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A inicios de este nuevo milenio la pobreza se viene
erigiendo en el gran escándalo del siglo XXI. Las nuevas tecnologías, con su
alta productividad, hacen de la pobreza y la exclusión social, tanto en el
medio rural como en lo urbano, una inmoralidad optativa. Las instituciones
y estructuras que las reproducen constituyen hoy una opción innecesaria.
Los que clamaron por un siglo a favor de su erradicación han dejado de ser
percibidos como utopistas irredimibles. Hoy se sabe que otro mundo mejor
es posible.
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Los experimentos más interesantes de
desarrollo son aquellos donde se ponen en juego y combinan diversos
actores –estatales, privados, ayuda internacional al desarrollo e
instituciones no lucrativas- para obtener los resultados generales
perseguidos. Estudiarlos, sin pretensión de clonaje ni fobias ideológicas,
es el camino más adecuado para desatar la creatividad local, nacional y
regional. Continuar
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