exclusión en contra de los haitianos y todo el montaje político e ideológico que opera en República Dominicana, favorece la devaluación de la mano de obra haitiana, haciéndola propicia para su empleo en múltiples sectores de la economía dominicana. Por otra parte, el gobierno haitiano mantiene una actitud indefinida o no comprometida ante el tráfico de emigrantes, que en el fondo le beneficia al resolver por esa vía un factor de presión social.

Es evidente que el manejo politizado de la inmigración haitiana impide que sea atendida técnicamente. Si bien el hecho es denunciado con tanta gravedad e insistencia, no es atendido en la misma medida y lejos de resolverse tiende a crecer. Al mismo tiempo, los actores se entretienen jugando al radicalismo, mediante acciones inconducentes que no llevan a ningún lado o que producen cierta inmovilidad. Una situación que no se compadece con la dinámica comercial existente y por existir en las relaciones de ambas naciones.


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