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Este libro –An Intimate History of Humanity, 1994-- no se
trata de una investigación que profundice en las distintas etapas de la
historia que la mayoría de los historiadores reconoce. No nos va a narrar
quién gobernó, conquistó, o echó guerras contra otros en sucesión.
Theodore Zeldin –historiador británico y autor de
numerosos textos-- deja a un lado las condicionantes de sociedades en
determinados países o regiones, bajo épocas específicas, como los libros
de historia nos tienen acostumbrados. El término historia íntima se va a
referir a aquellos rasgos, angustias, características clave, reacciones,
bondades, deseos, presentes en cada individuo de cualquier época, bajo
cualquier expresión civilizatoria, lo cual a su juicio hace de la historia
de la humanidad una continuidad. "Se sabe bastante y se ha escrito
suficiente sobre lo que divide a las personas; mi intención es investigar
qué tienen en común", dirá.
Cada capítulo, de los veinticinco de este tomo, nos va a
describir a una persona real –mujeres en su mayoría-- en una situación
particular. Zeldin se encargará de encontrar a su igual en otras
civilizaciones y pueblos, incluso extinguidos. Porque parte de concebir a
los seres humanos en sus relaciones personales, íntimas, con independencia
de en qué año o país vive o vivió, como constantes a través de los
tiempos. Su libro, por tanto, es un panorama acerca de cómo los individuos
se han sentido en momentos determinados y cómo se han relacionado unos con
otros.
Zeldin parte de la idea de que las historias de las
guerras, civilizaciones, migraciones, país o período son mucho menos
interesantes, que aquel momento de cambio en una persona ocasionado por
una toma de conciencia acerca de sus circunstancias y, por tanto, de su
visión más amplia y nueva sobre sus perspectivas y posibilidades. Historia
íntima de la humanidad les indica a sus lectores que se vean a sí mismos
en relación con la historia pasada, para que se puedan alejar, según este
autor, "de la concepción ilusa de que los seres humanos son simples
ejemplos de su civilización, nación o familia".
Esta es la historia de seres vivientes que le han narrado
a nuestro autor sus reflexiones más personales --empleadas de limpieza,
intelectuales, dueños de restaurantes, ingenieros, doctores, dueños de
garajes, costureras. Zeldin, además de historiador es un filántropo,
miembro en Londres de varias instituciones de caridad para refugiados y
personas sin hogar, que ha tenido acceso a los estratos sociales más
disímiles. A través de las distintas viñetas del libro se viaja, como en
una máquina del tiempo, para adentrarnos en tópicos recurrentes a lo largo
de la historia como, los problemas en el trabajo, la soledad, el
homosexualismo, la ambición, las relaciones entre los sexos, o la
libertad.
Veamos al azar los títulos de algunos de los capítulos:
"Porqué la tolerancia no ha sido nunca suficiente", "Cómo la curiosidad se
ha convertido en clave de la libertad", "Cómo el deseo de los hombres por
las mujeres y por otros hombres ha cambiado con el paso de los siglos",
"Porqué resulta cada vez más difícil destruir a los enemigos", "Cómo las
personas eligen un modo de vida, y no les resulta plenamente
satisfactorio", "Cómo los propios astrólogos se resisten a aceptar su
destino", "Cómo la gente se ha liberado del miedo descubriendo nuevos
miedos", "Porqué ha sido tan frágil la amistad entre hombres y mujeres".
El libro, como dijimos, trata de evadir categorías
convencionales y de centrar en las decisiones de las personas las
posibilidades de cambio hacia un mundo más justo, tolerante y feliz:
...La reforma de las instituciones políticas para
hacerlas más democráticas pasó a ser [en el siglo XIX] el objetivo de
casi todas las personas comprometidas en la busca de la felicidad; pero
Tocqueville regresó advirtiendo sobre los peligros de la amenazante
tiranía de las mayorías, y todavía no hay un lugar donde las minorías se
sientan satisfechas (...) El viaje de Marx a los sufrimientos de la
clase trabajadora y su llamada a la revolución desgarraron al mundo
durante cien años, a pesar de que pronto resultó obvio que las
revoluciones son incapaces de mantener sus promesas, por más
honradamente que se hayan hecho. Luego, en los últimos años del siglo,
Freud emprendió un viaje al inconsciente de los neuróticos de Viena que
cambió lo que la gente veía en su interior, lo que les preocupaba, y el
objeto de sus reproches, pero la esperanza de que perdonarían tras haber
entendido nunca se materializó (...) No se puede cambiar las
mentalidades por decreto, pues se basan en recuerdos que es casi
imposible de aniquilar. Sin embargo, sí se pueden expandir los recuerdos
personales ampliando los propios horizontes, y, cuando esto sucede, hay
menos posibilidad de seguir interpretando las viejas cantinelas y
repetir los mismos errores.
Más importante aún es que Zeldin vislumbra un futuro
prometedor, que experiencias pasadas no fueron capaces de aportar. Es con
sus reflexiones sobre nuestro tiempo y el porvenir, que cierro estos
comentarios, invitándolos además a que busquen esta novedosa y creativa
visión de nuestro pasado para que bien nos sirva en el presente y, sobre
todo, en el futuro:
"... La historia, con su inacabable procesión de
transeúntes cuyos encuentros han constituido en su mayoría oportunidades
fallidas, ha sido en gran parte hasta ahora una crónica de capacidades
desperdiciadas. Sin embargo, la próxima ocasión en que dos personas se
encuentren, podría ser diferente. Aquí tiene su origen la angustia, pero
también la esperanza; y la esperanza es el origen de la humanidad."
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