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Estamos ante uno de los libros publicados por Su Santidad,
el 14to Dalai Lama del Tíbet, Tenzyn Gyatso.
El quinto de dieciséis hijos de una familia campesina, a
la edad de cinco años fue proclamado tulku, figura que concientemente es
reencarnada para dar continuidad a la religión budista tibetana. Su linaje
religioso se remonta a los años 1391-1474 con el primero de los trece
Dalai Lamas anteriores a él. Su relevancia política comienza en noviembre
de 1950, al convertirse en el Jefe de Estado del Tíbet, durante la
ocupación de este territorio por las fuerzas de la República Popular
China. Tenzyn Gyatso encabezó una resistencia pacífica frente a la
ocupación militar. Sostuvo entrevistas con Mao y otros dirigentes chinos,
hasta que en 1959 viajó a la India donde estableció, con el apoyo del
Primer Ministro Nehru y de miles de refugiados que lo acompañaron, la
Administración Central del Tíbet, su gobierno en el exilio.
Pero la celebridad de este hombre no está dada por la
jerarquía religiosa que ocupa o por las importantes circunstancias
políticas que lo han rodeado. Ha trascendido por su extraordinaria
personalidad, carisma y sapiencia. Gracias a su talento ha podido
trasmitir a otros el conjunto de su filosofía y pensamiento fuera de
fronteras geográficas y religiosas. Para periodistas, cantantes, actores,
políticos, e intelectuales famosos de la cultura occidental es simplemente
el Dalai Lama sin más calificativos, ganador del Premio Nóbel de la Paz en
1989.
Dalai Lama o Avolikitésvara, traducido del sánscrito –la
lengua clásica de la India— significa "Aquél que mira hacia abajo", no en
actitud de contemplar, sino de velar, cuidar, proteger, amparar. Debe
resumir la compasión de todos los budas, de todos aquellos que han
alcanzado el estado perfecto de paz e iluminación del espíritu. Este libro
mira hacia "los problemas y sufrimientos que afrontamos los seres humanos"
para hallar soluciones, nos dice Su Santidad, y añade: "Mi principal
terreno de estudio (...) es el de la filosofía y la sicología budistas
(...) Por ser un firme creyente en el pluralismo religioso he estudiado
las obras principales de otras tradiciones budistas (...) En cambio he
tenido un contacto relativamente escaso con el pensamiento moderno y
laico. Con todo, éste no es un libro de religión. Menos aún es un libro
sobre el budismo. Mi intención ha sido apelar a un enfoque de la ética que
se base en principios más universales que estrictamente religiosos."
Intenta demostrar qué entiende por "conducta ética
positiva", y nos adelanta con humildad que no dispone de soluciones
especiales, sino que las ideas expuestas en el libro son "patrimonio
compartido por muchos" quienes constituyen "una mayoría silenciosa" que no
se puede expresar. Es en este sentido de gratitud hacia todos los
individuos, sin distinciones de raza, religión o posición en la sociedad
que nos dice: "El hecho de conocer a innumerables personas provenientes de
todos los rincones del mundo, que viven de las formas más diversas que se
pueda imaginar, me recuerda nuestra elemental igualdad en cuanto a seres
humanos que somos", y abunda en lo valioso de cada vida humana y al mismo
tiempo en su transitoriedad.
El libro se divide en tres partes--: "Los fundamentos de
la ética", "Ética e individuo" y "Ética y sociedad"--, cada una en cinco o
seis capítulos. Es en la primera parte donde define que en cada ser humano
existe siempre como moto confeso o inconfeso la búsqueda de la felicidad.
Para el Dalai Lama la búsqueda de la felicidad deberá estar guiada por una
ética individual y hacia la sociedad, sobre todo en esta etapa del
desarrollo de la civilización en que vivimos. Como resultado de los
avances de la ciencia y la tecnología, las personas gozan hoy de más
autonomía, se es mucho más independiente que en cualquier período anterior
de la historia, nos asegura. "Con todos estos desarrollos ha surgido la
sensación de que el futuro de cada uno no depende de su vecino, sino de su
trabajo o, a lo sumo de su jefe. Y eso nos lleva a suponer que, como los
demás no tienen ninguna trascendencia en mi felicidad, su felicidad no
tiene ninguna importancia para mí." Hemos creado una sociedad, dice, "con
altísimo grado de soledad y alienación".
Más adelante abunda en estas ideas sin rechazar los logros
alcanzados por la humanidad, sin esconderse en fórmulas estrechas o de
rigor inútil, con miras optimistas hacia un contexto que considera
superior a otros anteriores: "El reto ante el cual nos encontramos es, por
consiguiente, el de encontrar un medio para disfrutar la armonía y la
tranquilidad como lo hacen las comunidades más tradicionales, al tiempo
que nos beneficiamos plenamente del desarrollo material que encontramos en
buena parte del mundo en este milenio".
En la última parte del libro desarrolla sus reflexiones
acerca de la falta de diálogo entre las diversas religiones. "¿De qué modo
pudiéramos alcanzar la armonía necesaria para superar los conflictos entre
las diversas religiones?", se pregunta. Y su respuesta es, mediante el
diálogo. Considera que para ello se requiere del respeto a la diversidad
de religiones, a la convicción de que un solo camino no conduce a la
verdad, lo cual sería aplicable a otras esferas, y a otros conflictos
contemporáneos.
Termino estos comentarios con una cita del último capítulo
titulado "Un llamamiento", y con una invitación a que lean la obra de este
hombre que sin pretenderlo se ha convertido en uno de los sabios éticos de
estos tiempos. "La mejor manera de asegurarnos que al aproximarnos a la
muerte lo hagamos sin remordimiento alguno consiste en asegurarnos que en
el presente nos comportemos de forma responsable y con compasión por los
demás (...) El amor por los demás y el respeto por sus derechos y su
dignidad, al margen de quiénes sean y de qué puedan ser: en definitiva es
esto lo que necesitamos".
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